…amanecer salvaje…

Capítulo 8 – EL INSTINTO DE CONSERVACIÓN: LA IDENTIFICACIÓN DE LAS TRAMPAS, LAS JAULAS Y LOS CEBOS ENVENENADOS

CAPITULO 8

El instinto de conservación:

La identificación de las trampas, las jaulas y los cebos envenenados



La mujer fiera

Según el diccionario, la palabra “fiera” deriva del latín fera cuyo significado es “animal salvaje”. En el lenguaje común se entiende por fiera un animal que antaño era salvaje, que posteriormente se domesticó y que ha vuelto una vez más al estado natural o indómito.

Yo afirmo que la mujer fiera es la que antes se encontraba en un estado psíquico natural —es decir, en su sano juicio salvaje— y que después fue atrapada por algún giro de los acontecimientos, convirtiéndose con ello en una criatura exageradamente domesticada y con los instintos naturales adormecidos. Cuando tiene ocasión de regresar a su naturaleza salvaje original, cae fácilmente en toda suerte de trampas y es víctima de todo tipo de venenos. Puesto que sus ciclos y sus sistemas de protección se han alterado, corre peligro al estar en el que antes era su estado salvaje natural. Ha perdido la cautela y la capacidad de permanecer en estado de alerta y por eso se convierte fácilmente en una presa.

La pérdida del instinto sigue una pauta muy concreta. Es importante estudiar esta pauta e incluso aprenderla de memoria para poder conserva, los tesoros de nuestra naturaleza básica y también de la de nuestras hijas. En los bosques psíquicos hay muchas trampas de hierro oxidado escondidas bajo las verdes hojas del suelo. Psicológicamente ocurre lo mismo en el mundo material. Podemos ser víctima de varios engaños: las relaciones, las personas y las empresas arriesgadas son tentadoras, pero en el interior de un cebo de aspecto agradable se esconde algo muy afilado, algo que mata nuestro espíritu en cuanto lo mordemos.

Las mujeres fieras de todas las edades y especialmente las jóvenes experimentan un enorme impulso de resarcirse de las largas hambrunas y los largos exilios. Corren peligro por culpa de su excesivo y temerario afán de acercarse a unas personas y alcanzar unos objetivos que no son alimenticios ni sólidos ni duraderos. Cualquiera que sea el lugar donde viven o el momento en el que viven, siempre hay jaulas esperando; unas vidas demasiado pequeñas hacia las cuales las mujeres se pueden sentir atraídas o empujadas.

Si has sido capturada alguna vez, si alguna vez has sufrido hambre del alma, si alguna vez has sido atrapada y, sobre todo, si experimentas el impulso de crear algo, es muy probable que hayas sido o seas una mujer fiera. La mujer fiera suele estar muy hambrienta de cosas espirituales y a menudo se traga cualquier veneno ensartado en el extremo de un palo puntiagudo, pensando que es aquello que ansía su alma.

Aunque algunas mujeres fieras se apartan de las trampas en el último momento y sólo sufren algún que otro pequeño desperfecto en el pelaje, son muchas más las que caen en ellas inadvertidamente y pierden momentáneamente el conocimiento mientras que otras quedan destrozadas y otras consiguen liberarse y se arrastran hasta una cueva para poder lamerse a solas las heridas.

Para evitar las celadas y tentaciones con que tropieza una mujer que se ha pasado mucho tiempo capturada y hambrienta, tenernos que ser capaces de verlas por adelantado y esquivarlas. Tenemos que reconstruir nuestra perspicacia y nuestra cautela. Tenemos que aprender a virar. Tenemos que distinguir las vueltas acertadas y las equivocadas.

Existe algo que en mí opinión es un vestigio de un antiguo cuento de viejas de carácter didáctico que expone la apurada situación en que se encuentra la mujer fiera y muerta de hambre. Se lo conoce con distintos títulos tales como “Las zapatillas de baile del demonio”, “Las zapatillas candentes del demonio” y “Las zapatillas rojas”. Hans Christian Andersen escribió su versión de este viejo cuento y le dio el título citado en tercer lugar. Como un auténtico narrador, envolvió el núcleo del cuento con su propio ingenio étnico y su propia sensibilidad.

La siguiente versión de “Las zapatillas rojas” es la germano—magiar que mi tía Tereza solía contarnos cuando éramos pequeños Y que yo utilizo aquí con su bendición. Con su habilidad acostumbrada, mi tía siempre empezaba el cuento con la frase: “Fijaos bien en vuestros zapatos y dad gracias de que sean tan sencillos… pues uno tiene que vivir con mucho cuidado cuando calza unos zapatos demasiado rojos.”

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Las zapatillas rojas


Había una vez una pobre huerfanita que no tenía zapatos. Pero siempre, recogía los trapos vicios que encontraba y, con el tiempo, se cosió un par de zapatillas rojas. Aunque eran muy toscas, a ella le gustaban. La hacían sentir rica a pesar de que se pasaba los días recogiendo algo que comer en los bosques llenos de espinos hasta bien entrado el anochecer.

