…amanecer salvaje…

Capítulo 9 – LA VUELTA A CASA: EL REGRESO A SÍ MISMA

CAPÍTULO 9

La vuelta a casa: El regreso a sí misma

regreso

Hay un tiempo humano y un tiempo salvaje. Cuando yo era pequeña en los bosques del norte, antes de aprender que el año tenía cuatro estaciones, yo creía que tenía varias docenas: el tiempo de las tormentas nocturnas, el tiempo de los relámpagos, el tiempo de las hogueras en los bosques, el tiempo de la sangre en la nieve, los tiempos de los árboles de hielo, de los árboles inclinados, de los árboles que lloran, de los árboles que brillan, de los árboles del pan, de los árboles que sólo agitan las copas y el tiempo de los árboles que sueltan a sus hijitos. Me encantaban las estaciones de la nieve que brilla como los diamantes, de la nieve que exhala vapor, de la nieve que cruje e incluso de la nieve sucia y de la nieve tan dura como las piedras, pues todas ellas anunciaban la llegada de la estación de las flores que brotaban en la orilla del río.

Las estaciones eran como unos importantes y sagrados invitados Y todas ellas enviaban a sus heraldos: las piñas abiertas, las piñas cerradas, el olor de la podredumbre de las hojas, el olor de la inminencia de la lluvia, el cabello crujiente, el cabello lacio, el cabello enmarañado, las puertas abiertas, las puertas cerradas, las puertas que no se cierran ni a la de tres, los cristales de las ventanas cubiertas de amarillo polen, los cristales de las ventanas salpicados de resina de árboles. Nuestra piel también tenía sus ciclos: reseca, sudorosa, áspera, quemada por el sol, suave.

La psique y el alma de las mujeres también tienen sus propios ciclos y estaciones de actividad y soledad, de correr y quedarse en un sitio, de participación y exclusión, de búsqueda y descanso, de creación e incubación, de pertenencia al mundo y de regreso al lugar del alma. Cuando somos niñas y jovencitas la naturaleza instintiva observa todas estas fases y ciclos. Permanece como en suspenso muy cerca de nosotras y nuestros estados de conciencia y actividad se producen a los intervalos que nosotras consideramos oportunos.

Los niños son la naturaleza salvaje y, sin necesidad de que nadie se lo diga, se preparan para la venida de todas estas estaciones, las saludan, viven con ellas y conservan recuerdos de aquellos tiempos para grabarlos en su memoria: la hoja carmesí del diccionario; los collares de semillas de arce plateado; las bolas de nieve en la despensa; la piedra, el hueso, el palo o la vaina especial; aquel caparazón de molusco tan curioso; la cinta del entierro del pájaro; un diario de los olores de aquella época; el corazón sereno; la sangre ardiente y todas las imágenes de sus mentes.

Antaño vivíamos todos estos ciclos y estas estaciones año tras año y ellos vivían en nosotras. Nos calmaban, bailaban con nosotras, nos sacudían, nos tranquilizaban, nos hacían aprender como criaturas que éramos. Formaban parte de la piel de nuestras almas —una piel que nos envolvía y envolvía también el mundo salvaje y natural—, por lo menos hasta que nos dijeron que, en realidad, el año sólo tenía cuatro estaciones y las mujeres sólo tenían tres, la infancia, la edad adulta y la madurez. Y eso era todo.

Pero no podemos caminar como unas sonámbulas, envueltas en esta endeble y descuidada mentira, pues ello da lugar a que las mujeres se desvíen de sus ciclos naturales y espirituales y sufran sequedad, cansancio y añoranza. Es mucho mejor regresar con regularidad a nuestros singulares ciclos espirituales, a todos y cada uno de ellos. El siguiente cuento se puede considerar un comentario acerca del más importante de los ciclos femeninos, el del regreso a casa, a la casa salvaje, a la casa del alma.

En todo el mundo se narran relatos de criaturas misteriosamente emparentadas con los seres humanos, pues representan un arquetipo, una ciencia universal acerca de la cuestión del alma. A veces los cuentos de hadas y los relatos populares nacen de la conciencia de lugar, concretamente de los lugares espirituales. Este cuento se suele narrar en los fríos países del norte, en cualquier país donde haya mares helados. Circulan distintas versiones entre los celtas, los escoceses, las tribus del noroeste de Norteamérica y entre los siberianos e islandeses. Su título suele ser “La doncella Foca” o “Selkie—o, Pamrauk“, es decir, Foquita; “Eyalirtaq“, Carne de Foca. Esta Versión especialmente literaria que escribí para mis pacientes y para su uso en las representaciones teatrales la he titulado “Piel de foca, piel del alma”. El cuento gira en torno al lugar de donde procedemos, a aquello de lo que estamos hechas y a la necesidad de que todas utilicemos nuestro instinto con regularidad para poder encontrar el camino de vuelta a casa (1).

_______________________________________

Piel de foca, piel del alma

En una época pasada que ahora ya desapareció para siempre y que muy pronto regresará, día tras día se suceden el blanco cielo, la blanca nieve, y todas las minúsculas manchas que se ven en la distancia son personas, perros u osos.

Aquí nada prospera gratis. Los vientos soplan con tal fuerza que ahora la gente se pone deliberadamente del revés las parkas y las mamleks, las botas. Aquí las palabras se congelan en el aire y las frases se tienen que romper en los labios del que habla y fundir a la vera del fuego para que la gente pueda comprender lo que ha dicho. Aquí la gente vive en el blanco y espeso cabello de la anciana Annuluk, la vieja abuela, la vieja bruja que es la mismísima Tierra. Y fue precisamente en esta tierra donde una vez vivió un hombre, un hombre tan solitario que, con el paso de los años, las lágrimas habían labrado unos profundos surcos en sus mejillas.

Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no encontró nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron, llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó ver en la parte superior de aquella roca un movimiento extremadamente delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y observó que en lo alto de la impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía amigos humanos más que en su recuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y hermosos.

Eran tan bellas que el hombre permaneció embobado en su embarcación acariciada por el agua que lo iba acercando cada vez más a la roca, Oía las risas de las soberbias mujeres, o eso le parecía; ¿o acaso era el agua la que se reía alrededor de la roca? El hombre estaba confuso y aturdido, pero, aun así, la soledad que pesaba sobre su pecho como un pellejo mojado se disipó y, casi sin pensar, como si eso fuera lo que tuviera que hacer, el hombre saltó a la roca y robó una de las pieles de foca que allí había. Se ocultó detrás de una formación rocosa y escondió la piel de foca en su qutnguq, su parka.

Muy pronto una de las mujeres llamó con una voz que era casi lo más bello que el hombre jamás en su vida hubiera escuchado, como los gritos de las ballenas al amanecer, no, quizá como los lobeznos recién nacidos que bajaban rodando por la pendiente en primavera o, pero no, era algo mucho mejor que todo eso, aunque, en realidad, daba igual porque, ¿qué estaban haciendo ahora las mujeres?

Pues ni más ni menos que cubrirse con sus pieles de foca y deslizarse una a una hacia el mar entre alegres gritos de felicidad.

Todas menos una. La más alta de ellas buscaba por todas partes su piel de foca, pero no había manera de encontrarla. El hombre se armó de valor sin saber por qué. Salió de detrás de la roca y llamó a la mujer.

—Mujer.. sé… mi… esposa. Soy.. un hombre… solitario.

—No puedo ser tu mujer —le contestó ella—, yo soy de las otras, de las que viven temeqvanek, debajo.

—Sé… mi… esposa —insistió el hombre—. Dentro de siete veranos te devolveré tu piel de foca y podrás irte o quedarte, como tú prefieras.

La joven foca le miró largo rato a la cara con unos ojos que, de no haber sido por sus verdaderos orígenes, hubieran podido parecer humanos, y le dijo a regañadientes:

—Iré contigo. Pasados los siete veranos, tomaré una decisión.

Así pues, a su debido tiempo tuvieron un hijo al que llamaron Ooruk. El niño era ágil y gordo. En invierno su madre le contaba a Ooruk cuentos acerca de las criaturas que vivían bajo el mar mientras su padre cortaba en pedazos un oso o un lobo con su largo cuchillo. Cuando la madre llevaba al niño Ooruk a la cama le mostraba las nubes del cielo y todas sus formas a través de la abertura para la salida del humo. Sólo que, en lugar de hablarle de las formas del cuervo, el oso y el lobo, le contaba historias de la morsa, la ballena, la foca y el salmón… pues ésas eran las criaturas que ella conocía.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la carne de la madre empezó a secarse. Primero se le formaron escamas y después grietas. La piel de los párpados empezó a desprenderse. Los cabellos de la cabeza se le empezaron a caer al suelo. Se volvió naluaq, de un blanco palidísimo. Su gordura empezó a marchitarse. Trató de disimular su cojera. Cada día, y sin que ella lo quisiera, sus ojos se iban apagando. Empezó a extender la mano para buscar a tientas el camino, pues se le estaba nublando la vista.

Y llegó una noche en que unos gritos despertaron al niño Ooruk y éste se incorporó en la cama, envuelto en sus pieles de dormir. Oyó un rugido como el de un oso, pero era su padre regañando a su madre. oyó un llanto como de plata restregada contra la piedra, pero era su madre.

—Me escondiste la piel de foca hace siete largos años y ahora se acerca el octavo invierno. Quiero que me devuelvas aquello de lo que estoy hecha —gritó la mujer foca.

—Pero tú me abandonarías si te la diera, mujer —tronó el marido.

—No sé lo que haría. Sólo sé que necesito lo que me corresponde.

—Me dejarías sin esposa y dejarías huérfano de madre al niño. Eres mala.

Dicho lo cual, el marido apartó a un lado el faldón de cuero de la entrada y se perdió en la noche.

El niño quería mucho a su madre. Temía perderla y se durmió llorando… hasta que el viento lo despertó. Era un viento muy raro… y parecía llamarlo, “Oooruk, Oooruuuuk”.

Saltó de la cama tan precipitadamente que se puso la parka al revés y se subió las botas de piel de foca sólo hasta media pierna. Al oír su nombre una y otra vez, salió a toda prisa a la noche estrellada.

—Oooooooruuuuk.

El niño se dirigió corriendo al acantilado que miraba al agua y allí, en medio del mar agitado por el viento, vio una enorme y peluda foca plateada… la cabeza era muy grande, los bigotes le caían hasta el pecho y los ojos eran de un intenso color amarillo.

—Oooooooruuuuk.

El niño bajó del acantilado y, al llegar abajo, tropezó con una piedra —mejor dicho, un bulto— que había caído rodando desde una hendidura de la roca. Los cabellos de su cabeza le azotaban el rostro cual si fueran mil riendas de hielo.

—Oooooooruuuuk.

El niño rascó el bulto para abrirlo y lo sacudió… era la piel de foca de su madre. Percibió el olor de su madre. Mientras se acercaba la piel de foca al rostro y aspiraba el perfume, el alma de su madre lo azotó cual si fuera un repentino viento estival.

—Oooh —exclamó con una mezcla de pena y alegría, acercando de nuevo la piel a su rostro. Una vez más el alma de su madre la traspasó.

—Oooh —volvió a exclamar, rebosante de infinito amor por su madre.

Y, a lo lejos, la vieja foca plateada… se hundió lentamente bajo el agua.

El niño saltó de la roca y regresó a toda prisa a casa con la piel de foca volando a su espalda y cayó al suelo al entrar. Su madre lo levantó junto con la piel de foca y cerró los ojos agradecida por haberlos recuperado a los dos sanos y salvos. Después se puso la piel de foca.

—¡Oh, madre, no lo hagas! —le suplicó el niño.

Ella lo levantó del suelo, se lo colocó bajo el brazo y se fue medio corriendo y medio tropezando hacia el rugiente mar.

—¡Oh, madre! ¡No! ¡No me dejes! —gritó Ooruk.

Y, de repente, pareció que la madre quería quedarse junto a su hijo, pero algo la llamaba, algo más viejo que ella, más viejo que él, más viejo que el tiempo.

—Oh, madre, no, no, no —gritó el niño.

Ella se volvió a mirarle con unos ojos rebosantes de inmenso amor. Tomó el rostro del niño entre sus manos e infundió su dulce aliento en sus pulmones una, dos, tres veces. Después, llevándolo bajo el brazo como si fuera un valioso fardo, se zambulló en el mar y se hundió cada vez más en él. La mujer foca y su hijo respiraban sin ninguna dificultad bajo el agua.

Ambos siguieron nadando cada vez más hondo hasta entrar en la ensenada submarina de las focas, en la que toda suerte de criaturas comían, cantaban, bailaban y hablaban. La gran foca macho plateada que había llamado a Ooruk desde el mar nocturno lo abrazó y lo llamó “nieto”.

—¿Cómo te fue allí arriba, hija mía? —preguntó la gran foca plateada.

La mujer foca apartó la mirada y contestó:

—Hice daño a un ser humano, a un hombre que lo dio todo para tenerme. Pero no puedo regresar junto a él, pues me convertiría en prisionera si lo hiciera.

—¿Y el niño? —preguntó la vieja foca—. ¿Y mi nieto? —continuó la vieja foca macho.

Lo dijo con tanto orgullo que hasta le tembló la voz.

—Tiene que regresar, padre. No puede quedarse aquí. Aún no ha llegado el momento de que esté aquí con nosotros.

Y se echó a llorar. Y juntos lloraron los dos.

Transcurrieron unos cuantos días y noches, siete para ser más exactos, durante los cuales el cabello y los ojos de la mujer foca recuperaron el brillo. Adquirió un precioso color oscuro, recobró la vista y las redondeces del cuerpo y pudo nadar sin ninguna dificultad. Pero llegó el día del regreso del niño a la tierra. Aquella noche el viejo abuelo foca y la hermosa madre del niño, nadaron flanqueando al niño. Regresaron subiendo cada vez más alto hasta llegar al mundo de arriba. Allí depositaron suavemente a Ooruk en la pedregosa orilla bajo la luz de la luna.

Su madre le aseguró:

—Yo estoy siempre contigo. Te bastará con tocar lo que yo haya tocado, mis palillos de encender el fuego, mi ulu, cuchillo, mis nutrias y mis focas labradas en piedra para que yo infunda en tus pulmones un aliento que te permita cantar tus canciones.

La vieja foca macho y su hija besaron varias veces al niño. Al final, se apartaron de él y se adentraron nadando en el mar. Tras mirar por última vez al niño, desaparecieron bajo las aguas. Y Ooruk se quedó porque todavía no había llegado su hora.

Con el paso del tiempo el niño se convirtió en un gran cantor e inventor de cuentos que, además, tocaba muy bien el tambor y decía la gente que todo se debía a que de pequeño había sobrevivido a la experiencia de ser transportado al mar por los grandes espíritus de las focas. Ahora, en medio de las grises brumas matinales, se le puede ver algunas veces con su kayak amarrado, arrodillado en cierta roca del mar, hablando al parecer con cierta foca que a menudo se acerca a la orilla. Aunque muchos han intentado cazarla, han fracasado una y otra vez. La llaman Tanqigcaq, la resplandeciente, la sagrada, y dicen que, a pesar de ser una foca, sus ojos son capaces de reproducir las miradas humanas, aquellas sabias, salvajes y amorosas miradas.