Pero un día, mientras bajaba por el camino con sus andrajos y sus zapatillas rojas, un carruaje dorado se detuvo a su lado. La anciana que viajaba en su interior le dijo que se la iba a llevar a su casa y la trataría como si fuera su hijita. Así pues, la niña se fue a la casa de la acaudalada anciana y allí le lavaron y peinaron el cabello. Le proporcionaron una ropa interior de purísimo color blanco, un precioso vestido de lana, unas medias blancas y unos relucientes zapatos negros. Cuando la niña preguntó por su ropa y, sobre todo, por sus zapatillas rojas, la anciana le contestó que la ropa estaba tan sucia y las zapatillas eran tan ridículas que las había arrojado al fuego donde habían ardido hasta convertirse en ceniza.

La niña se puso muy triste, pues, a pesar de la inmensa riqueza que la rodeaba, las humildes zapatillas rojas cosidas con sus propias manos le habían hecho experimentar su mayor felicidad. Ahora se veía obligada a permanecer sentada todo el rato, a caminar sin patinar y a no hablar a menos que le dirigieran la palabra, pero un secreto fuego ardía en su corazón y ella seguía echando de menos sus viejas zapatillas rojas por encima de cualquier otra cosa.

Cuando la niña alcanzó la edad suficiente como para recibir la confirmación el día de los Santos Inocentes, la anciana la llevó a un viejo zapatero cojo para que le hiciera unos zapatos especiales para la ocasión. En el escaparate del zapatero había unos zapatos rojos hechos con cuero del mejor; eran tan bonitos que casi resplandecían. Así pues, aunque los zapatos no fueran apropiados para ir a la iglesia, la niña sólo elegía siguiendo los deseos de su hambriento corazón, escogió los zapatos rojos. La anciana tenía tan mala vista que no vio de qué color eran los zapatos y, por consiguiente, pagó el precio. El vicio zapatero le guiñó el ojo a la niña y envolvió los zapatos.

Al día siguiente, los feligreses de la iglesia se quedaron asombrados al ver los pies de la niña. Los zapatos rojos brillaban como manzanas pulidas, como corazones, como ciruelas rojas. Todo el mundo los miraba; hasta los ¡conos de la pared, hasta las imágenes contemplaban los zapatos con expresión de reproche. Pero, cuanto más los miraba la gente, tanto más le gustaban a la niña. Por consiguiente, cuando el sacerdote entonó los cánticos y cuando el coro lo acompañó y el órgano empezó a sonar, la niña pensó que no había nada más bonito que sus zapatos rojos.

Para cuando terminó aquel día, alguien había informado a la anciana acerca de los zapatos rojos de su protegida.

—Jamás de los jamases vuelvas a ponerte esos zapatos rojos! —le dijo la anciana en tono amenazador.

Pero al domingo siguiente la niña no pudo resistir la tentación de ponerse los zapatos rojos en lugar de los negros y se fue a la iglesia con la anciana como de costumbre.

A la entrada de la iglesia había un viejo soldado con el brazo en cabestrillo. Llevaba una chaquetilla y tenía la barba pelirroja. Hizo una reverencia y pidió permiso para quitar el polvo de los zapatos de la niña. La niña alargó el pie y el soldado dio unos golpecitos a las suelas de sus zapatos mientras entonaba una alegre cancioncilla que le hizo cosquillas en las plantas de los pies.

—No olvides quedarte para el baile —le dijo el soldado, guiñándole el ojo con una sonrisa.

Todo el mundo volvió a mirar de soslayo los zapatos rojos de la niña. Pero a ella le gustaban tanto aquellos zapatos tan brillantes como el carmesí, tan brillantes como las frambuesas y las granadas, que apenas podía pensar en otra cosa y casi no prestó atención a la ceremonia religiosa. Tan ocupada estaba moviendo los pies hacia aquí Y hacia allá y admirando sus zapatos rojos que se olvidó de cantar.

Cuando abandonó la iglesia en compañía de la anciana, el soldado herido le gritó:

“¡Qué bonitos zapatos de baile!”

Sus palabras hicieron que la niña empezara inmediatamente a dar vueltas. En cuanto sus pies empezaron a moverse ya no pudieron detenerse y la niña bailó entre los arriates de flores y dobló la esquina de la iglesia como si hubiera perdido por completo el control de sí misma. Danzó una gavota y después una czarda y, finalmente, se alejó bailando un vals a través de los campos del otro lado. El cochero de la anciana saltó del carruaje y echó a correr tras ella, le dio alcance Y llevó de nuevo al coche, pero los pies de la niña calzados con los zapatos rojos seguían bailando en el aire como si estuvieran todavía en el suelo. La anciana y el cochero tiraron y forcejearon, tratando de quitarle los zapatos rojos a la niña. Menudo espectáculo, ellos con los sombreros torcidos y la niña agitando las piernas, pero, al final, los pies de la niña se calmaron.

De regreso a casa, la anciana dejó los zapatos rojos en un estante muy alto y le ordenó a la niña no tocarlos nunca más. Pero la niña no podía evitar contemplarlos con anhelo. Para ella seguían siendo lo más bonito de la tierra.

Poco después quiso el destino que la anciana tuviera que guardar cama y, en cuanto los médicos se fueron, la niña entró sigilosamente en la habitación donde se guardaban los zapatos rojos. Los contempló allá arriba en lo alto del estante. Su mirada se hizo penetrante y se convirtió en un ardiente deseo que la indujo a tomar los zapatos del estante y a ponérselos, pensando que no había nada malo en ello. Sin embargo, en cuanto los zapatos tocaron sus talones y los dedos de sus pies, la niña se sintió invadida por el impulso de bailar.

Cruzó la puerta bailando y bajó los peldaños, bailando primero una gavota, después una czarda y, finalmente, un vals de atrevidas vueltas en rápida sucesión. La niña estaba en la gloria y no comprendió en qué apurada situación se encontraba hasta que quiso bailar hacia la izquierda y los zapatos insistieron en bailar hacia la derecha. Cuando quería dar vueltas, los zapatos se empeñaban en bailar directamente hacia delante. Y, mientras los zapatos bailaban con la niña, en lugar de ser la niña quien bailara con los zapatos, los zapatos la llevaron calle abajo, cruzando los campos llenos de barro hasta llegar al bosque oscuro y sombrío.

Allí, apoyado contra un árbol, se encontraba el viejo soldado de la barba pelirroja con su chaquetilla y su brazo en cabestrillo.

—Vaya, qué bonitos zapatos de baile —exclamó.

Asustada, la niña intentó quitarse los zapatos, pero el pie que mantenía apoyado en el suelo seguía bailando con entusiasmo y el que ella sostenía en la mano también tomaba parte en el baile.

Así pues, la niña bailó y bailó sin cesar. Danzando subió las colinas más altas, cruzó los valles bajo la lluvia, la nieve y el sol. Bailó en la noche oscura y al amanecer y aún seguía bailando cuando anocheció. Pero no era un baile bonito. Era un baile terrible, pues no había descanso para ella.

Llegó bailando a un cementerio y allí un espantoso espíritu no le Permitió entrar. El espíritu pronunció las siguientes palabras:

—Bailarás con tus zapatos rojos hasta que te conviertas en una aparición, en un fantasma, hasta que la piel te cuelgue de los huesos y hasta que no quede nada de ti más que unas entrañas que bailan. Bailarás de puerta en puerta por las aldeas y golpearás cada puerta tres veces y, cuando la gente mire, te verá y temerá sufrir tu mismo destino. Bailad, zapatos rojos, seguid bailando.

La niña pidió compasión, pero, antes de que pudiera seguir implorando piedad, los zapatos rojos se la llevaron. Bailó sobre los brezales y los ríos, siguió bailando sobre los setos vivos y siguió bailando y bailando hasta llegar a su hogar y allí vio que había gente llorando. La anciana que la había acogido en su casa había muerto. Pero ella siguió bailando porque no tenía más remedio que hacerlo. Profundamente agotada y horrorizada, llegó bailando a un bosque en el que vivía el verdugo de la ciudad. El hacha que había en la pared empezó a estremecerse en cuanto percibió la cercanía de la niña.

—¡Por favor! —le suplicó la niña al verdugo al pasar bailando por delante de su puerta—. Por favor, córteme los zapatos para librarme de este horrible destino.

El verdugo cortó las correas de los zapatos rojos con el hacha. Pero los zapatos seguían en los pies. Entonces la niña le dijo al verdugo que su vida no valía nada y que, por favor, le cortara los pies. Y el verdugo le cortó los pies. Y los zapatos rojos con los pies dentro siguieron bailando a través del bosque, subieron a la colina y se perdieron de vista. Y la niña, convertida en una pobre tullida, tuvo que ganarse la vida en el mundo como criada de otras personas y jamás en su vida volvió a desear unos zapatos rojos.

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La pérdida brutal en los cuentos de hadas

Es más que razonable preguntarse el porqué de la presencia de episodios tan brutales en los cuentos de hadas. Se trata de un fenómeno que se registra en los mitos y el folclore de todo el mundo. La monstruosa conclusión de este cuento es típica de los finales de los cuentos de hadas cuyo protagonista espiritual no puede completar la transformación que pretendía.

Psicológicamente, el brutal episodio transmite una apremiante verdad psíquica. Esta verdad es tan apremiante —y, sin embargo, tan fácil de desdeñar con un simple “sí, bueno, lo comprendo”, por más que con ello la persona vaya directamente a su condena— que no es probable que prestemos atención a la alarma si ésta se expresa en términos más blandos.