___________________________________________________________

piel-de-foca

La pérdida del sentido del alma como iniciación

La foca es uno de los símbolos más bellos del alma salvaje. Como la naturaleza instintiva de las mujeres, las focas son unas criaturas muy curiosas que han evolucionado y se han adaptado a lo largo de los siglos. Como la mujer foca, las verdaderas focas sólo se acercan a la tierra para alumbrar y alimentar a sus crías. La madre foca se entrega con todas sus fuerzas al cuidado de su cría durante unos dos meses, amándola, defendiéndola y alimentándola exclusivamente con las reservas de su cuerpo. Durante este período la cría de foca de unos doce kilos cuadruplica su peso. Entonces la madre se adentra en el mar y la cría ya desarrollada inicia una vida independiente.

Entre los grupos étnicos de todo el mundo, muchos de ellos pertenecientes a la región circumpolar y al África Occidental, se dice que los eres humanos no están verdaderamente vivos hasta que el alma da a luz al espíritu, lo cuida amorosamente, lo alimenta y lo llena de fuerza. Al final, se cree que el alma se retira a un hogar más lejano mientras el espíritu inicia su vida independiente en el mundo (2).

El símbolo de la foca como representación del alma es especialmente atractivo por cuanto las focas dan muestras de una “docilidad” y una accesibilidad bien conocidas por los que viven cerca de ellas, Las focas poseen cierto carácter perruno y son cariñosas por naturaleza. De ellas irradia una especie de pureza. Pero también reaccionan con mucha rapidez, buscan refugio o atacan cuando se ven amenazadas. El alma también es así. Permanece en suspenso cerca de nosotras. Alimenta el espíritu. No huye cuando percibe algo nuevo, insólito o difícil.

Pero a veces, sobre todo cuando una foca no está acostumbrada a los seres humanos y permanece tendida en uno de aquellos estados de felicidad en que suelen sumirse las focas de vez en cuando, no se adelanta a los comportamientos humanos. Como la mujer foca del cuento y como las almas de las mujeres jóvenes y/o inexpertas, no adivina las intenciones de los demás ni los posibles daños. Y es lo que siempre ocurre cuando alguien roba la piel de foca.

A través de mis muchos años de trabajo con los temas de la “captura” y el “robo del tesoro” y de análisis de muchos hombres y mujeres he llegado a percibir en el proceso de individuación de casi todo el mundo la existencia de por lo menos un único robo significativo. Algunas personas lo califican del robo de su “gran oportunidad” en la vida. Otras lo definen como un hurto de amor o de robo del propio espíritu y debilitación del sentido del yo. Otras lo describen como una distracción, una pausa, una interferencia o una interrupción de algo que es vital para ellas: su arte, su amor, su sueño, su esperanza, su creencia en la bondad, su desarrollo, su honor, sus esfuerzos.

La mayoría de las veces este importante robo se produce en la persona desde su punto de menor visibilidad. Se produce en las mujeres por la misma razón por la que se produce en el cuento: por ingenuidad, por ignorancia de los motivos de los demás, por inexperiencia en la proyección de lo que podría ocurrir en el futuro, por no prestar atención a todas las claves del ambiente.

Las personas que han sufrido esta clase de robo no son malas. No están equivocadas. No son estúpidas. Pero son considerablemente inexpertas o se encuentran en un estado de modorra psíquica.

Sería un error atribuir semejantes estados sólo a los jóvenes. Pueden darse en cualquier persona independientemente de la edad, el origen étnico, los años de escolarización e incluso las buenas intenciones. Está claro que el hecho de sufrir un robo evoluciona hasta convertirse inexorablemente en una misteriosa oportunidad de iniciación arquetípica (3) para las personas que se ven atrapadas en él, que son casi todas.

El proceso de recuperación del tesoro y de establecimiento la manera en que uno repondrá existencias desarrolla en la psique cuatro planteamientos vitales. Cuando nos enfrentamos cara a cara con este dilema y efectuamos el descenso al Río bajo el Río, fortalece enormemente nuestra determinación de recuperar la conciencia. Aclara con el tiempo qué es lo más importante para nosotras. Nos hace experimentar la imperiosa necesidad de elaborar un plan para liberarnos psíquicamente o de otro modo y para utilizar nuestra recién adquirida sabiduría. Finalmente —lo más importante— desarrolla nuestra naturaleza medial, esta salvaje y perspicaz parte de la psique que también puede atravesar el mundo del alma y el mundo de los seres humanos.

El núcleo arquetípico del cuento “Piel de foca, piel del alma” es extremadamente valioso, pues ofrece unas claras y definidas instrucciones acerca de los pasos que tenemos que dar para poder desarrollar y encontrar nuestro camino a través de estas tareas. Una de las cuestiones esenciales y más potencialmente destructoras con que se enfrentan las mujeres es el comienzo de varios procesos de iniciación psicológica con iniciadoras que todavía no han completado su propia iniciación. No conocen a personas expertas que sepan cómo seguir adelante. Cuando las iniciadoras no están completamente iniciadas, omiten sin querer importantes aspectos del proceso y a veces infligen graves daños a las mujeres que tienen a su cargo, pues trabajan con una idea fragmentaria de la iniciación que a menudo está contaminada de una u otra forma (4).

En el otro extremo del espectro se encuentra la mujer que ha sufrido un robo y se esfuerza por conocer y dominar la situación, pero se ha quedado sin instrucciones y no sabe que, para completar el aprendizaje, tiene que hacer más prácticas, por cuyo motivo repite una y otra vez la primera fase, es decir, se de)a robar una y otra vez. A causa de las circunstancias por las que ha pasado, se ha quedado enredada en las riendas y carece esencialmente de instrucciones. En lugar de descubrir las exigencias de un alma salvaje sana, se convierte en una víctima de una iniciación incompleta.

Teniendo en cuenta que las líneas matrilineales de iniciación —las mujeres mayores que enseñan a las más jóvenes ciertos hechos y procedimientos psíquicos de lo femenino salvaje— se han roto y fragmentado en muchas mujeres a lo largo de muchos años, es una suerte que las mujeres puedan aprender lo que necesitan gracias a la arqueología de los cuentos de hadas. Lo que se deduce de estos modelos que entrañan un profundo significado constituye un eco de las pautas innatas de los procesos psicológicos más integrales de las mujeres. En este sentido, los cuentos de hadas y los mitos son unos iniciadores; son los sabios que enseñan a los que vienen después.

Por consiguiente, la dinámica de “Piel de foca, piel del alma” resulta especialmente útil para las mujeres no del todo iniciadas o medio iniciadas. Conociendo todos los pasos que hay que dar para completar el cíclico regreso a casa, es posible desenredar, replantear y completar debidamente una iniciación defectuosa. Veamos qué instrucciones nos da este cuento.

La pérdida de la piel

El desarrollo del conocimiento, tal como se produce en las versiones de “Barba Azul”, “Campanilla”, “La comadrona del diablo”, “La rosa silvestre” y otros, se inicia con sufrimiento. El desarrollo parte de la inconciencia, pasa por distintas formas de engaño y desde éste llega al hallazgo del camino del poder y, sobre todo, de la profundidad. El tema de la fatídica captura que pone a prueba la conciencia y termina en un profundo conocimiento es constante en los cuentos de hadas protagonizados por mujeres. Tales cuentos contienen unas sólidas instrucciones para todas nosotras acerca de la conducta que deberemos observar en caso de que nos capturen y de lo que tendremos que hacer para huir del cautiverio y pasar a través del bosque como una loba con ojo agudo.

“Piel de foca, piel del alma” contiene un tema retrógrado. A veces estos cuentos se llaman “relatos de retroceso”. En muchos cuentos de hadas un ser humano es objeto de un encantamiento y se convierte en animal. Pero aquí ocurre lo contrario: una criatura del reino animal es conducida a una vida humana. El relato nos ofrece una visión de la estructura de la psique femenina. La doncella foca, como la naturaleza salvaje de la psique femenina, es una combinación mística de un animal que al mismo tiempo es capaz de vivir ingeniosamente entre los seres humanos.

La piel a que se refiere el cuento no es tanto un objeto cuanto la representación de un estado emocional y un estado del ser, uno que es cohesivo, espiritual y propio de la naturaleza salvaje femenina. Cuando una mujer se encuentra en este estado, se siente enteramente ella misma y englobada en su interior. No se siente fuera de él, preguntándose si obra bien, si se comporta bien, si piensa bien. Aunque a veces pierda el contacto con este estado de encontrarse “en su interior”, el tiempo que previamente ha pasado allí la sostiene durante su actuación en el mundo. El periódico regreso al estado salvaje es el que repone las reservas psíquicas que necesita para sus proyectos, su familia, sus relaciones y su vida creativa en el mundo de arriba.

Al final, cualquier mujer que permanezca demasiado tiempo alejada de su hogar espiritual, se cansa. Tal como debe ser. Entonces busca de nuevo su piel para recuperar el sentido del yo y del alma y restaurar su perspicaz y oceánica sabiduría. Este gran ciclo de ir y volver, ir y volver, posee en el interior de la naturaleza instintiva femenina un carácter reflejo y es innato en todas las mujeres a lo largo de toda la vida, desde la infancia, la adolescencia y la edad adulta, pasando por el amor, la maternidad, el arte y la sabiduría hasta llegar a la vejez y más allá de ésta. Estas fases no tienen por qué ser necesariamente cronológicas, pues muchas veces las mujeres de mediana edad son unas recién nacidas, las ancianas son unas amantes apasionadas y las niñas pequeñas saben muchas cosas acerca de los encantamientos de las brujas.

Una y otra vez perdernos esta sensación de encontrarnos por entero en nuestra piel por los motivos ya mencionados y también a causa de un prolongado cautiverio. Las que se esfuerzan demasiado y sin el menor descanso también corren peligro. La piel del alma se desvanece cuando no prestamos atención a lo que estamos haciendo y, sobre todo, a lo que ello nos cuesta.

Perdemos la piel del alma cuando nos dejamos arrastrar demasiado por el ego, cuando somos demasiado exigentes y perfeccionistas’, cuando nos dejamos martirizar innecesariamente, nos dejamos arrastrar por la ciega ambición, nos sentimos insatisfechas —a causa de nuestro yo, de la familia, de la comunidad, la cultura, el mundo— y no decimos ni hacemos nada al respecto, cuando fingimos ser una fuente inagotable para los demás o cuando no hacemos todo lo que podemos para ayudarnos. Hay tantas maneras de perder la piel del alma como mujeres hay en el mundo.

El único medio de conservar esta esencial piel del alma consiste en mantener una exquisita y prístina conciencia de su valor y su utilidad. Pero, puesto que nadie puede mantener constantemente una profunda conciencia, nadie puede conservar por entero la piel del alma a cada momento del día y de la noche. Sin embargo, podemos cuidar de que nos la roben lo menos posible. Podernos desarrollar aquel ojo agudo que vigila las condiciones que nos rodean y defiende nuestro territorio psíquico. El cuento “Piel de foca, piel del alma” gira, sin embargo, en torno a un ejemplo de lo que podríamos llamar un robo de especial gravedad. Este gran robo puede, mediante la conciencia, ser evitado en el futuro si prestamos atención a nuestros ciclos y a la llamada que nos invita a despedirnos y regresar a casa.

Todas las criaturas de la tierra regresan a casa. Es curioso que hayamos creado santuarios de fauna salvaje para el ibis, el pelícano, el airón, el lobo, la grulla, el venado, el ratón, el alce y el oso, pero no para nosotros mismos en los lugares donde vivimos día tras día. Sabemos que la pérdida del hábitat es lo peor que le puede ocurrir a una criatura libre. Censuramos con vehemencia el hecho de que los territorios naturales de otras criaturas estén rodeados de ciudades, fincas, autopistas, ruido y otros elementos discordantes como si nosotros no estuviéramos rodeados y afectados por las mismas cosas. Sabemos que, para que las criaturas puedan seguir viviendo, es necesario que éstas tengan de vez en cuando un hogar en el que se sientan libres y protegidas.

Tradicionalmente solemos compensar la pérdida de un hábitat más sereno tomándonos unas vacaciones que deberían ser un placer, sólo que muchas veces no lo son. Podemos compensar nuestras discordancias de los días laborables procurando eliminar las cosas que nos tensan los músculos trapecios y deltoides y los convierten en unos dolorosos nudos.

Todo eso está muy bien, pero, para la psique del alma Y del yo, las vacaciones no equivalen a un refugio. El tiempo libre o el descanso no son lo mismo que regresar a casa. La tranquilidad no es lo mismo que la soledad.

Para empezar, podemos reprimir esta pérdida de alma manteniéndonos muy cerca de la piel. Observo en el ejercicio de mi profesión que en las mujeres de talento el robo de la piel del alma puede producirse por medio de relaciones con personas que tampoco están en las pieles que les corresponden y de otras relaciones decididamente peligrosas. Hace falta mucha fuerza de voluntad para superar estas relaciones, pero se puede hacer, sobre todo si, como en el cuento, la mujer despierta a la voz que la llama a casa y le pide que regrese al yo esencial donde su sabiduría inmediata está entera y es accesible. A partir de ahí una mujer puede decidir con más perspicacia lo que tiene que hacer y lo que quiere hacer.

El grave robo de la piel del alma también se puede producir de una manera más sutil por medio del robo de los recursos y el tiempo de una mujer. El mundo se siente solo y necesita el consuelo de las caderas y los pechos de las mujeres. Y lo pide con mil manos y millones de voces, nos hace señas, tira de nosotras y suplica nuestra atención. A veces parece que dondequiera que miremos hay alguien o algo del mundo que necesita, quiere y desea. Algunas personas, cuestiones y cosas del mundo son atrayentes y encantadoras; otras pueden ser exigentes y desagradables; y otras están tan conmovedoramente desválidas que, en contra de nuestra voluntad, nuestra empatía se desborda y la leche nos baja por el vientre. Pero, a no ser que se trate de una cuestión de vida o muerte, tómatelo con calma, busca tiempo para “ponerte el corsé de acero” (6). Deja de detenerte a cada paso para ayudar a los demás. Dedícate a la tarea de regresar a casa.

Sabemos que la piel se puede perder por culpa de un amor devastador y equivocado, pero también se puede perder con un amor profundo y acertado. El robo de la piel de nuestras almas no se debe exactamente a la adecuación o inadecuación de una persona o cosa sino al coste que estas cosas tienen para nosotras. Es lo que nos cuesta en tiempo, energía, observación, atención, vigilancia, estímulo, instrucción, enseñanza, adiestramiento. Estos movimientos de la psique son como reintegros en efectivo de la caja de ahorros de la psique. Pero no se trata de estos cuantiosos reintegros en efectivo en sí mismos, pues éstos son una parte importante del toma y daca de la vida. La causa de la pérdida de la piel y del debilitamiento de nuestros más agudos instintos es el hecho de tener la cuenta al descubierto. La falta de nuevos depósitos de energía, conocimientos, reconocimiento, ideas y emoción es la causa de que una mujer se sienta morir psíquicamente.

En el cuento, cuando la joven mujer foca pierde la piel, está entregada a una hermosa tarea, la tarea de la búsqueda de la libertad. Baila sin cesar y no presta atención a lo que ocurre a su alrededor.