En el moderno mundo tecnológico, los brutales episodios de los cuentos de hadas han sido sustituidos por las imágenes de los anuncios de la televisión, como los que muestran una instantánea familiar en la que uno de los miembros de la familia ha sido borrado y un reguero de sangre sobre la fotografía subraya lo que ocurre cuando una persona conduce en estado de embriaguez, o esos anuncios que intentan disuadir a las personas de que consuman drogas ilegales, en los que un huevo friéndose en una sartén revela lo que ocurre en el cerebro humano cuando uno consume drogas. El elemento brutal es una antigua manera de conseguir que el yo emotivo preste atención a un mensaje muy serio.

La verdad psicológica que encierra el cuento de “Las zapatillas rojas” es que a una mujer se le puede arrancar, robar y amenazar su vida más significativa o se la puede apartar de ella por medio de halagos a no ser que conserve o recupere su alegría básica y su valor salvaje. El cuento nos invita a prestar atención a las trampas y los venenos con los que fácilmente tropezamos cuando estamos hambrientas de alma salvaje.

Sin una firme participación en la naturaleza salvaje, una mujer se muere de hambre y cae en la obsesión de los “me siento mejor”, “déjame en paz” y “quiéreme… por favor”.

Cuando se muere de hambre, la mujer acepta cualquier sucedáneo que se le ofrezca, incluyendo los que, como placebos inútiles, no le sirven absolutamente para nada y los que son destructivos, amenazan su vida y le hacen perder lastimosamente el tiempo y las cualidades o exponen su vida a peligros físicos. El hambre del alma induce a la mujer a elegir cosas que la harán bailar locamente y sin control… hasta llegar finalmente a la casa del verdugo.

Por consiguiente, para comprender más profundamente este cuento, tenemos que percatarnos de que una mujer puede extraviar totalmente el camino cuando pierde su vida instintiva y salvaje. Para conservar lo que tenemos y encontrar de nuevo el camino de lo femenino salvaje, tenemos que saber qué errores comete una mujer que se siente tan atrapada. Entonces podremos retroceder y reparar los daños. Entonces podrá tener lugar la reunión.

Tal como veremos, la pérdida de las zapatillas rojas hechas a mano representa la pérdida de la vida personalmente diseñada y de la apasionada vitalidad de una mujer, así como la aceptación de una existencia excesivamente domesticada, lo cual conduce a la larga a la pérdida de una percepción fiel, que provoca a su vez los excesos que llevan a la Pérdida de los pies, la plataforma que nos sostiene, nuestra base, una Parte muy profunda de la naturaleza instintiva que sostiene nuestra libertad.

“Las zapatillas rojas” nos muestra cómo se inicia el deterioro y a qué estado nos reducimos si no intervenimos en nombre de nuestra propia naturaleza salvaje. No nos engañemos, cuando una mujer e esfuerza por intervenir y luchar contra su propio demonio cualquiera que éste sea, su esfuerzo es una de las batallas más dignas que se pueden emprender tanto desde el punto de vista arquetípico como desde la perspectiva de la realidad consensual. Aunque la mujer pudiera llegar como en el cuento hasta el fondo del mayor de los abismos por medio del hambre, la captura, el instinto herido, las elecciones destructivas y todo lo demás, el fondo es el lugar que alberga las raíces de la psique. Allí están los apuntalamientos salvajes de la mujer. El fondo es el mejor terreno para sembrar y volver a cultivar algo nuevo. En este sentido, alcanzar el fondo, aunque sea extremadamente doloroso, es también llegar al terreno de cultivo.

Aunque por nada del mundo desearíamos la maldición de los perjudiciales zapatos rojos y la consiguiente disminución de vida ni para nosotras ni para las demás, hay en esta ardiente y destructiva esencia algo que combina la vehemencia con la sabiduría en la mujer que ha bailado la danza maldita, que se ha perdido a sí misma y ha perdido la vida creativa, que se ha precipitado al infierno con un barato (o caro) bolso de mano y que, sin embargo, se ha mantenido aferrada en cierto modo a una palabra, un pensamiento, una idea hasta que, a través de una rendija, pudo escapar a tiempo de su demonio y vivir para contarlo.

Por consiguiente, la mujer que ha perdido el control bailando, que ha perdido el equilibrio y ha perdido los pies y comprende el estado de privación a que se refiere el final del cuento de hadas, posee una sabiduría valiosa y especial. Es como un saguaro, un espléndido y hermoso cacto que vive en el desierto.

A los saguaros se los puede llenar de orificios de bala, se les pueden practicar incisiones, se los puede derribar y pisotear, y ellos siguen viviendo, siguen almacenando el agua que da la vida, siguen creciendo salvajes y, con el tiempo, se curan.