Cuando estamos en la naturaleza salvaje que nos corresponde, todas sentimos la alegría de la vida. Es una de las señales de que estamos cerca de la Mujer Salvaje. Todas entramos en el mundo en condiciones de bailar. Y siempre empezamos con la piel intacta.

Pero, por lo menos hasta que adquirimos una mayor conciencia, todas pasamos por esta fase de individuación. Todas nos acercamos a nado a la roca, bailamos y no prestamos atención. Es entonces cuando aparece el aspecto más engañoso de la psique y, de pronto, en algún lugar del camino, buscamos lo que nos corresponde o el lugar al que correspondernos nosotras y ya no lo podemos encontrar. Entonces se esfuma y se oculta misteriosamente el sentido del alma. Y nosotras vagamos sin rumbo y medio aturdidas. No es bueno tomar decisiones cuando estamos aturdidas, pero las tomamos.

Sabemos que las decisiones equivocadas se producen de distintas maneras. Una mujer se casa prematuramente. Otra se queda prematuramente embarazada. Otra se va con una pareja inadecuada. Otra entrega su corazón a cambio de “tener cosas”. Otra se deja seducir por toda una serie de ilusiones, otra por promesas, otra por “demasiada bondad” y escasez de alma, otra por exceso de ligereza y falta de robustez. Y en los casos en que la mujer va medio despellejada, ello no se debe necesariamente a que sus decisiones sean erróneas sino más bien a que ha permanecido demasiado tiempo lejos de su hogar espiritual, se ha secado y no le sirve de nada a nadie y tanto menos a sí misma. Hay cientos de maneras de perder la piel del alma.

Si ahondarnos en el símbolo del pellejo animal, descubrimos que en todos los animales, incluidos los seres humanos, la erección capilar —los pelos de punta— se produce como respuesta a lo que se ve y a lo que se siente. Los pelos erizados del pellejo envían un “estremecimiento” a través de la criatura y despiertan recelo, cautela y otras manifestaciones defensivas. Entre los inuit se dice que tanto el pelaje como las plumas tienen la capacidad de ver lo que ocurre en la distancia y que ésta es la razón de que el angakok, el chamán, lleve encima muchas pieles y muchas plumas, para tener cientos de ojos Y poder desentrañar mejor los misterios. La piel de foca es un símbolo del alma que no sólo proporciona calor sino que, además, nos ofrece a través de su visión un temprano sistema de alarma.

En las culturas cazadoras, el pellejo equivale al alimento por tratarse del producto más importante para la supervivencia. Se utiliza para hacer botas, forrar parkas, impermeabilizar las prendas y evitar que el hielo entre en contacto con la cara y las muñecas. El pellejo mantiene secos y a salvo a los niños pequeños, protege y calienta los vulnerables vientres, espaldas, pies, manos y cabeza de los seres humanos. Perder el pellejo es perder la protección, el calor, el precoz sistema de alarma, la vista instintiva. Psicológicamente, estar sin pellejo induce a una mujer a hacer lo que cree que debe hacer y no ya lo que sinceramente desea. La induce a seguir cualquier cosa o a cualquier persona que le parezca la más fuerte, tanto si le conviene como si no, Entonces salta mucho y mira poco. Se muestra graciosa en lugar de incisiva, rechaza y aplaza las cosas entre risas. Se abstiene de dar el siguiente paso, de hacer el necesario descenso y de permanecer allí abajo el tiempo suficiente como para que ocurra algo.

Vemos por tanto que en un mundo que valora a las mujeres acosadas que se entregan a incesantes actividades, el robo de la piel del alma es muy fácil, hasta el punto de que el primer robo suele producirse entre las edades de siete y dieciocho años. Para entonces casi todas las jóvenes ya han empezado a bailar en la roca del mar. Para entonces casi todas ellas habrán buscado la piel del alma pero no la habrán encontrado donde la dejaron. Y aunque en un principio tal cosa esté aparentemente destinada a favorecer el desarrollo de una estructura medial de la psique —es decir, la capacidad de aprender a vivir en el mundo espiritual y también en la realidad exterior—, demasiado a menudo semejante finalidad no se cumple y tampoco se cumple el resto de la experiencia de la iniciación, por lo que la mujer vaga por la vida sin piel.

Aunque hayamos intentado impedir el robo cosiendo prácticamente nuestra persona a la piel de nuestra alma, muy pocas mujeres alcanzan la mayoría de edad con algo más que unos pocos mechones del pellejo original intactos. Apartamos a un lado nuestros pellejos mientras danzamos. Aprendemos a conocer el mundo pero perdemos la piel. Descubrimos que sin la piel empezamos a marchitarnos lentamente. Puesto que casi todas las mujeres han sido educadas de tal forma que puedan soportar estoicamente estas cosas tal como hicieron sus madres, nadie se percata de que se está produciendo una muerte hasta que un día…

Cuando somos jóvenes y nuestra vida espiritual choca con los deseos y las exigencias de la cultura y del mundo, nos sentimos realmente encalladas muy lejos de nuestro hogar. Pero de mayores nos seguimos apartando cada vez más de nuestro hogar como consecuencia de nuestras decisiones acerca del quién, qué, dónde y durante cuánto tiempo. Si jamás nos han enseñado a regresar al hogar espiritual, repetimos hasta el infinito el “robo y la errante búsqueda de la pauta perdida”. Sin embargo, aunque nuestras decisiones erróneas hayan sido la causa de nuestro extravío —en un lugar demasiado alejado de aquello que necesitamos—, no hay que perder la esperanza, pues el interior del alma contiene un indicador automático de ruta. Todas podemos encontrar el camino de regreso.

El hombre solitario

https://i0.wp.com/farm1.static.flickr.com/47/120515760_abda338a35.jpg

En un cuento muy parecido al núcleo del relato que aquí nos ocupa, la protagonista es una mujer que intenta seducir a una ballena macho para que copule con ella, robándole la aleta. En otros cuentos la criatura que nace es a veces un pez hembra y a veces un pez macho. A veces el viejo del mar es una venerable anciana. Puesto que en los cuentos se registran muchos cambios de sexo, la masculinidad o la feminidad de los personajes son mucho menos importantes que el proceso propiamente dicho.

Por consiguiente, vamos a suponer que el hombre solitario que roba la piel de foca representa el ego de la psique de una mujer. La salud del ego suele estar determinada por la habilidad con la que una persona mide los límites del mundo exterior, por la fortaleza de la propia identidad, por la capacidad de distinguir el pasado, el presente y el futuro y por la coincidencia de las propias percepciones con la realidad consensual. Un tema eterno de la psique humana es la rivalidad entre el ego y el alma por el control de la fuerza vital. Al principio de la vida suele dominar el ego con sus correspondientes apetitos; siempre está cocinando algo que huele muy bien. En este período, el ego es muy musculoso, por cuyo motivo relega al alma a las tareas auxiliares de la cocina del patio de atrás.

Pero en determinado momento, a veces hacia los veintitantos años, otras veces a los treinta y tantos y más a menudo a los cuarenta y tantos años, aunque algunas mujeres no están auténticamente preparadas a los cincuenta, los sesenta, los setenta o los ochenta y tantos años. Permitimos finalmente que el alma lleve la delantera. El poder se aleja de las bobadas y las estupideces y se desplaza hacia la espiritualidad. Y, a pesar de que el alma no mata el ego para asumir la delantera, se podría decir que lo destituye y le asigna en la psique una tarea distinta que consiste esencialmente en someterse a sus intereses.

Desde el momento de nacer, existe en nuestro interior el salvaje impulso de que nuestra alma gobierne nuestra vida, pues la comprensión de que es capaz el ego resulta bastante limitada. Imaginemos al ego sujeto con una permanente correa relativamente corta; sólo puede penetrar hasta cierto punto en los misterios de la vida y el espíritu. Por regla general, se asusta, pues tiene la mala costumbre de reducir cualquier numinosidad a un “eso no es más que”. Exige hechos observables. Al ego no le suelen sentar bien las pruebas de carácter Sentimental o místico. Por eso está solo y es muy limitado en las elaboraciones de esta clase y no puede participar por entero en los más misteriosos procesos del alma y la psique. Y, sin embargo, el hombre solitario anhela el alma y distingue vagamente las cosas espirituales y salvajes cuando las tiene cerca.

Los términos “alma” y “espíritu” se suelen usar indistintamente, pero en los cuentos de hadas el alma siempre es el pro—gynitor y el progenitor del espíritu. En la hermenéutica arcana, el espíritu nace del alma. El espíritu hereda la materia o se encarna en ella para averiguar datos acerca del mundo y transmitirlos al alma. Cuando no hay interferencias, la relación entre el alma y el espíritu es perfectamente simétrica y el uno enriquece al otro. El alma y el espíritu constituyen una ecología, como en un estanque en el que las criaturas de abajo alimentan a las de arriba y las de arriba alimentan a las de abajo.

En la psicología junguiana, el ego se suele describir como una pequeña isla de conciencia que flota en un mar de inconsciencia. Sin embargo, en el folclore el ego se representa como una criatura voraz simbolizada a menudo por un ser humano o un animal no demasiado inteligente, rodeado por unas fuerzas que lo desconciertan y a las que intenta dominar. A veces el ego consigue dominarlas de una manera extremadamente brutal y destructiva, pero al final, gracias a los progresos del héroe o de la heroína, suele perder la partida en su intento de hacerse con el dominio.

En los comienzos de la vida de una persona el ego siente curiosidad por el mundo del alma, pero se preocupa más a menudo por la satisfacción de sus propios apetitos. El ego nace al principio en nosotros como potencial, y el mundo que nos rodea es el que lo configura, desarrolla y llena de ideas, valores y deberes: nuestros padres, nuestros profesores, nuestra cultura. Y así debe ser, dado que se convierte en nuestra escolta, nuestro blindaje y nuestro explorador en el mundo exterior. No obstante, si no se permite que la naturaleza salvaje se irradie hacia arriba a través del ego, confiriéndole color, jugo y capacidad instintiva de reacción, por más que la cultura apruebe lo que se haya inculcado en este ego, el alma no aprueba, no puede ni jamás podrá aprobar el carácter incompleto de semejante trabajo.

El hombre solitario del cuento intenta participar en la vida del alma, pero, como el ego, no está especialmente capacitado para ello y trata de apoderarse del alma en lugar de desarrollar una relación con ella. ¿Por qué razón roba el ego la piel de foca? Como todas las cosas hambrientas o solitarias, ama la luz. Cuando ve la luz y la posibilidad de acercarse al alma, se acerca a ella reptando y le roba uno de sus camuflajes esenciales. No puede evitarlo. El ego es como es; se siente atraído por la luz. Aunque no pueda vivir bajo el agua, ansía relacionarse con el alma. El ego es muy tosco en comparación con el alma. Su manera de hacer las cosas no suele ser sensible ni evocadora. Pero siente una ligera atracción —que apenas comprende— por la belleza de la luz. Y eso, de alguna manera y durante algún tiempo, lo tranquiliza.

Por consiguiente, nuestro ego—yo hambriento de alma roba el pellejo. “Quédate conmigo —susurra el ego—. Yo te haré feliz, aislándote de tu yo—alma y de tus ciclos de regreso a tu hogar del alma. Te haré muy feliz. Quédate, por favor.” De esta manera, tal como corresponde al comienzo de la individuación femenina, el alma se siente obligada a establecer una relación con el ego. La función mundana del servilismo del alma con respecto al ego se produce para que aprendamos cómo es el mundo y la manera de adquirir cosas, de trabajar y de distinguir lo bueno de lo no tan bueno, para que sepamos cuándo movernos, cuándo estarnos quietas y cómo convivir con otras personas, y para que aprendamos la mecánica y las intrigas de la cultura, la manera de conservar un empleo y de sostener en brazos a un niño, de cuidar el cuerpo y encargarnos de los negocios, es decir, todas las cosas del mundo exterior. El propósito inicial del desarrollo de esta importante estructura en el interior de la psique femenina —el matrimonio de la mujer foca y el hombre solitario, un matrimonio en el que ella desempeña una tarea decididamente servil— es la creación de un apaño temporal que en último extremo dará lugar a la aparición del hijo espiritual capaz de convivir y desplazarse entre el inundo exterior y el salvaje. Una vez ha nacido, se ha desarrollado y se ha iniciado, este hijo simbólico aflora a la superficie del mundo exterior y entonces se produce la curación de la relación con el alma. Aunque el hombre solitario, es decir, el ego, no pueda ejercer perennemente su dominio —pues algún día tendrá que someterse a las exigencias del alma durante todo el resto de la vida de la mujer—, por el solo hecho de vivir con la mujer foca/mujer—alma, se ha contagiado de su grandeza y ello basta para que se sienta satisfecho, enriquecido y humillado al mismo tiempo.

El hijo espiritual

Vemos por tanto que la unión de esos contrarios que son el ego y el alma produce algo de valor infinito, el hijo espiritual. Es bien cierto que, cuando el ego se entremete violentamente en los aspectos más sutiles de la psique y el alma, se produce una fertilización cruzada. Paradójicamente, robando la protección del alma y su capacidad de ocultarse bajo el agua a voluntad, el ego participa en la creación de un hijo portador de la doble herencia del mundo y del alma, capaz de transmitir mensajes y regalos entre ambos.

En algunos de los cuentos más importantes, como el gaélico La bella y la bestia, el mexicano La Bruja Milagrosa y el japonés Tsukino Waguma: El oso, el hallazgo del camino de regreso al propio orden psíquico se inicia con la alimentación o el cuidado de una mujer, un hombre o una bestia solitaria y/o herida. El hecho de que semejante hijo, capaz de atravesar dos mundos tan distintos, pueda proceder de una mujer sin piel y “casada” con algo de sí misma o del mundo exterior tan solitario y subdesarrollado, es uno de los milagros constantes de la psique. Algo ocurre en nuestro interior cuando nos encontramos en esta situación, algo que genera un estado emocional, una minúscula nueva vida, una pequeña llama que arde en condiciones imperfectas, difíciles e incluso inhumanas.

El hijo espiritual es la niña milagrosa, que tiene la capacidad de oír la llamada, la lejana voz que nos dice ya es hora de regresar a nosotras mismas. El niño es una parte de nuestra naturaleza medial que nos apremia, pues es capaz de oír la llamada cuando ésta se produce. Es el niño que se despierta del sueño, se levanta de la cama, sale a la ventosa noche y baja corriendo al embravecido mar que nos induce a afirmar “Pongo a Dios por testigo de que seguiré por este camino”, o “Resistiré”, o “No me desviaré”, o “Encontraré la manera de seguir adelante”.

Es el hijo quien le devuelve a su madre la piel de foca, la piel del alma. Es él quien le permite regresar a su casa. Este hijo es un poder espiritual que nos induce a seguir adelante con nuestra importante tarea, a rechazar algo, a cambiar nuestra vida, a mejorar nuestra comunidad, a colaborar en el empeño de equilibrar el mundo, todo ello gracias a nuestro regreso a casa. Si una mujer desea participar en estas cosas, es necesario que tenga lugar el difícil matrimonio entre el alma y el ego y tiene que nacer el hijo espiritual. Los objetivos del dominio son la recuperación y el regreso.

Cualesquiera que sean las circunstancias de una mujer, el hijo espiritual, la vieja foca que surge del mar llamando a su hija para que regrese a casa y el ancho mar siempre están cerca. Siempre. Incluso en lugares y momentos en los que menos cabría esperar su presencia.

Desde el año 1971 me dedico a enseñar a escribir como práctica de meditación en prisiones y penales de todo el país. En un viaje que hice a una prisión federal de mujeres con un grupo de sanadoras/artistas (7) para montar representaciones y enseñar a una sección de cien mujeres que estaban participando con profundo interés en un programa de desarrollo espiritual que allí se había organizado, vi como de costumbre muy pocas mujeres “curtidas” y varias docenas de mujeres en distintas fases de mujer—foca. Muchas de ellas habían sido “capturadas” en sentido figurado pero también literal por culpa de unas decisiones tremendamente ingenuas. Cualesquiera que fueran las causas de su permanencia allí y a pesar de las condiciones fuertemente limitadas en las que vivían, cada una de ellas se encontraba visiblemente en vías de crear un hijo espiritual, cuidadosa y dolorosamente formado con su propia carne y sus propios huesos. Cada unas de ellas estaba buscando también su piel de foca; cada una se encontraba en pleno proceso de recordar el camino de regreso a casa.

Una artista de nuestro grupo, una joven violinista negra llamada India Cook tocó para las mujeres. Nos encontrábamos en un patio al aire libre, hacía mucho frío y el viento aullaba alrededor del telón de fondo del escenario sin techo. La violinista colocó el arco sobre las cuerdas de su violín eléctrico e interpretó una conmovedora pieza musical en clave menor. Su violín estaba llorando de verdad. Una corpulenta india lakota me aporreó el brazo y murmuró con la voz ronca a causa de la emoción:

—Este sonido… este violín está abriendo la puerta de un lugar que tengo dentro. Pensaba que estaba cerrada para siempre.

La expresión de su ancho rostro era de etérea perplejidad. Se me partió el corazón pero en sentido positivo, pues comprendí que cualquier cosa que le hubiera ocurrido —y le habían ocurrido muchas—, aún podía oír el grito del mar, la llamada desde su casa.

En el cuento de “Piel de foca, piel del alma”, la doncella foca le cuenta a su hijo relatos acerca de las cosas que viven y prosperan bajo el mar, lo instruye por medio de sus cuentos, moldea el hijo nacido de su unión con el ego. Está formando al hijo, le está enseñando el terreno y la forma de actuar del “otro”. El alma está preparando al hijo salvaje de la psique para algo muy importante.

La resecación y la lisiadura

https://i0.wp.com/album.cuesta-arriba.es/albums/2005/oceanografic/053-zona%20islas%20con%20focas.jpg

Casi todas las depresiones, los tedios y las erráticas confusiones de una mujer se deben a una vida del alma fuertemente limitada en la que la innovación, los impulsos y la creación están restringidos o prohibidos. La fuerza creativa confiere a las mujeres un enorme impulso que las induce a actuar. No podemos pasar por alto la existencia de los numerosos robos e incapacitaciones del talento de las mujeres que se producen por medio de las restricciones y los castigos que la cultura impone a sus instintos naturales y salvajes.

Podemos escapar de esta situación siempre y cuando haya un río subterráneo o incluso un pequeño arroyo procedente de algún lugar del alma que vierta sus aguas en nuestra vida. Sin embargo, si una mujer que se encuentra “lejos de casa” cede todo el poder, se convertirá primero en una niebla, después en un vapor y finalmente en una simple brizna de su antiguo yo salvaje.

Todo este robo y ocultamiento del pellejo natural de la mujer y la consiguiente resecación y lisiadura de ésta me recuerdan un viejo cuento que circulaba entre los distintos sastres rurales de nuestra familia. Mi difunto tío Vilmos lo contó una vez para calmar y dar una lección a un enfurecido adulto de nuestra extensa familia que estaba tratando con excesiva severidad a un niño. Tío Vilmos tenía una paciencia y una ternura infinitas con las personas y los animales. Poseía el don natural de contar cuentos según la tradición mesemondók y era muy hábil en la aplicación de cuentos a modo de suave medicina.

https://i0.wp.com/www.fotos-animales.com/imagenes/fotos-focas-g.jpg

_______________________________________________________

Un hombre fue a casa del sastre Szabó y se probó un traje. Mientras permanecía de pie delante del espejo se dio cuenta de que la parte inferior del chaleco era un poco desigual.

—Bueno, no se preocupe por eso —le dijo el sastre—. sujete el extremo más corto con la mano izquierda y nadie se dará cuenta.

Mientras así lo hacía, el cliente se dio cuenta de que la solapa de la chaqueta se curvaba en lugar de estar plana.

—Ah, ¿eso? —dijo el sastre—. Eso no es nada. Doble un poco la cabeza y alísela con la barbilla.

El cliente así lo hizo y entonces vio que la costura interior de los pantalones era un poco corta y notó que la entrepierna le apretaba demasiado.

—Ah, no se preocupe por eso —dijo el sastre—. Tire de la costura hacia abajo con la mano derecha y todo le caerá perfecto.

El cliente accedió a hacerlo y se compró el traje. Al día siguiente se puso el nuevo traje, “modificándolo” con la ayuda de la mano y la barbilla. Mientras cruzaba el parque aplanándose la solapa con la barbilla, tirando con una mano del chaleco y sujetándose la entrepierna con la otra, dos ancianos que estaban jugando a las damas interrumpieron la partida al verle pasar renqueando por delante de ellos.

—¡M’Isten, Oh, Dios mío! —exclamó el primer hombre—. ¡Fíjate en este pobre tullido!

El segundo hombre reflexionó un instante y después dijo en un susurro:

—Igen, sí, lástima que esté tan lisiado, pero lo que yo quisiera saber… es de dónde habrá sacado un traje tan bonito.

_______________________________________________________

https://i1.wp.com/www.maion.com/photography/_photos/nami1283.jpg

La reacción del primer anciano constituye la respuesta cultural habitual ante una mujer que ha conseguido adquirir una persona impecable, pero que está completamente tullida a causa del esfuerzo que tiene que hacer para mantenerla. Bueno, sí, es una lisiada, pero mira qué buena pinta tiene, qué buena es y qué bien lo hace. Cuando estamos agostadas, caminamos renqueando para que parezca que lo tenemos todo controlado y que todo va bien. Tanto si lo que falta es la piel del alma como si lo que no encaja es la piel creada por la cultura, el hecho de procurar disimularlo nos convierte en unas tullidas. Y, cuando lo hacemos, la vida se reduce y pagamos un precio muy alto.

Cuando una mujer empieza a resecarse, le resulta cada vez más difícil comportarse de acuerdo con la saludable naturaleza salvaje. Las ideas, la creatividad, la propia vida prosperan en un ambiente húmedo. Las mujeres que se encuentran en este estado suelen soñar con el hombre oscuro: malhechores, merodeadores o violadores las amenazan, las secuestran, les roban y les hacen cosas mucho peores. A veces dichos sueños revisten un carácter traumático, pues proceden de una agresión auténtica. Pero con más frecuencia son sueños de mujeres que se están agostando, que no prestan los debidos cuidados a la faceta instintiva de sus vidas, que se roban a sí mismas, se privan de la función creativa y a veces no hacen el menor esfuerzo por echarse una mano e incluso procuran por todos los medios ignorar la llamada que les hacen para que regresen al agua.

A lo largo de mis años de práctica he visto a muchas mujeres resecas, algunas menos y otras más. Al mismo tiempo, estas mujeres me han contado muchos cuentos de animales heridos, que en los últimos diez años han aumentado considerablemente (tanto en los hombres como en las mujeres). Difícilmente podríamos pasar por alto el hecho de que el aumento de los sueños de animales heridos coincide con los destrozos de lo salvaje tanto en el interior como en el exterior de las personas.

En tales sueños la criatura —la liebre, el lagarto, el caballo, el oso, el toro, la ballena, etc.— está lisiada como el hombre del cuento del sastre, como la mujer foca. Aunque los sueños protagonizados por animales heridos se refieren a la situación de la psique instintiva femenina y a su relación con la naturaleza salvaje, también constituyen un reflejo de las profundas laceraciones del inconciente colectivo como consecuencia de la pérdida de la vida instintiva. Si la cultura prohíbe por el motivo que sea que las mujeres puedan llevar una vida sensata e integral, éstas tendrán sueños de animales heridos. Aunque la psique se esfuerce por todos los medios en limpiarse y fortalecerse con regularidad, todas las señales de azotes de “allí afuera” se reflejan en el inconciente de “aquí dentro” de tal forma que la soñadora sufre los efectos de la pérdida de sus vínculos personales con la Mujer Salvaje y también los de la pérdida de la relación del mundo con esta profunda naturaleza.

Por consiguiente, a veces no es sólo la mujer la que se reseca. A veces también se resquebrajan y se reducen a polvo algunos aspectos esenciales del propio microambiente —la familia o el lugar de trabajo por ejemplo— o la más vasta cultura circundante, y esta situación afecta y aflige a la mujer. Para que ésta pueda contribuir a enderezar los fallos, es necesario que regrese a su propia piel, a su sentido común instintivo y a su propio hogar.

Tal como ya hemos visto, no reconocemos nuestra situación hasta que nos convertimos en un ser semejante a la apurada mujer foca: sin piel, renqueando, casi sin jugo y medio ciega. Menos mal que la enorme vitalidad de la psique nos regala la presencia en el inconciente de un viejo que emerge a la superficie de nuestra conciencia y empieza a llamarnos incesantemente para que regresemos a nuestra verdadera naturaleza.

La llamada del Viejo

¿Qué es este grito del mar? Esta voz del viento que llama al niño y lo hace levantar de la cama y salir a la noche es similar a un sueño que surge en la conciencia del soñador como una simple voz incorpórea. Se trata de uno de los sueños más impresionantes que puede tener una persona. En mis tradiciones culturales, cualquier cosa que diga esta voz en el sueño se considera una transmisión directa del alma.

Dicen que los sueños en que aparece la voz incorpórea pueden producirse en cualquier momento, pero muy especialmente cuando el alma pasa por una situación apurada; en tales circunstancias, el yo profundo se lanza por así decirlo a la caza. ¡Bang! Habla la voz del alma de una mujer. Y le dice lo que va a ocurrir a continuación.

En el cuento, la vieja foca surge de su elemento para efectuar la llamada. Uno de los rasgos más característicos de la psique salvaje consiste en que, si nosotras no acudimos a ella espontáneamente, si no prestamos atención a nuestras propias estaciones y al momento del regreso, el Vicio saldrá a buscarnos y nos llamará una y otra vez hasta que algo de nosotras le responda.

Menos mal que existe esta señal natural del regreso a casa, tanto más insistente cuanto mayor es nuestra necesidad de regresar. La señal se dispara cuando todo empieza a ser “demasiado”, tanto en sentido positivo como negativo. Puede haber llegado el momento de regresar a casa, tanto cuando existe demasiado estímulo positivo como cuando se registra una incesante disonancia. Es posible que estemos demasiado inmersas en algo, que algo nos haya agotado demasiado, que nos amen demasiado o demasiado poco, que trabajemos demasiado o demasiado poco. Todas estas cosas tienen un precio muy alto. En presencia de un “demasiado”, nos vamos secando poco a poco, se nos cansa el corazón, empieza a faltarnos la energía y surge en nosotras un misterioso anhelo —que sólo acertamos a describir como “un algo”— que se intensifica cada vez más. Es entonces cuando nos llama el Viejo.

En este cuento es interesante observar que el que oye y responde a la llamada del mar es el pequeño hijo espiritual. El es quien se atreve a enfrentarse con los peñascos y las piedras cubiertas de nieve, quien sigue ciegamente el grito y quien tropieza por casualidad con la enrollada piel de foca de su madre. El inquieto sueño del niño es un agudo y perspicaz retrato de la inquietud que experimenta una mujer cuando anhela regresar a su lugar de origen psíquico. Puesto que la psique es un sistema completo, todos sus elementos resuenan en respuesta a la llamada. La inquietud de una mujer en este período se acompaña a menudo de irritabilidad y de una sensación de que todo está demasiado cerca como para que resulte cómodo o demasiado lejos como para que se pueda alcanzar la paz. Dondequiera que se encuentre la mujer, se siente un poco o muy “perdida” debido a que ha permanecido demasiado tiempo lejos de casa. Estas sensaciones son justo las que tiene que experimentar. Son un mensaje que dice “Ven ahora mismo”. La sensación de sentirnos desgarradas procede del hecho de oír, de manera conciente o inconciente, que algo nos llama y nos pide que regresemos, algo a lo que no podemos contestar que no, so pena de sufrir un daño.

Si no acudimos cuando es el momento, el alma vendrá a buscarnos, tal como vemos en estos versos de un poema titulado “La mujer que vive en el fondo del lago”.

…una noche

se oye un latido en la puerta.

Fuera, una mujer en la niebla

con cabellos de ramas y vestido de hierbas,

chorreando verde agua del lago.

Dice: “Soy tú

y vengo de muy lejos.

Ven conmigo, quiero mostrarte una cosa …”

Da media vuelta para marcharse, se le abre la capa.

De pronto, una luz dorada… una luz dorada

por todas partes… (8)

La vieja foca surge por la noche y el niño avanza a trompicones por la noche. En este y en otros muchos cuentos vemos que el principal protagonista descubre una asombrosa verdad o recupera un valioso tesoro mientras camina a tientas en la oscuridad. Es un tema habitual en los cuentos de hadas y se produce en cualquier circunstancia. Nada mejor que la oscuridad para que la luz, la maravilla, el tesoro destaquen en toda su magnificencia. La “noche oscura del alma” se ha convertido prácticamente en un lema en ciertos ámbitos de la cultura.

La recuperación de lo divino tiene lugar en la oscuridad de Hel o del Hades o de “allí”. El regreso de Cristo se produce como un resplandor del crepúsculo infernal. La diosa asiática Amaterasu estalla desde la oscuridad de debajo de la montaña. La diosa sumeria Inanna en su forma acuática “se enciende con un resplandor dorado mientras se acuesta en un surco recién arado de negra tierra”(9). En las montaña, de Chiapas dicen que cada día “el amarillo sol tiene que abrir con su calor un agujero en el negrísimo huipil para poder elevarse en el cielo” (10). Estas imágenes que giran alrededor de la oscuridad transmiten un ancestral mensaje que dice “No temas no saber“. En distintas fases y en distintos períodos de nuestra vida así tiene que ser. Este aspecto de los cuentos y de los mitos nos anima a responder a la llamada aunque no sepamos adónde vamos, en qué dirección o durante cuanto tiempo. Lo único que sabemos es que, como el niño del cuento, tenemos que incorporarnos en la cama, levantarnos e ir a ver. Por consiguiente, es posible que andemos dando tumbos en medio de la oscuridad durante algún tiempo tratando de averiguar qué es lo que nos llama, pero, puesto que hemos conseguido vencer la tentación de apartarnos de la llamada de lo salvaje, invariablemente tropezamos con la piel del alma. Cuando aspiramos este estado del alma, entramos invariablemente en la sensación de “Eso está bien. Sé lo que necesito”.