Los cuentos de hadas terminan al cabo de diez páginas, pero nuestras vidas no. Somos unas colecciones de varios tomos. En nuestras vidas, aunque un episodio equivalga a una colisión y una quemaduras siempre hay otro episodio que nos espera y después otro. Siempre hay oportunidades de arreglarlo, de configurar nuestras vidas de la manera que merecemos. No hay que perder el tiempo odiando un fracaso, El fracaso es mejor maestro que el éxito. Presta atención, aprende y sigue adelante. Eso es lo que estamos haciendo con este cuento. Estamos prestando atención a su antiguo mensaje. Estamos aprendiendo lo que son las pautas perjudiciales para poder seguir adelante con la fuerza propia de quien puede presentir las trampas, las jaulas y los cebos antes de caer en ellos o ser atrapados por ellos.

Vamos a empezar a desentrañar este importante cuento, comprendiendo lo que ocurre cuando la existencia vital que más apreciamos, con independencia de lo que otros piensen de ella, la vida que más amamos, pierde su valor y se convierte en cenizas.

Las zapatillas rojas hechas a mano

En el cuento vemos que la niña pierde las zapatillas rojas que ella se había hecho, las que la hacían sentirse rica a su manera. Era pobre, pero tenía ingenio; buscaba su camino. Había pasado de no tener zapatos a poseer unos zapatos que le conferían un sentido del alma a pesar de las dificultades de su vida material. Las zapatillas hechas a mano son indicios de la superación de una mísera existencia psíquica y del paso a una apasionada vida diseñada por ella misma. Las zapatillas representan literalmente un enorme paso hacia la integración de la ingeniosa naturaleza femenina en la vida de todos los días. No importa que su vida sea imperfecta. Tiene alegría. Evolucionará.

En los cuentos de hadas el típico personaje pobre pero ingenioso es una representación psicológica del que es rico en espíritu y poco a poco va adquiriendo más conciencia y más poder a lo largo de un prolongado período de tiempo. Se podría decir que este personaje es el símbolo exacto de todas nosotras, pues todas hacemos progresos lentos pero seguros.

Desde un punto de vista social, el calzado envía un mensaje y es una manera de diferenciar a un tipo de persona de otro. Los artistas suelen calzar zapatos muy distintos de los que llevan, por ejemplo, los ingenieros. Los zapatos pueden decirnos algo acerca de lo que somos e incluso a veces acerca de lo que aspiramos a ser, de la persona que nos estamos probando.

El simbolismo arquetípico del zapato se remonta a unos tiempos muy antiguos en los que los zapatos eran un signo de autoridad: los gobernantes los usaban mientras que los esclavos iban descalzos. Aún hoy en día a buena parte del mundo moderno se le enseña a emitir desmedidos juicios acerca de la inteligencia y las aptitudes de una persona según lleve o no lleve zapatos y según tenga o no dinero la que los lleve.

Esta versión del cuento nace del hecho de haber vivido en los fríos países del norte donde los zapatos se consideran unos medios de supervivencia. Mantener los pies secos y calientes ayuda a una persona a Vivir cuando el tiempo es muy frío y desapacible. Recuerdo haberle oíd decir —a mi tía que el robo del único par de zapatos de una persona en invierno era un delito tan grave como el asesinato. La naturaleza creativa y apasionada de una mujer corre el mismo riesgo en caso de que ésta no conserve su capacidad de desarrollo y alegría, que son su calor y su protección.

El símbolo de los zapatos se puede considerar una metáfora psicológica; protegen y defienden aquello sobre lo cual nos asentamos, nuestros pies. En el simbolismo arquetípico, los pies representan la movilidad y la libertad. En este sentido, tener zapatos con que cubrirse los pies es estar convencidos de nuestras creencias y disponer de los medios con que actuar de conformidad con ellas. Sin zapatos psíquicos una mujer no puede superar los ambientes interiores y exteriores que exigen agudeza, sensatez, prudencia y resistencia.

La vida y el sacrificio van siempre de la mano. El rojo es el color de la vida y del sacrificio. Para vivir una existencia vibrante tenemos que hacer sacrificios de distintas clases. Si alguien quiere ir a la universidad, tiene que sacrificar tiempo y dinero y dedicarse en cuerpo y alma a este empeño. Si quiere crear algo, tiene que sacrificar la superficialidad, una cierta seguridad y, a menudo, el deseo de agradar a los demás y de enderezar sus más profundas ideas y sus visiones de mayor alcance.

Los problemas surgen cuando se hacen muchos sacrificios pero no brota de ellos ninguna vida en absoluto. Entonces el rojo es el color de la pérdida de sangre más que el de la vida de la sangre. Eso es exactamente lo que ocurre en el cuento. Cuando se queman las zapatillas rojas hechas a mano de la niña, se pierde un tipo de rojo vibrante y querido, lo cual desencadena un anhelo, una obsesión y, finalmente, una afición a otra clase de rojo: el de las vulgares emociones que se rompen rápidamente; el del sexo sin alma; el que conduce a una vida carente de significado.