Para muchas mujeres modernas lo más temible no es el avance en medio de la oscuridad buscando la piel del alma sino la inmersión en el agua, el regreso efectivo a casa y especialmente la despedida efectiva. Aunque las mujeres regresen a sí mismas, se pongan la piel de foca, se la alisen bien y estén preparadas para la partida, el hecho de irse es muy duro; es muy duro ceder y entregar aquello en lo que habíamos estado ocupadas hasta aquel momento e irnos sin más.

La prolongación excesiva de la estancia

http://byfiles.storage.live.com/y1pMWdwkWHu_WNKUhZushtTDEeYG8m4otiP0g0AKonXNnR8t3re8K1LajJJzOTu1MJy_9ShkR0sK2w

En el cuento, la mujer foca se reseca porque prolonga excesivamente su estancia. Sus males son los mismos que sufrimos nosotras cuando prolongamos excesivamente nuestra estancia. La piel es nuestro órgano más sensible; nos dice cuándo tenemos frío o calor, cuándo estamos emocionadas o asustadas. Cuando una mujer lleva demasiado tiempo lejos de casa, su capacidad de percibir lo que realmente siente y piensa acerca de sí misma y de otras cosas empieza a secarse y agrietarse. Se encuentra en un aletargado “estado de lemming”. Puesto que no percibe lo que es demasiado y lo que no es suficiente rebasa sus propios límites.

Vemos en el cuento que se le cae el cabello, que adelgaza y se convierte en una versión anémica de lo que antaño fuera. Cuando prolongamos demasiado nuestra estancia, nosotras también perdemos las ideas, nuestra relación con el alma se debilita y la circulación de la sangre disminuye y se reduce su velocidad. La mujer foca empieza a cojear, sus ojos pierden la humedad y empieza a quedarse ciega. Cuando ya hace tiempo que tendríamos que estar en casa, nuestros ojos ya no brillan por nada, nuestros huesos están cansados y es como si se abrieran las vainas de nuestros nervios y ya no pudiéramos concentrarnos la quiénes somos ni en lo que hacemos.

En las boscosas colinas de Indiana y Michigan, vive un sorprendente grupo de granjeros cuyos antepasados llegaron allí hace mucho tiempo desde las colinas de Kentucky y Tennessee. Aunque su lenguaje está plagado de incorrecciones gramaticales de todo tipo, son unos grandes lectores de la Biblia y, por consiguiente, suelen emplear bellas y musicales palabras tales como: iniquidad, aromático y cántico (11). Y, además, utilizan muchas expresiones que se refieren al cansancio y a la ignorancia de las mujeres. La gente del campo no pule mucho las palabras. Las corta en bloques, las junta en pedazos que llama frases y las suelta tal como vienen. “Lleva demasiado tiempo trabajando como una burra”, “está derrengada”, “está tan cansada que ya ni siquiera encuentra el camino del establo” y, especialmente, la brutal descripción, “dar de mamar a una camada muerta”, es decir, malgastar su vida en un matrimonio, un trabajo o una tarea inútil o insatisfactoria.

Cuando una mujer lleva demasiado tiempo lejos de casa, cada vez se siente menos capaz de avanzar por la vida. En lugar de tirar de un arnés elegido por ella misma, cuelga del que le han impuesto. Está tan exhausta y aturdida que pasa cansinamente por delante del lugar en el que podría hallar alivio y consuelo. La camada muerta está integrada por ideas, tareas y exigencias que no dan resultado, carecen de vida y no le aportan ninguna vida. La mujer que se encuentra en semejante estado palidece pero se vuelve irritable, es cada vez más exigente pero, al mismo tiempo, está más dispersa. Su vela arde y es cada vez más corta. La cultura popular lo llama “consumirse”, pero es algo más que eso, es hambre del alma. Cuando se llega a este extremo, no queda más remedio que hacer una cosa; la mujer sabe finalmente, no que quizá o que a lo mejor volverá a casa sino que tiene que volver a casa.

La promesa que se hace en el cuento es una promesa rota. El hombre, que también está reseco y tiene la cara llena de grietas por haber permanecido tanto tiempo solo, ha conseguido que la mujer foca entre en su casa y su corazón, prometiéndole que, al cabo de un cierto período, él le devolverá el pellejo y entonces ella podrá quedarse con él o regresar a su país si así lo desea.

¿Qué mujer no se sabe de memoria esta promesa rota? “En cuanto termine esto que estoy haciendo me podré ir. En cuanto pueda marcharme… Me iré en primavera. Me iré pasado el verano. Cuando los niños vuelvan a la escuela… Más tarde en otoño cuando los árboles son tan hermosos, me iré. Esperaré hasta la primavera… Esta vez lo digo en serio.”

El regreso a casa es especialmente importante cuando la mujer ha estado ocupada con cuestiones del mundo exterior y ha permanecido en él demasiado tiempo. ¿Qué duración tiene este tiempo? En cada mujer es distinta, pero baste decir que las mujeres saben con absoluta certeza cuándo han permanecido demasiado tiempo en el mundo y ya es hora de regresar casa. Sus cuerpos están en el aquí y el ahora, pero sus mentes están muy lejos.

Se mueren de ganas de iniciar una nueva vida. Ansían volver al mar. Viven simplemente para el mes que viene, hasta que pase el semestre, están deseando que termine el invierno para poder volver a sentirse vivas, están deseando que llegue una fecha místicamente establecida en algún momento del futuro en la que finalmente serán libres de hacer algo prodigioso. Creen que se morirán si no… (llena tú misma el espacio en blanco). Y todo tiene un aire de duelo. Experimentan desasosiego. Sensación de privación. Nostalgia. Tiran de los hilos sueltos de su falda y se pasan largo rato mirando a través de las ventanas. Y no se trata de un malestar transitorio. Es algo permanente que se va intensificando conforme pasa el tiempo.

Pese a lo cual, las mujeres siguen con sus rutinas cotidianas, miran con expresión sumisa, sonríen con afectación y se comportan como si se sintieran culpables. “Sí, sí, ya lo sé —dicen—. Tendría que hacerlo, pero, pero, pero … ” Los “peros” de sus frases son la señal de que han permanecido demasiado tiempo en el mundo exterior.

Una mujer incompletamente iniciada que se encuentra en este estado de disminución cree equivocadamente que adquirirá un mayor reconocimiento espiritual quedándose donde está que yéndose. Otras se sienten atrapadas y, tal como dicen en México, tienen que dar un tirón fuerte a algo y tiran incesantemente de la manga de la Virgen en su afán de demostrar que son buenas y aceptables.

Pero hay otras razones por las que la mujer se siente dividida. No está acostumbrada a permitir que los demás lleven las riendas. Puede ser una practicante de la “letanía de los niños”, esa que dice “Pero mis hijos necesitan tal cosa o tal otra, etc.” (12). No se da cuenta de que, sacrificando su necesidad de regreso, está enseñando a sus hijos a sacrificar sus necesidades cuando sean mayores.

Algunas mujeres temen que los que las rodean no comprendan su necesidad de regresar a casa. Y puede que no todo el mundo la comprenda. Pero la que tiene que comprenderla es la propia mujer. Cuando una mujer regresa a casa siguiendo sus propios ciclos, los que la rodean tienen que entregarse a la tarea de su propia individuación y a la resolución de sus propias cuestiones vitales. El regreso a casa de la mujer propicia el crecimiento y el desarrollo de los demás.

Entre las lobas no se dan estas sensaciones de división a propósito de la partida o la permanencia, pues trabajan, paren, descansan y vagabundean siguiendo unos ciclos. Forman parte de un grupo que comparte los trabajos y los cuidados cuando otros miembros de la manada se hallan ausentes. Es una buena manera de vivir. Es una manera de vivir que posee toda la integridad de lo femenino salvaje.

Vamos a dejar bien claro que el hecho de regresar a casa puede ser muchas cosas distintas para muchas mujeres distintas. Una pintora rumana amiga mía sabía que su abuela se encontraba en su fase de regreso a casa cuando sacaba una silla de madera al jardín de la parte de atrás y permanecía sentada contemplando el sol con los ojos abiertos. “Es una medicina muy buena para los ojos”, decía. Los demás se guardaban mucho de molestarla y, si no se guardaban, muy pronto se enteraban de lo que valía un peine. Es importante comprender que el regreso a casa no cuesta necesariamente dinero. Cuesta tiempo. Cuesta mucha fuerza de voluntad decir “Me voy” y decirlo en serio. Se puede volver la cabeza, tal como aconseja hacer mi querida amiga Jean y decir “Ahora me voy, pero volveré”, pero hay que hacerlo sin interrumpir el camino de regreso a casa.

Hay muchas maneras de regresar a casa; muchas son profanas y otras son divinas. Mis clientas me dicen que, para ellas, estas tareas mundanas son un regreso a casa, pero yo les advierto de que la situación exacta de la rendija que nos abre el camino de la vuelta a casa cambia según el momento, por lo que su localización de este mes puede ser distinta de la del anterior. Volver a leer pasajes de libros y poemas que nos han emocionado. Pasar unos cuantos minutos junto a la orilla de un río, una corriente o un arroyo. Tenderse en el suelo en medio de las sombras del crepúsculo. Estar en compañía de un ser amado sin la presencia de los niños. Sentarse en el porche quitándole la cáscara a algo, haciendo calceta, mondando algo. Caminar o conducir el automóvil en cualquier dirección y después regresar. Subir a un autobús con destino desconocido. Construir tambores mientras se escucha música. Saludar el amanecer. Desplazarse en coche hasta un lugar en el que las luces de la ciudad no borren el cielo nocturno. Rezar. Tener un amigo especial. Sentarse en el pretil de un puente con las piernas colgando. Sostener a un niño en brazos. Sentarse junto a la luna de un café y ponerse a escribir. Sentarse en el centro de un claro del bosque. Secarse el cabello al sol. Introducir las manos en un barril lleno de agua de lluvia. Plantar procurando ensuciarse las manos de barro. Contemplar la belleza, la gracia, la conmovedora fragilidad de los seres humanos.

Por consiguiente, no es necesario emprender un largo y arduo viaje para regresar a casa, aunque tampoco quisiera dar a entender que se trata de algo muy simple, pues el hecho de regresar a casa exige vencer una considerable resistencia tanto si es fácil como si es difícil.

Hay otra manera de comprender la razón de que las mujeres retrasen su regreso a casa, una razón mucho más misteriosa que consiste en la excesiva identificación de una mujer con el arquetipo de la sanadora. Un arquetipo es una enorme fuerza misteriosa e instructiva a la vez. Hacemos acopio de provisiones cuando estarnos cerca de él, tratamos de emularlo en cierto modo y mantenemos una relación equilibrada con él. Cada arquetipo tiene unas características determinadas que concuerdan con el nombre que asignamos a cada uno de ellos: la gran madre, el niño divino, el héroe solar, etc.

El arquetipo de la gran sanadora sugiere sabiduría, bondad, conocimiento, solicitud y todas las demás cualidades que se asocian con una sanadora. Por consiguiente, es bueno ser generosa, amable y servicial como el arquetipo de la gran sanadora. Pero sólo hasta cierto punto. Más allá de él ejerce una influencia entorpecedora en nuestras vidas. El impulso que experimentan las mujeres de “curarlo todo y arreglarlo todo” es una peligrosa trampa creada por las exigencias que nos impone nuestra cultura y que consisten sobre todo en las presiones que nos obligan a demostrar que no estamos ahí sin hacer nada como unos pasmarotes sino que poseemos un valor amortizable; podríamos decir incluso que en algunas partes se nos obliga a demostrar que valemos para algo y que, por consiguiente, tenernos derecho a vivir. Estas presiones se introducen en nuestra psique cuando somos muy jóvenes e incapaces de juzgar y oponer resistencia. Más tarde las presiones se convierten en ley, a no ser que las desafiemos o hasta que nos decidamos a hacerlo.

Pero los gritos del mundo que sufre no pueden ser atendidos constantemente por una sola persona. Sólo podemos responder a los que nos permiten regresar a casa con regularidad, de lo contrario, las luces de nuestro corazón se van apagando hasta quedar reducidas prácticamente a nada. A veces lo que el corazón desea socorrer no coincide con los recursos de que dispone el alma. Si una mujer valora su piel de foca, resolverá estas cuestiones según lo cerca que ella se encuentre de “casa” y la frecuencia con que haya estado allí.

Aunque los arquetipos ernanen de nosotras durante unos breves períodos de tiempo que se podrían calificar de experiencia numinosa, ninguna mujer puede irradiar constantemente un arquetipo. Sólo el arquetipo propiamente dicho puede servir en todo momento, entregarse por entero y mostrar una energía inagotable. Podemos intentar emular a los arquetipos, pero éstos son unos ideales inalcanzables para los seres humanos y no están destinados a hacerse realidad. Y, sin embargo, la trampa exige que las mujeres se agoten en un vano intento de alcanzar estos niveles irreales. Para evitar la trampa, hay que aprender a decir “Basta” y “Que pare la música”, pero a decirlo en serio.

Para empezar, una mujer tiene que alejarse, estar consigo misma y examinar de qué manera se quedó atrapada en un arquetipo (13). Tiene que recuperar y desarrollar el instinto de conservación salvaje que establece “sólo hasta aquí y no más, sólo esto y nada más”. Así es como la mujer conserva la orientación. Es preferible irse a casa durante algún tiempo aunque ello provoque el enfado de los demás, antes que quedarse y deteriorarse y tener que alejarse finalmente a rastras, cubierta de andrajos.

Por consiguiente, las mujeres que están cansadas y transitoriamente hartas del mundo, que temen tomarse un poco de tiempo libre o interrumpir sus actividades, ¡ya es hora de que despierten! Que cubran con una manta el gong que las llama para que colaboren constantemente en esto, aquello o lo de más allá. Ya retirarán la manta a la vuelta si así lo desean. Si no regresamos a casa cuando es el momento, perdemos la concentración. El hecho de encontrar de nuevo la piel, ponérnosla, ajustárnosla bien y regresar a casa nos ayuda a ser más eficaces en nuestra actuación a la vuelta. Hay un dicho según el cual “No se puede regresar casa”, pero es falso. Aunque no se puede regresar de nuevo a la matriz, sí se puede regresar al hogar. Y no sólo es posible sino que es un requisito imprescindible.

La liberación, la inmersión

¿Qué es el ansia de hogar? Es el instinto de volver, de ir al lugar recordado. Es la capacidad de encontrar tanto de día como de noche el propio hogar. Todas sabemos cómo regresar a casa. Por mucho tiempo que haya transcurrido, sabemos encontrar el camino. Caminamos de noche cruzando tierras extrañas y tribus desconocidas sin ningún mapa, preguntando a los viejos personajes que encontramos por el camino: “¿ Por dónde se va?”

La respuesta exacta a la pregunta “¿ Dónde está el hogar?” es más complicada, pero se trata en cierto modo de un lugar interior, de un lugar del tiempo más que del espacio, en el que una mujer se siente entera. El hogar está allí donde un pensamiento o un sentimiento se puede conservar sin que se interrumpa o nos sea arrebatado porque otra cosa exige nuestro tiempo y nuestra atención. A lo largo de los siglos las mujeres han encontrado miles de maneras de tenerlo y crearlo, aunque sus deberes y sus tareas fueran interminables.

Lo aprendí por primera vez en la comunidad de mi infancia, donde muchas piadosas mujeres se levantaban antes de las cinco de la madrugada y con sus largos vestidos oscuros atravesaban el gris amanecer para arrodillarse en la fría nave de la iglesia, con la visión periférica cortada por las babushkas que se echaban sobre la cabeza. Allí hundían el rostro en las enrojecidas manos y rezaban, le contaban a Dios sus cosas y se llenaban de paz, de fortaleza y de perspicacia. mucha, veces mi tía Katerin me llevaba consigo. Una vez le dije:

—Qué tranquilo se está aquí y qué bonito es.

Ella me guiñó el ojo y me hizo señas de que callara.

—No se lo digas a nadie; es un secreto muy importante.

Y así era en efecto, pues el camino hacia la iglesia al amanecer Y el oscuro interior del templo eran los dos lugares de aquella época en que estaba prohibido molestar a una mujer.

Es justo que las mujeres se esfuercen por salir, se liberen, tomen, hagan, conspiren y afirmen su derecho a regresar a casa. El hogar es un estado de ánimo continuado o una sensación que nos permite experimentar sentimientos no necesariamente manifestados en el mundo exterior asombro, visión, paz, liberación de las preocupaciones, de las exigencias, de los constantes parloteos. Todos estos tesoros del hogar se tienen que almacenar en la psique para su posterior utilización en el inundo de arriba.

Aunque hay muchos lugares físicos a los que una puede ir para “sentir” su regreso a este hogar especial, el lugar físico propiamente dicho no es el hogar; es tan sólo el vehículo que mece al ego para que se duerma mientras recorremos el resto del camino solas. Los vehículos que utilizan las mujeres para regresar a casa son muchos: la música, el arte, el bosque, la espuma del mar, el amanecer, la soledad. Todos ellos nos conducen al nutritivo mundo interior del hogar que posee sus propias ideas, su orden y su sustento.

El hogar es la prístina vida instintiva que funciona tan suavemente como un eje que se desliza sobre su engrasado cojinete, donde todos los ruidos suenan bien, la luz es agradable y los olores nos tranquilizan en lugar de alarmarnos. La manera en que una pase el tiempo a la vuelta no tiene importancia. Lo esencial es cualquier cosa que revitalice el equilibrio. Eso es el hogar.

Allí no sólo hay tiempo para meditar sino también para aprender y descubrir lo olvidado, lo abandonado y lo enterrado. Allí podemos imaginar el futuro y examinar también los mapas de las cicatrices de la psique, averiguar sus causas y adónde iremos a continuación. Tal como escribe Adrienne Rich a propósito de la recuperación del Yo en su evocador poema “La inmersión en los restos del naufragio”: (14)

Hay una escalera de mano.

La escalera de mano siempre está ahí

colgando inocentemente

cerca del costado de la goleta…

Desciendo…

Vine para explorar el naufragio…

Vine para ver los daños que ha habido

y los tesoros que se han conservado…

Lo más importante que puedo decir acerca del momento más oportuno de este ciclo del regreso al hogar es lo siguiente: Cuando es la hora, es la hora. Aunque la mujer no esté preparada, aunque las cosas no estén hechas, aunque hoy tenga que llegar el barco. Cuando es la hora es la hora. La mujer foca regresa al mar, no porque le apetece, no porque hoy es un buen día para ir, no porque su vida está limpia y ordenada; no existe ningún momento limpio y ordenado para nadie. Se va porque es la hora y, por consiguiente, se tiene que ir.

Todas tenemos nuestros métodos preferidos para convencernos de la necesidad de buscar el momento para regresar a casa; sin embargo, cuando recuperamos nuestros ciclos instintivos y salvajes, tenemos la obligación psíquica de ordenar nuestra vida de tal forma que podamos vivirla cada vez más de acuerdo con ellos. Las discusiones a propósito del acierto o el desacierto de la despedida para poder regresar a casa carecen de sentido. La simple verdad es que cuando es la hora, es la hora (15).

Algunas mujeres nunca regresan a casa y siguen viviendo su vida en la zona zombi. Lo más cruel de su estado exánime es que la mujer actúa, camina, habla, se comporta e incluso hace un montón de cosas, pero ya no percibe los efectos de lo que ha fallado. Si los percibiera, su dolor la obligaría a solventar el fallo.

Pero no, la mujer que se encuentra en semejante estado sigue avanzando medio ciego con los brazos extendidos para defenderse de la angustiosa pérdida del hogar. Tal como dicen en las Bahamas: “Se ha vuelto sparat“, es decir, su alma se ha ido sin ella y la ha dejado debilitada, haga lo que haga.

En este estado las mujeres experimentan la extraña sensación de hacer muchas cosas que no les producen la menor satisfacción. Hacen lo que creen que deseaban hacer, pero el tesoro que sostenían en sus manos se ha trocado en cierto modo en polvo. Es bueno que una mujer en semejante estado tenga esta percepción. El descontento es la puerta secreta que permite acceder a un cambio significativo y propiciador de vida.

Las mujeres con quienes yo he trabajado y que llevan veinte anos o más lejos de casa siempre rompen a llorar cuando vuelven a poner por primera vez los pies en ese terreno psíquico. Por distintas razones que en su momento parecían buenas, se habían pasado muchos años aceptando un exilio permanente de su patria y habían olvidado lo inmensamente beneficioso que es el hecho de que la lluvia caiga sobre la tierra seca.

Para algunas, el hogar es el inicio de una actividad. Algunas vuelven a cantar tras haberse pasado varios años sin encontrar ninguna razón para hacerlo. Se entregan al aprendizaje de algo que llevaban mucho tiempo deseando aprender. Buscan a personas y cosas perdidas de sus vidas. Recuperan la voz y escriben. Descansan. Hacen suyo un rincón del mundo. Toman grandes o extremas decisiones. Hacen algo que deja huella.

Para algunas mujeres el hogar es un bosque, un desierto, un mar. En realidad, el hogar es holográfico. Se desarrolla en toda su plenitud incluso en un solo árbol, un solo cacto del escaparate de una tienda, un estanque de serenas aguas. Se desarrolla también en toda su potencia en una amarilla hoja caída sobre el asfalto, una roja maceta de arcilla que espera la plantación de una raíz o una gota de agua sobre su tierra. Cuando una mujer se concentra con los ojos del alma, ve el hogar en muchísimos lugares.

¿Durante cuánto tiempo puede permanecer una mujer en su casa?

Hasta que pueda o hasta que sienta la necesidad de regresar de allí. ¿Con cuánta frecuencia necesita hacerlo? Con mucha más frecuencia si la mujer es “sensible” y desarrolla una gran actividad en el mundo exterior. Con menos frecuencia si tiene una piel muy dura y no transcurre tanto tiempo “allí afuera”. Cada mujer sabe en su fuero interno con cuánta frecuencia y durante cuánto tiempo lo necesita. Es cuestión de valorar el brillo de nuestros propios ojos, la resonancia de nuestro estado de ánimo, la vitalidad de nuestros sentidos.

¿Cómo equilibrarnos la necesidad de regresar a casa con nuestra existencia cotidiana? Planificando de antemano el hogar en nuestra vida. Siempre es un motivo de asombro la facilidad con que las mujeres “sacan el tiempo de donde sea” cuando surge una enfermedad, cuando el niño las necesita, cuando el coche sufre una avería, cuando les duele una muela. Hay que atribuir el mismo valor al regreso a casa y, en caso necesario, incluso se le tiene que otorgar el carácter de crisis, pues está demostrado que, si una mujer no se va cuando es la hora de irse, la fina grieta de su alma/psique se convierte en un barranco y el barranco se convierte en un impresionante abismo.

Si la mujer valora al máximo sus ciclos de regreso a casa, aquellos que la rodean también aprenderán a valorarlos. Pero no cabe duda de que también se puede disfrutar del “hogar”, reservando un poco de tiempo de nuestra rutina cotidiana, un tiempo que tiene que ser sagrado Y estar dedicado exclusivamente a nuestra propia persona. La frase “dedicado exclusivamente a nuestra propia persona” puede significar cosas distintas para distintas mujeres. Para algunas el hecho de encerrarse en una habitación, pero estar disponible para los demás puede sor un estupendo regreso a casa. Otras, en cambio, necesitan que no se produzca la más mínima interrupción cuando se sumergen en el hogar. Nada de: “Mami, mami, ¿dónde están mis zapatos?” Nada de: “Cariño, ¿necesitamos algo de la tienda?”

Para una mujer de este tipo la entrada a su hogar profundo es el silencio. No me molestes. El Silencio Absoluto, con S y A mayúsculas. Para ella, el aullido del viento entre los árboles es el silencio. Para ella, un trueno es el silencio. El orden propio de la naturaleza que no pide nada a cambio es el silencio que da la vida. Cada mujer elige lo que puede y lo que debe.

Cualquiera que sea el período de tiempo que permanezcamos en nuestro hogar, tanto si es una hora como si son varios días, recuerda que otras personas pueden cuidar de tus gatos aunque tus gatos digan que sólo tú lo sabes hacer bien. Tu perro intentará hacerte creer que estás abandonando a un niño en la carretera, pero te perdonará, La hierba se marchitará un poco, pero reverdecerá. Tú y tu hijo os echaréis mutuamente de menos, pero os alegraréis de veros a tu regreso. Puede que tu pareja refunfuñe. Lo superará. Puede que tu jefe te amenace. También lo superará. Permanecer demasiado tiempo lejos de casa es una locura. Regresar a casa es la cordura.

Cuando la cultura, la sociedad o la psique no soportan este ciclo del regreso a casa, muchas mujeres aprenden a saltar la verja o a pasar por debajo de la valla. Adquieren una enfermedad crónica y roban el tiempo de lectura en la cama. Esbozan una sonrisa toda dientes como si todo marchara sobre ruedas e inician una sutil labor de aplazamiento mientras dura la situación.

Cuando el ciclo del regreso a casa de las mujeres sufre algún trastorno, muchas creen que, para poder sentirse libres de marcharse y satisfacer sus necesidades psíquicas, tienen que pelearse con su jefe, con sus hijos, con sus padres o con su pareja. Y entonces se produce el estallido y la mujer dice: “Bueno pues, me voy. Como eres tan… (llena tú misma el espacio en blanco) y está claro que no te importa… (llena tú misma el espacio en blanco), me voy y sanseacabó.” Sube al coche y en medio del rugido del motor y de una polvareda de grava, se larga sin más.

Cuando una mujer tiene que luchar por lo que en justicia le corresponde, siente que su deseo de regresar a casa está absolutamente justificado. Es interesante observar que, en caso necesario, los lobos luchan para conseguir lo que quieren, tanto si se trata de comida comO si se trata de sueño, sexo o tranquilidad. Podría parecer que la lucha por conseguir lo que uno quiere es la adecuada reacción instintiva cuando la persona tropieza con obstáculos. Sin embargo, en el caso de muchas mujeres la lucha se tiene que combatir también, o exclusivamente, en su interior contra todo el complejo interno que niega su necesidad. Por otra parte, el hecho de haber estado en casa y haber regresado de allí permite que una mujer pueda rechazar con más eficacia una cultura agresiva.

En caso de que la mujer tenga que librar una batalla cada vez que se va, quizá le convenga sopesar cuidadosamente sus relaciones con los que la rodean, tratando de hacerles comprender a los suyos que será mejor y distinta cuando regrese, que no les abandona sino que está aprendiendo de nuevo a ser ella misma y a regresar a su verdadera vida. En caso de que sea una artista, conviene que se rodee de personas que comprendan su necesidad de regresar a casa con más frecuencia que la mayoría de la gente, pues cabe la posibilidad de que necesite minar el terreno psíquico de su hogar más a menudo que otras mujeres para poder aprender los ciclos de la creación. Por consiguiente, hay que ser breve, pero inflexible. Mi amiga Normandi, una excelente escritora, dice que lo ha practicado y que, al final, lo ha reducido a un simple: “Me voy.” Son las mejores palabras que hay. Pronúncialas. Y vete.

La magnitud del tiempo útil y/o necesario que se tiene que pasar en casa varía de mujer a mujer. La mayoría de nosotras no puede permanecer ausente todo el tiempo que quisiera y, por consiguiente, aprovecha el tiempo que puede. De vez en cuando, permanecemos ausentes todo el tiempo que necesitamos. Otras veces permanecemos ausentes hasta que empezamos a echar de menos lo que hemos dejado. A veces nos sumergimos y afloramos de nuevo a la superficie a rachas. Casi todas las mujeres que regresan a sus ciclos naturales procuran establecer un equilibrio entre las circunstancias y las necesidades. Pero de lo que no cabe duda es de que conviene tener una maletita a punto junto a la puerta. Por si acaso.

La mujer medial: La respiración bajo el agua

https://i0.wp.com/hy3jha.bay.livefilestore.com/y1pJyUtujcJVsFGBz4JU8bpyqPl4D3D2LEXFeG9cNiMwfeug1n0-tuqd5iH4YTdys0H4YtBniZUkl8/200807247foca_g.jpg

En el cuento se llega a un curioso compromiso. En lugar de dejar al niño o de llevarse al niño consigo para siempre, la mujer foca se lleva al niño para que visite a los que viven “debajo”. Al niño se le reconoce la condición de miembro del clan de la foca a través de la sangre de su madre. Y allí, en el hogar subacuático, el niño es instruido en la naturaleza del alma salvaje.

El niño representa el nuevo orden de la psique. Su madre foca ha infundido en sus pulmones parte de su aliento, parte de su clase especial de vivificación, transformándolo, según la terminología psicológica, en un ser medial (16), capaz de tender un puente entre ambos mundo,. Sin embargo, aunque haya sido iniciado en la naturaleza del mundo subterráneo, este niño no se puede quedar allí sino que tiene que regresar a la tierra. De ahí que, en adelante, desempeñe un papel especial. El que no se ha sumergido y ha regresado a la superficie no es enteramente ego ni enteramente alma sino algo intermedio.

Existe en el núcleo esencial de las mujeres lo que Toni Wolffe, un analista junguiano que vivió en la primera mitad del siglo XX, llamó “la mujer medial”. La mujer medial está situada entre los mundos de la realidad consensual y del inconciente místico y actúa de mediadora entre ambos. La mujer medial es la transmisora y receptora de dos o más series de valores e ideas. Es la que da vida a nuevas ideas, cambia las ideas antiguas por las innovadoras, se traslada desde el mundo de lo racional al mundo de la imaginación. “Oye” cosas, “sabe” cosas e “intuye” lo que va a ocurrir a continuación.

El punto intermedio entre los mundos de la razón y de la imagen, entre la sensación y el pensamiento, entre la materia y el espíritu, entre todos los contrarios y todos los matices de significado que se puedan imaginar, es el hogar de la mujer medial. La mujer foca del cuento es una emanación del alma. Puede vivir en todos los mundos, en el mundo de arriba de la materia y en el mundo lejano o mundo subterráneo que es su hogar espiritual, pero no puede permanecer demasiado tiempo en la tierra. Ella y el pescador, el ego de la psique, crean un hijo que también puede vivir en ambos mundos, pero no puede permanecer demasiado tiempo en el hogar del alma.