Por consiguiente, considerando todos los aspectos del cuento de hadas como los componentes de la psique de una sola mujer, venlos que, confeccionándose ella misma las zapatillas rojas, la niña lleva a cabo una extraordinaria hazaña: conduce su vida desde la condición de esclava sin zapatos —siguiendo simplemente su camino con la vista dirigida hacia delante sin mirar ni a derecha ni a izquierda— a una conciencia que se detiene para crear, que contempla la belleza y experimenta alegría, que siente pasión y saciedad y todas las demás cosas que constituyen la naturaleza integral que llamamos salvaje.

El hecho de que las zapatillas sean de color rojo revela que el proceso será de vida vibrante, cosa que incluye el sacrificio. Y es justo y natural que así sea. El hecho de que las zapatillas estén hechas a mano con trozos de tela significa que la niña simboliza el espíritu creativo que, siendo huérfano e ignorante por las razones que sean, ha reunido todas estas cosas para su uso, utilizando su percepción innata para conseguir finalmente un resultado hermoso y espiritual.

Si lo bueno se dejara en paz, la situación del yo creativo seguiría progresando sin problemas. En el cuento la niña está encantada con su obra y con su capacidad de haberlo hecho todo ella sola, buscando y reuniendo cosas con paciencia, diseñando y )untando los trozos para expresar con ello sus ideas. No importa que, al principio, el producto sea muy tosco; muchos dioses de la creación de todas las culturas y todas las épocas no crean perfectamente la primera vez. El primer intento siempre admite mejoras y también el segundo y a menudo el tercero y el cuarto. Eso no tiene nada que ver con la propia valía y habilidad. Es la vida que evoca y evoluciona.

Si a la niña la dejan en paz, ésta se hará otro par de zapatillas rojas y otro y otro hasta conseguir que no sean tan toscas. Irá progresando. sin embargo, aparte de su prodigiosa exhibición de ingenio para seguir adelante en circunstancias difíciles, lo más importante para ella es que las zapatillas que se ha confeccionado le producen una enorme alegría y la alegría es la sangre de la vida, el alimento del espíritu y la vida del alma todo en una pieza.

La alegría es la clase de sentimiento que experimenta una mujer cuando pone unas palabras por escrito así sin más o cuando consigue reproducir unas notas a la primera. Qué emoción tan grande. Parece increíble. Es la clase de sentimiento que experimenta una mujer cuando descubre que está embarazada y desea estarlo. Es la clase de alegría que siente cuando ve disfrutar a las personas que ama. Es la clase de alegría que siente cuando ha hecho algo que la perseguía, que la obsesionaba, que era peligroso, que la había obligado a esforzarse y a mejorar para poder alcanzar el éxito… tal vez con gracia o tal vez sin ella, pero lo importante es que consiguió crear un algo, a un alguien, el arte, la batalla, el momento; su vida. Éste es el estado natural e instintivo de la mujer. La esencia de la Mujer Salvaje se irradia a través de esta clase de alegría. Esta suerte de situación espiritual la llama por su nombre.

Pero en el cuento quiso el destino que un día, en oposición directa a las simples zapatillas rojas hechas con trozos de tela, las zapatillas que eran la pura alegría de la vida, pasara chirriando un carruaje dorado y entrara en la vida de la niña.

Las trampas

instinto

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Trampa 1: La carroza dorada, la vida devaluada

En el simbolismo arquetípico, el carruaje es una imagen literal, un vehículo que traslada algo de un lugar a otro. En las imágenes oníricas modernas y en el folclore contemporáneo ha sido sustituido en buena parte por el automóvil que, desde un punto de vista arquetípico, “suena” de la misma manera. Este tipo de vehículo que “transporta” se ha considerado tradicionalmente el estado de ánimo central de la psique que nos transporta de un lugar de la psique a otro y de un esfuerzo a otro.

El hecho de subir al carruaje dorado de la anciana es similar en este caso al hecho de entrar en una jaula dorada que teóricamente tendría que ser más cómoda y agradable, pero que, en realidad, es una prisión. Una prisión que atrapa de una manera no inmediatamente perceptible, puesto que todo lo dorado suele deslumbrar al principio. Imaginemos por tanto que bajamos por el camino de nuestras vidas con nuestras preciosas zapatillas hechas a mano y, de pronto, se nos ocurre pensar algo así: “Quizá sería mejor otra cosa, otra cosa que no fuera tan difícil, que exigiera menos tiempo, energía y esfuerzo.”