La mujer foca y el niño forman en la psique femenina un sistema que es más bien un equipo de emergencia. La mujer foca, el yo del alma, transmite pensamientos, ideas, sentimientos e impulsos desde el agua al yo medial, que a su vez sube todas estas cosas a la tierra y a la conciencia del mundo exterior. El sistema funciona también en sentido contrario. Los acontecimientos de nuestra vida cotidiana, nuestros pasados traumas y alegrías, nuestros temores y esperanzas para el futuro se transmiten al alma, la cual hace comentarios acerca de ellos durante nuestros sueños nocturnos, transmite sus sentimientos a través de nuestro cuerpo o nos traspasa con un instante de inspiración en cuyo extremo va prendida una idea.

La Mujer Salvaje es una combinación de sentido común y sentido del alma. La mujer medial es su doble y es también capaz de experimentar ambas cosas. Como el niño del cuento, la mujer medial pertenece a este mundo pero puede viajar sin dificultad hasta las honduras de la psique. Algunas mujeres tienen este don innato. Otras lo adquieren. No importa la forma en que una mujer lo consiga, pero uno de los efectos del regreso habitual a casa es el fortalecimiento de la mujer medial de la psique cada vez que una mujer va y viene.

La salida a la superficie

El prodigio y el dolor del regreso al lugar del hogar salvaje estriba en que podemos visitarlo, pero no podemos quedarnos en él. Por muy maravilloso que sea el hogar más profundo que imaginar se pueda, no podemos permanecer para siempre bajo el agua sino que tenemos que salir de nuevo a la superficie. Como Ooruk, que es cuidadosamente depositado en la pedregosa orilla, regresamos a nuestras vidas del mundo exterior rebosantes de nuevo vigor. Aun así, el momento en que nos depositan en la orilla y volvemos a quedarnos solas resulta un poco triste. En los antiguos ritos místicos, los iniciados que regresaban al mundo exterior también experimentaban una sensación agridulce. Se alegraban y se sentían vigorizados, pero al principio experimentaban cierta nostalgia.

El remedio para esta tristeza nos lo da la mujer foca cuando le dice a su hijo: “Yo siempre estoy contigo. Toca lo que yo he tocado, los palillos de encender el fuego, mi ulu, mi cuchillo, mis piedras labradas en figuras de nutrias y focas, y yo infundiré en tus pulmones un aliento para que puedas cantar tus canciones.” (17) Sus palabras encierran una clase especial de promesa salvaje. Dan a entender que no debemos dedicar demasiado tiempo al inmediato anhelo de regresar. Tenemos que procurar, por el contrario, comprender estas herramientas e interactuar con ellas para percibir su presencia como si fuéramos la piel de un tambor golpeada por una mano salvaje.

Los inuit dicen que estas herramientas pertenecen a “una mujer de verdad”. Son lo que necesita una mujer para “labrarse su propia vida”. Su cuchillo corta, viste, libera, dibuja, hace que los materiales encajen. Su conocimiento de los palillos para encender el fuego le permite encender el fuego en las más adversas condiciones. Sus piedras labradas expresan su sabiduría mística, su repertorio curativo y su unión personal con el mundo del espíritu.

Utilizando la terminología psicológica, estas metáforas tipifican las fuerzas comunes a la naturaleza salvaje. En la psicología junguiana clásica, algunos podrían denominar este tándem el eje del ego—yo. En el argot de los cuentos de hadas el cuchillo es, entre otras cosas, una herramienta visionaria destinada a cortar la oscuridad y ver las cosas Ocultas. Las herramientas para encender el fuego representan la capacidad de crear el propio alimento, de transformar la propia vida en una vida nueva, de repeler el negativismo inútil. Se pueden considerar la representación de un impulso innato que refuerza los materiales básicos de la psique. Tradicionalmente, los fetiches y talismanes ayudan a la heroína y al héroe de los cuentos de hadas a recordar la cercanía de las fuerzas del mundo espiritual.

Para una mujer moderna, el ulu, es decir, el cuchillo, simboliza la perspicacia, la disposición y la capacidad de alejarse de lo superfluo, de imponerse unos objetivos claros y de labrarse unos nuevos principios. La capacidad de encender el fuego representa su capacidad de levantarse después de un fracaso, de crear pasión en su propio nombre y de quemar algo hasta dejarlo reducido a cenizas en caso necesario. Las piedras labradas encarnan el recuerdo de su propia conciencia salvaje y su unión con la vida instintiva natural.

Como el hijo de la mujer foca, aprendemos que el hecho de acercarnos a las creaciones de la madre del alma es llenarnos de ella. Aunque la madre haya regresado junto a su pueblo, podemos percibir toda su fuerza mediante las capacidades femeninas de la perspicacia, la pasión y la unión con la naturaleza salvaje. Su promesa es la de que si establecemos contacto con las herramientas de su fuerza psíquica, percibiremos su neuma; su aliento entrará en nuestro aliento y nos sentiremos llenas de un aire sagrado que nos permitirá cantar. Los inuit dicen que cuando se mezclan el aliento de un dios y el aliento de un ser humano, la persona crea una poesía profunda y sagrada (18).

Y esta sagrada poesía y estos cantos son lo que nosotras buscamos. Queremos pronunciar palabras poderosas y entonar cantos poderosos que se puedan oír en tierra y bajo el agua. Lo que nosotras buscamos es el canto salvaje, la posibilidad de utilizar el lenguaje salvaje que nos estamos aprendiendo de memoria bajo la superficie del mar. Cuando una mujer dice su verdad, cuando enciende su intención y su sentimiento y permanece en estrecho contacto con la naturaleza salvaje, canta y vive en el río del aliento salvaje del alma. El hecho de vivir de esta manera ya es un ciclo de por sí, un ciclo que debe prolongarse.

Por eso mismo Ooruk no intenta zambullirse de nuevo en el agua ni suplica ir con su madre cuando ésta se aleja a nado en el mar y se pierde de vista. Por eso se queda en tierra. Pero cuenta con la promesa. Cuando regresamos al ensordecedor ruido del mundo, sobre todo si hemos permanecido en cierto modo aisladas durante nuestro viaje a casa, las personas, las máquinas e incluso las conversaciones de los que nos rodean nos sonarán un poco raras. Esta fase del regreso se denomina “reentrada” y es algo natural. La sensación de encontrarnos en un mundo desconocido se disipa al cabo de unas horas o unos días. Después podremos pasarnos un buen período de tiempo en nuestra vida del mundo exterior, impulsadas por la energía que hemos recibido durante nuestra visita al hogar, y podremos practicar la unión provisional con el alma por medio de la soledad.

En el cuento, el hijo de la mujer foca empieza a utilizar su naturaleza medial. Se convierte en un tambor, un cantor, un narrador de cuentos. En la interpretación del cuento de hadas, el personaje que toca el tambor se convierte en el centro de cualquier cosa que la nueva vida o el nuevo sentimiento necesite para levantarse y reverberar. El tambor puede ahuyentar cosas y evocarlas. El cantor transmite mensajes entre la gran alma y el yo del mundo exterior. Por su naturaleza Y su tono de voz puede desarmar, destruir, construir y crear. Dicen que el narrador de cuentos se ha acercado sigilosamente a los dioses y los ha oído hablar en sueños (19).

Por consiguiente, a través de todos estos actos creativos, el niño vive lo que la mujer foca le ha infundido con su aliento. El niño vive lo que ha aprendido bajo el agua, la vida de relación con el alma salvaje. Entonces nos sentimos rebosantes de redobles de tambor, de cantos, de cosas escuchadas y de nuestras propias palabras; de nuevos poemas, nuevas maneras de ver y nuevas maneras de actuar y de pensar. En lugar de procurar que “la magia se prolongue”, nos limitamos simplemente a vivir. En lugar de oponer resistencia o atemorizarnos ante la tarea que hemos elegido, penetramos suavemente en ella; vivas, llenas de nuevos conocimientos y ansiosas de ver lo que ocurrirá a continuación. A fin de cuentas, la persona que ha regresado a casa ha sobrevivido a la experiencia de ser llevada al mar por los espíritus de la gran foca.

La práctica de la soledad deliberada

En medio de las grises brumas del amanecer, el niño ya crecido se arrodilla en una roca marina y mantiene una conversación nada menos que con la mujer foca. Esta deliberada práctica cotidiana de la soledad y de la comunicación le permite permanecer decisivamente cerca de casa no sólo sumergiéndose hasta el lugar del alma durante períodos de tiempo más prolongados sino también y sobre todo llamando al alma al mundo de arriba durante breves períodos.

Para poder conversar con lo femenino salvaje una mujer tiene que abandonar transitoriamente el mundo y sumirse en un estado de soledad en el sentido más antiguo de la palabra. Hace tiempo, el adjetivo inglés alone (solo), equivalía a dos palabras: all one (20), es decir, “todo uno”. Ser todo uno significaba ser una unidad total, una unicidad, tanto con carácter esencial como transitorio. Éste es precisamente el objetivo de la soledad, ser totalmente uno mismo. Es la mejor cura para el estado de extremo cansancio tan habitual en las mujeres modernas, el que las induce a “saltar a la grupa de su caballo y lanzarse al galope en todas direcciones “.

La soledad no es ausencia de energía o acción tal como algunos creen, sino una abundancia de provisiones salvajes que el alma nos transmite. En tiempos antiguos, tal como sabemos a través de los escritos de los médicos—sanadores religiosos y místicos, la soledad deliberada era no sólo paliativa sino también preventiva. Se utilizaba para curar la fatiga y prevenir el cansancio. También se usaba como oráculo como medio para escuchar el yo interior y pedirle unos consejos y una guía imposibles de escuchar en medio del estruendo de la vida cotidiana.

Las mujeres de la antigüedad y las modernas aborígenes solían crear un lugar sagrado para esta clase de comunión y búsqueda. Dicen que tradicionalmente se establecía durante el período menstrual de las mujeres, pues en estos días una mujer vive mucho más cerca de su propio conocimiento que de costumbre; el espesor de la membrana que separa la mente inconciente de la conciente se reduce considerablemente. Los sentimientos, los recuerdos, las sensaciones que normalmente están bloqueados penetran en la conciencia sin ninguna dificultad. Si una mujer se adentra en la soledad en este período, tiene más material para examinar.

No obstante, en mis intercambios con las mujeres de las tribus de Norte, Centro y Sudamérica así como con las de algunas tribus eslavas, descubro que los “lugares femeninos” se utilizaban en cualquier momento y no sólo durante la menstruación; más aún, cada mujer disponía de su propio “lugar femenino”, el cual consistía a menudo en un determinado árbol o punto de la orilla del río o en algún espacio de un bosque o un desierto natural o una gruta marina.

Mi experiencia en el análisis de las mujeres me lleva a pensar que buena parte de los trastornos premenstruales de las mujeres modernas no es sólo un síndrome físico sino también una consecuencia de su necesidad insatisfecha de dedicar el tiempo suficiente a revitalizarse y renovarse (21).

Siempre me río cuando alguien menciona a los primeros antropólogos, según los cuales en muchas tribus las mujeres que menstruaban se consideraban “impuras” y eran obligadas a alejarse del poblado hasta que “terminaban”. Todas las mujeres saben que, aunque hubiera un forzoso exilio ritual de este tipo, cada una de ellas sin excepción, al llegar este momento, abandonaba la aldea con la cabeza tristemente inclinada, por lo menos hasta que se perdía de vista, y después rompía repentinamente a bailar y se pasaba el resto del camino muerta de risa.

Como en el cuento, si practicamos habitualmente la soledad deliberada, favorecemos nuestra conversación con el alma salvaje que se acerca a nuestra orilla. Y lo hacemos no sólo para “estar cerca” de la naturaleza salvaje del alma sino también, como en la mística tradición de tiempos inmemoriales, para hacer preguntas y para que el alma nos aconseje.

¿Cómo se evoca el alma? Hay muchas maneras: por medio de la meditación o con los ritmos de la carrera, el tambor, el canto, la escritura, la composición musical, las visiones hermosas, la plegaria, la contemplación, el rito y los rituales, el silencio e incluso los estados de ánimo y las ideas que nos fascinan. Todas estas cosas son llamadas psíquicas que hacen salir el alma de su morada.

No obstante, yo soy partidaria de los métodos que no requieren ningún accesorio y que se pueden poner en práctica tanto en un minuto como en un día entero. Lo cual exige la utilización de la mente para evocar el yo del alma. Todo el mundo está familiarizado por lo menos con un estado mental en el que puede alcanzar esta clase de soledad. En mi caso, la soledad es algo así como un bosque plegable que llevo conmigo dondequiera que voy y que extiendo a mi alrededor cuando lo necesito. Allí me siento bajo los viejos y grandes árboles de mi infancia. Desde esta posición estratégica hago mis preguntas, recibo las respuestas y después reduzco de nuevo mi bosque al tamaño de un billetito amoroso hasta la próxima vez. La experiencia es inmediata, breve e informativa.

En realidad, lo único que hace falta para alcanzar una soledad deliberada es la capacidad para desconectarse de las distracciones. Una mujer puede aprender a aislarse de otras personas, ruidos y conversaciones, aunque se encuentre en medio de las discusiones de un consejo de administración, aunque la persiga la idea de que tiene que limpiar una casa que está patas arriba, aunque esté rodeada de ochenta locuaces parientes que se pasan tres días peleándose, cantando y bailando en un velatorio. Cualquier persona que conozca lo que es la adolescencia sabe muy bien cómo desconectar. Si ha sido usted madre de un niño insomne de dos años sabe muy bien cómo alcanzar la soledad deliberada. No es difícil de hacer. Lo que cuesta es acordarse de hacerlo.

Aunque probablemente todas preferiríamos visitar nuestro hogar de una manera más prolongada, marcharnos sin que nadie supiera dónde estamos y regresar mucho después, también es útil practicar la soledad en una sala ocupada por mil personas. Puede resultar raro al principio, pero lo cierto es que las personas conversan constantemente con el alma. Sin embargo, en lugar de entrar en este estado de una forma conciente, muchas caen en él de golpe a través de un ensueño o “estallan” de repente y se “encuentran” en él sin más.

Pero, puesto que normalmente se considera una circunstancia desafortunada, hemos aprendido a camuflar este intervalo de comunicación espiritual designándolo con términos mundanos tales como “hablar con una misma”, estar “perdida en los propios pensamientos”, tener “la mirada perdida en la distancia” o “pensar en las musarañas”. Muchos segmentos de nuestra cultura nos inculcan este lenguaje eufemístico, pues por desgracia ya en la infancia se nos enseña a avergonzarnos si nos sorprenden conversando con el alma, sobre todo, en ambientes tan pedestres como el lugar de trabajo o la escuela.

En cierto modo, el mundo educativo y empresarial considera que el tiempo que una persona pasa siendo “ella misma” es improductivo cuando, en realidad, es el más fecundo. El alma salvaje canaliza las ideas hacia nuestra imaginación, donde nosotras las clasificamos para decidir cuáles de ellas pondremos en práctica y cuáles son más aplicables y fructíferas. La unión con el alma nos hace brillar de resplandor espiritual y nos induce a afirmar nuestras cualidades cualesquiera que éstas sean. Esta breve e incluso momentánea unión deliberada nos ayuda a vivir nuestras vidas interiores de tal forma que, en lugar de enterrarlas en el autotrastocamiento de la vergüenza, el temor a la represalia o al ataque, el letargo, la complacencia u otras reflexiones y excusas limitadoras, dejemos que nuestras vidas interiores se agiten, se enciendan y ardan en el exterior para que todo el mundo las vea.