Es algo que suele ocurrir en la vida de las mujeres. Nos encontramos en plena realización de algo que nos produce una sensación que puede variar desde lo agradable a lo desagradable. Creamos nuestras vidas a medida que avanzamos y hacemos lo mejor que podemos. Pero muy pronto se nos ocurre algo, algo que dice: “Eso es muy duro. Mira qué bonito es eso o aquello de allí. Parece más fácil, más agradable, más atractivo.” De repente, se acerca el carruaje dorado, se abre la portezuela, se extienden las escalerillas y subimos. Nos han seducido. Esta tentación se suele producir muy a menudo y, a veces, a diario. En muchas ocasiones cuesta decir que no.

Así, nos casamos con la persona equivocada porque nos facilita nuestra vida económica. Abandonamos el trabajo que estábamos haciendo y regresamos a otro más fácil pero más trillado que llevamos diez años arrastrando. No procuramos que ese excelente poema alcance el mejor nivel posible sino que lo dejarnos en el tercer borrador en lugar de seguir esforzándonos un poco más. El espectáculo del carruaje dorado ensombrece la pura alegría de las zapatillas rojas. Aunque esta circunstancia podría interpretarse también como una .búsqueda de bienes y comodidades materiales por parte de la mujer, a menudo es la expresión de un simple deseo psicológico de no tener que esforzarse tanto en las cuestiones básicas de la vida creativa. deseo de tenerlo todo más fácil no es una trampa; es algo a lo que el ego aspira naturalmente. Ah, ¡pero a qué precio! El precio es una trampa, La trampa surge cuando la niña se va a vivir con la acaudalada anciana. Allí tiene que permanecer callada como Dios manda… no está permitido anhelar nada abiertamente y, en concreto, no se puede satisfacer el anhelo. Eso es el comienzo del hambre del alma para el espíritu creativo.

La psicología junguiana clásica señala que la pérdida del alma se produce en particular hacía la mitad de la vida, hacia los treinta y cinco años o algo más tarde. Sin embargo, para las mujeres de la cultura moderna la pérdida del alma es un peligro cotidiano, tanto si una tiene dieciocho años como si tiene ochenta, tanto si está casada como si no, cualquiera que sea su familia, su educación o su situación económica. Muchas personas “Instruidas” sonríen con indulgencia cuando oyen decir que los pueblos “primitivos” tienen una interminable lista de experiencias y acontecimientos que, según ellos, les pueden robar el alma, desde ver un oso en una época del año equivocada a entrar en una casa que aún no ha recibido la bendición tras haberse producido en ella una muerte.

Aunque la cultura moderna contiene muchos elementos prodigiosos que enriquecen la vida, hay en una sola manzana de casas más osos en momentos equivocados y más lugares de muertos sin bendecir que en mil kilómetros cuadrados de tierras habitadas por poblaciones primitivas. El hecho psíquico esencial es que debemos vigilar constantemente nuestra relación con el significado, la pasión, la espiritualidad y la naturaleza profunda. Hay muchas cosas que tratan de apartarnos y alejarnos con engaño de las zapatillas hechas a mano, cosas aparentemente sencillas como decir, por ejemplo: “Ya bailaré, plantaré, abrazaré, buscaré, planificaré, aprenderé, haré las paces, limpiaré… más tarde.” Todo eso son trampas.

Trampa 2: La anciana reseca, la fuerza de la senescencia

En la interpretación de los sueños y de los cuentos de hadas, quienquiera que posea el “transmisor de actitudes”, es decir, el carruaje dorado, es el principal valor que pesa sobre la psique, empujándola hacia delante, obligándola a seguir la dirección que a él le interesa. En este caso, los valores de la anciana propietaria del carruaje empiezan a empujar a la psique.

En la psicología junguiana clásica, la figura arquetípica del anciano se denomina a veces la fuerza “senex”. En latín, senex significa “anciano”. Más concretamente y sin distinción de sexos, el símbolo de los ancianos se puede interpretar como la fuerza senescente: una fuerza que actúa en la forma que es propia de los ancianos (1). En los cuentos de hadas esta fuerza senescente está simbolizada por una persona anciana que a menudo se representa de una forma desequilibrada para dar a entender que el proceso psíquico de la persona también está desarrollando un comportamiento desequilibrado. Idealmente una anciana simboliza la dignidad, la capacidad de aconsejar, la sabiduría, el conocimiento de la propia persona, la tradición, la definición de los límites y la experiencia, con una buena dosis de malhumorada, envidiosa, deslenguada y coquetuela desfachatez para redondear la cosa.

Sin embargo, cuando la anciana de un cuento de hadas utiliza estos atributos negativamente, tal como ocurre en “Las zapatillas rojas” ‘ se nos advierte de antemano de que ciertos aspectos de la psique que deberían conservarse templados están a punto de quedarse congelados en el tiempo. Algo que normalmente es vibrante en el interior de la psique está a punto de ser rígidamente aplanado, de recibir una azotaina y de ser distorsionado hasta el extremo de resultar irreconocible. Cuando la niña sube al carruaje dorado de la anciana y entra posteriormente en su casa, está atrapada con tanta certeza como si deliberadamente hubiera introducido la mano en un cepo.

Tal como vemos en el cuento, el hecho de ser acogida por la anciana, en lugar de dignificar la nueva actitud, hace que la actitud senescente destruya la innovación. En lugar de convertirse en la mentora de su protegida, la anciana intentará calcificarla. La anciana de este cuento no es una sabia sino que más bien se dedica a repetir un solo valor, sin experimentar nada nuevo.

A través de todas las escenas de la iglesia, vemos que el único valor que se tiene en cuenta es el de que la opinión de la colectividad es más importante que cualquier otra cosa y ha de eclipsar las necesidades del alma salvaje individual. Se suele considerar una colectividad la cultura (2) que rodea a un individuo, cosa que efectivamente es así, si bien la definición de Jung era “los muchos comparados con el uno”. Todos recibimos la influencia de muchas colectividades, tanto de los grupos a los que pertenecemos como de aquellos de los que no somos miembros. Tanto si son de carácter educativo como si son de carácter espiritual, económico, laboral, familiar o de otra clase, las colectividades que nos rodean reparten grandes recompensas y castigos no sólo entre sus miembros sino también entre los que no lo son, y tratan de ejercer influencia y de controlar toda suerte de cosas, desde nuestros pensamientos hasta nuestra elección de los amantes o de la actividad laboral. También es posible que desprecien o nos disuadan de entregarnos a las actividades que no están de acuerdo con sus preferencias.

En este cuento, la anciana es el símbolo del rígido guardián de la tradición colectiva, un agente que veía por el cumplimiento del statu quo, del “pórtate bien; no provoques perturbaciones; no pienses demasiado; no se te vayan a ocurrir grandes proyectos; procura pasar desapercibida; sé una copia de papel carbón; sé amable; contesta que sí aunque algo no te guste, no encaje, no tenga el tamaño adecuado y duela”. Y así sucesivamente.

El hecho de seguir un sistema de valores tan apagado provoca una enorme pérdida de la conexión del alma. Cualesquiera que sean las asociaciones o las influencias de la colectividad, nuestro desafío en nombre del alma salvaje y de nuestro espíritu creativo es el de no mezclarnos con ninguna colectividad sino distinguirnos de aquellos que nos rodean y construir puentes que puedan volver a unirnos a ellos cuando nos apetezca. Nosotras tenemos que decidir qué puentes deberán ser fuertes y estar bien transitados y qué otros puentes deberán mantenerse vacíos e incompletos. Y las colectividades con las que nos relacionemos deberán ser las que ofrezcan el máximo apoyo a nuestra alma y nuestra vida creativa.

La mujer que trabaja en una universidad pertenece a una colectividad académica. No deberá fundirse con cualquier cosa que le ofrezca el ambiente de dicha colectividad, sino añadirle su propio sabor especial. Como criatura integral, a menos que haya creado en su vida otras fuerzas capaces de impedirlo, no puede permitirse el lujo de convertirse en un tipo de persona desequilibrada e irritable, de “hago mi trabajo, me voy a casa, vuelvo… “. Cuando una mujer intenta formar parte de una asociación, organización o familia que desdeña examinarla por dentro para ver de qué está hecha, que no pregunta “¿Qué induce a esta persona a correr?” y que no se esfuerza en absoluto en plantearle retos o en animarla en toda la medida de sus posibilidades, su capacidad de prosperar y crear disminuye considerablemente. Cuanto más duras son las circunstancias, tanto más se siente exiliada en unos desolados yermos en los que nada puede crecer.

El hecho de apartar su vida y su mente de la aplanada forma de pensar colectiva y de desarrollar sus singulares talentos f re los logros más importantes que una mujer puede alcanzar, pues semejantes actos impiden que tanto el alma como la psique se deslicen hacia la esclavitud. Una cultura que promueve auténticamente el desarrollo individual jamás convertirá en esclavo a ningún grupo o sexo.

Pero la niña del cuento acepta los resecos valores de la anciana. entonces se convierte en una fiera que pasa del estado natural a la cautividad. Muy pronto será arrojada al yermo de los diabólicos zapatos rojos, pero sin la ayuda de su innata intuición e incapaz por tanto de percibir los peligros.

Si nos apartamos de nuestras vidas auténticas y apasionadas y subimos al carruaje dorado de la reseca anciana, adoptamos de hecho la persona y las ambiciones de la vieja y frágil perfeccionista. Después, como todas las criaturas cautivas, caemos en la tristeza que conduce a un anhelo obsesivo, calificada a menudo en mi profesión como “la inquietud sin nombre”. A continuación, corremos el riesgo de apoderarnos de lo primero que promete devolvernos la vida.

Es importante mantener los ojos abiertos y sopesar cuidadosamente los ofrecimientos de una existencia más fácil y un camino sin dificultades, sobre todo si