Por consiguiente, aparte del hecho de adquirir información acerca de cualquier cosa que deseemos examinar, la soledad nos puede servir para evaluar qué tal lo estamos haciendo en cualquier esfera que elijamos. En una fase más temprana del cuento vimos que el niño permanecía siete días y noches bajo el mar, lo cual constituye un aprendizaje de uno de los ciclos más antiguos de la naturaleza. El siete se considera a menudo un número femenino, un número místico que representa la división del ciclo lunar en cuatro fases equivalentes al ciclo menstrual. El cuarto creciente, la luna llena, el cuarto menguante y la luna nueva. En las antiguas tradiciones étnicas femeninas, en la fase de la luna llena se tenía que analizar la propia situación: el estado de las amistades, de la vida hogareña, del compañero y de los hijos.

Nosotras también podemos hacerlo durante nuestra fase de soledad, pues es entonces cuando reunimos todos los aspectos del yo en un momento determinado, los sondeamos y les preguntamos, para descubrir qué desean ellos/nosotros/el alma en aquel momento y, a ser posible, buscarlo. De esta manera tanteamos nuestra situación presente. Hay muchos aspectos de nuestra vida que tenemos que evaluar con carácter continuado: el hábitat, el trabajo, la vida creativa, la familia, la pareja, los hijos, el padre/la madre, la sexualidad, la vida espiritual, etc.

La medida utilizada en la valoración es muy sencilla: ¿qué es lo que necesita más? Y: ¿qué es lo que necesita menos? Preguntarnos desde el yo instintivo, no con una lógica formal, no a la manera del ego sino a la manera de la Mujer Salvaje, qué trabajo, ajustes, flexibilizaciones o acentuaciones se tienen que hacer. ¿Seguimos todavía el rumbo que debemos seguir en espíritu y en alma? ¿Se nos nota por fuera vida interior? ¿Qué tenemos que entablillar, proteger, lastrar o aligerar? ¿Qué tenemos que desechar, mover o cambiar?

Tras un período de práctica, el efecto acumulativo de la soledad deliberada empieza a actuar como un sistema respiratorio de vital importancia, un ritmo natural de adición de conocimientos, introducción de pequeños ajustes y repetida eliminación de lo que ya no sirve. Se trata de algo no sólo poderoso sino también pragmático, pues la soledad ocupa un lugar muy bajo en la cadena alimenticia; aunque la intención y el seguimiento cuestan un poco, es algo que se puede hacer en cualquier lugar y momento. Con el tiempo y con la práctica, empezarás a formular espontáneamente preguntas al alma. Algunas veces sólo tendrás una pregunta. Otras veces no tendrás ninguna y sólo querrás descansar en la roca cerca del alma y respirar con ella.

La ecología innata de las mujeres

https://i1.wp.com/estaticos01.cache.el-mundo.net/albumes/2006/03/26/caza_focas/fd459cc0c70fb17dbd7a08fa30aa9d31_extras_albumes_0.jpg

En el cuento se dice que muchos intentan cazar el alma para capturarla y matarla, pero ningún cazador puede hacerlo. Es una referencia más de los cuentos de hadas al carácter indestructible del alma salvaje. Aunque hayamos trabajado, mantenido relaciones sexuales, descansado o jugado fuera del ciclo, nuestro comportamiento no mata a la Mujer Salvaje, sólo sirve para agotarnos. Pero el lado positivo es que podemos hacer las necesarias correcciones y regresar de nuevo a nuestros ciclos naturales. Por medio del amor y el cuidado de nuestras estaciones naturales evitamos que nuestra vida se deje arrastrar por el ritmo, la danza, el hambre de otra persona. Por medio de la ratificación de nuestros ciclos claramente diferenciados del sexo, la creación, el descanso, el juego y el trabajo, aprendemos de nuevo a definir y distinguir nuestros sentidos y nuestras estaciones salvajes.

Sabemos que no podemos vivir una vida confiscada. Sabemos que hay un momento en que las cosas de los hombres y de la gente y las cosas del mundo se tienen que abandonar durante algún tiempo. Hemos aprendido que somos como los anfibios: podemos vivir en tierra, pero no siempre y no sin efectuar viajes al agua y a nuestro hogar. Las culturas excesivamente civilizadas y excesivamente opresivas tratan de impedir que la mujer regrese a casa. Con demasiada frecuencia se la disuade de que se acerque al agua hasta que se queda en los puros huesos y más pálida que la cera.

Pero, cuando se produce la llamada para que se tome un largo permiso Para regresar a casa, una parte de ella siempre la escucha, pues la estaba esperando. Cuando se produce la llamada para la vuelta a casa, ella la sigue, pues se ha estado preparando en secreto y no tan en secreto para seguirla. Ella y todos sus aliados de la psique interior recuperarán la capacidad de regresar. Este proceso de capacitación no se aplica simplemente a una mujer de aquí y una mujer de allá sin, a todas nosotras. Todas estamos atadas a los compromisos de la tierra. Pero el viejo del mar nos llama a todas. Y todas tenemos que regresar.

Ninguno de estos medios de regresar a casa depende de la situación económica, la posición social, la educación o la movilidad física. Aunque sólo veamos una hoja de hierba, aunque sólo podamos contemplar veinticinco centímetros cuadrados de cielo, aunque sólo asome una escuálida brizna de mala hierba a través de una grieta de la acera, podemos ver nuestros ciclos de la naturaleza y con la naturaleza. Todas podemos alejarnos a nado en el mar. Todas podemos entrar en contacto con la foca de la roca. Todas las mujeres tienen que vivir esta unión: las madres con los hijos, las mujeres con sus enamorados, las solteras, las mujeres que trabajan, las que están deprimidas, las que ocupan lugares destacados en el mundo, las introvertidas, las extrovertidas, las que tienen responsabilidades de tamaño industrial.

Jung dijo: “Sería mucho más fácil reconocer nuestra pobreza espiritual… Cuando el espíritu pesa, se dirige hacia el agua… Por consiguiente, el camino del alma… conduce al agua.” (22). El regreso a casa y los intervalos de conversación con la foca de la roca del mar son nuestros actos de innata ecología integral, pues todos son un regreso al agua, una reunión con el amigo salvaje, el que nos ama por encima de todos los demás incansablemente, sin la menor reserva y con inmensa paciencia. Basta con que contemplemos y aprendamos de esos ojos rebosantes de alma que son “salvajes, sabios y afectuosos”.

Notas:

1. El tema central de este cuento, el hallazgo del amor y el hogar, y el enfrentamiento con la naturaleza de la muerte es uno de los muchos que están presentes en todo el mundo. (Los países fríos de todo el mundo también tienen en común el dicho “tener que romper las palabras congeladas en los labios del que habla y derretirlas junto al fuego para comprender lo que ha dicho”.)

2. También se dice en muchos grupos étnicos que el alma no se encarna en el cuerpo ni alumbra el espíritu hasta tener la certeza de que el cuerpo en el que va a habitar está prosperando efectivamente. En nuestras más antiguas tradiciones, por esta razón a un niño no se le suele imponer el nombre hasta pasados siete días del nacimiento o dos ciclos lunares o bien al cabo de un período de tiempo todavía más largo para demostrar con ello que la carne es lo bastante fuerte para recibir el alma que a su vez alumbrará el espíritu. Además, muchos sostienen la sensata idea de que a un niño no se le debería pegar jamás, pues tal cosa aleja el espíritu de su cuerpo y el hecho de recuperarlo y volver a colocarlo en el hogar que le corresponde es un proceso muy arduo y prolongado.

3. El vocablo “iniciación” procede del verbo latino initiare. Una iniciada es una mujer que está iniciando un nuevo camino, que está siendo instruida. Una iniciadora es una persona entregada a la difícil tarea de explicar lo que sabe acerca del camino, que indica la “manera” y guía a la iniciada para que pueda afrontar los retos y aumentar su poder.

4. En las iniciaciones defectuosas, la iniciadora sólo busca a veces los fallos de la iniciada y olvida o pasa por alto el setenta por ciento restante del proceso de la iniciación: el fortalecimiento de los dones y las cualidades de la mujer. A menudo la iniciadora crea dificultades sin prestar ningún apoyo, provoca situaciones de peligro y se sienta a ver lo que ocurre. Se trata de un vestigio de un fragmentario estilo de iniciación masculino, un estilo en el que se cree que la vergüenza y la humillación fortalecen a una persona. En tales casos, las iniciadoras provocan dificultades pero no prestan el necesario apoyo. 0 bien cuidan mucho el procedimiento, pero apenas se tienen en cuenta las importantes necesidades de sentimiento y la vida del alma. Desde el punto de vista del alma y el espíritu, una iniciación cruel o inhumana jamás refuerza el sentimiento de hermandad con las demás mujeres ni la afiliación. Es algo incomprensible.

A falta de iniciadoras competentes o situada en un medio en el que las iniciadoras aconsejan y apoyan los procedimientos inhumanos, la mujer intenta iniciarse ella misma. Se trata de una empresa admirable y de una hazaña extraordinaria aunque la mujer sólo consiga alcanzar las tres cuartas partes de su propósito y es una tarea digna de todo elogio, pues la mujer tiene que prestar mucha atención a la psique salvaje para saber lo que ocurrirá después y después y después y seguir adelante sin tener ninguna seguridad de que eso es lo que siempre se ha hecho antes y ha dado lugar miles de veces a un resultado apropiado.

5. Existe un perfeccionismo negativo y un perfeccionismo positivo. El negativo gira en torno al temor de que se descubra la propia ineptitud. El perfeccionismo positivo se esfuerza al máximo y trata de hacer las cosas lo mejor posible por el simple afán de aprender. El perfeccionismo positivo espolea a la psique a aprender a hacer mejor las cosas; cómo escribir, hablar, pintar, comer, relajarse, rezar mejor, etc. El perfeccionismo positivo actúa repetidamente de una determinada manera para hacer realidad un sueño.

6. “Ponerse el corsé de acero” es una frase forjada por Yancey Ellis Stockwell, una extraordinaria terapeuta y narradora de cuentos.

7. Patrocinado por la Women’s Alliance y muchas notables sanadoras, entre ellas, la médica de prisiones doctora Tracy Thomson y la enérgica curandera—narradora de cuentos Kathy Park.

8. Del poema “Wornan Who Lives Under the Lake”, 1980, C. P. Estés, Rowing Songsfor the Night Sea Journey; Contemporary Chants (Edición privada, 1989).

9. Del poema “Come Cover Me With Your Wildness”, 1980, C. P. Estés. Ibíd.

10. Traducido al inglés del poema La bolsita negra, 1970, C. P Estés. Ibíd.

11. Sus imágenes verbales y frases hechas pasaron a los grupos étnicos hispanos y centroeuropeos en aquella parte del país.

12. No tienen porqué ser los hijos. Puede ser cualquier cosa. “Las plantas de mi casa. Mi perro. Mis deberes. Mi pareja. Mis geranios.” Todo es un pretexto, En el fondo, la mujer se muere de miedo de irse, pero también se muere de miedo de quedarse.

13. El complejo de “serlo todo para todo el mundo” agrava la sensación de ineptitud de una mujer, instándola a comportarse como si fuera la “gran curandera”. Sin embargo, el hecho de que un ser humano pretenda convertirse en un arquetipo es algo así como pretender convertirse en Dios. Se trata de algo imposible y el esfuerzo que supone resulta totalmente agotador y extremadamente destructivo para la psique.

Mientras que un arquetipo puede resistir las proyecciones de los hombres y las mujeres, los seres humanos no pueden resistir ser tratados como si fueran arquetipos y, por consiguiente, invulnerables e inagotables. Cuando a una mujer se le pide/exige que interprete el incansable arquetipo de la gran curandera, ésta se consume a ojos vista bajo la carga de los papeles negativamente perfeccionistas. Cuando a una mujer se le pide que entre en los suntuosos confines de los arquetípicos atuendos de un ideal, es mejor que ésta clave los ojos en la distancia, sacuda la cabeza y prosiga el camino hacía su casa.

14. Adrienne Rich, de The Fact of a Doorframe (Nueva York, Norton, 1984), p. 162.

15. En otros cuentos como, por ejemplo, “La bella durmiente”, la hermosa joven se despierta no porque la besa el príncipe sino porque ya ha llegado el momento; la maldición de los cien años ya ha terminado y es hora de que ella se despierte. El bosque de abrojos que rodea la torre desaparece no porque el héroe sea superior sino porque la maldición ha terminado y ya es hora. Los cuentos de hadas nos lo repiten una y otra vez: cuando es la hora, es la hora.

16. En la psicología junguiana clásica, este niño se calificaría de psicopompo, es decir, un aspecto del anima o del animus, así llamado por Hermes, que conducía las almas al reino de ultratumba. En otras culturas el psicopompo se llama juju, bruja, anqagok, tzaddik. Estas palabras se utilizan como nombres propios y a veces como adjetivos para describir la magia de un objeto o una persona.

17. En el cuento, el olor de la piel de foca hace que el niño experimente todo el impacto del profundo amor espiritual de su madre. Una parte de la forma del alma de su madre lo traspasa y le confiere conciencia sin hacerle daño. Todavía entre algunas familias inuit actuales, cuando muere un ser querido, las pieles, los gorros, las polainas y otros efectos personales del difunto son utilizados por los que todavía están vivos. La familia y los amigos lo consideran una transmisión de alma a alma, necesaria para la vida. Creen que la ropa, las pieles y las herramientas del difunto conservan un poderoso vestigio de su alma.

18. Mary Uukulat es mi fuente y me dio a conocer la antigua idea de que el aliento está hecho de poesía.

19. Ibíd.

20. Oxford English Dictionary.

21. Las mujeres suelen tomarse el tiempo necesario para responder alas crisis de la salud física, sobre todo de la salud de los demás, pero olvidan dedicar un tiempo de mantenimiento a su relación con la propia alma. Normalmente no comprenden que el alma es el magneto, el generador central de su animación y su energía. Muchas mujeres tratan su relación con el alma como si ésta no fuera un instrumento extremadamente importante que, como todos los instrumentos valiosos, necesita protección, limpieza, lubrificación y reparación. De lo contrario, lo mismo que ocurre con un automóvil, la relación se deteriora, se produce una desaceleración en la vida cotidiana de la mujer, ésta tiene que gastar grandes cantidades de energía para llevar a cabo las tareas más sencillas y, finalmente, sufre una grave avería lejos de la ciudad o de un teléfono. Y entonces tiene que emprender a pie el largo y fatigoso camino de regreso a casa.

22. Cita de Robert Bly en una entrevista publicada en The Bloomsbury Review (enero de 1990), ” The Wild Man in the Black Coat Turns: A Conversation” por la doctora Clarissa Pinkola Estés. 1989, C. P. Estés.

Comentarios en: "Capítulo 9 – LA VUELTA A CASA: EL REGRESO A SÍ MISMA" (1)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: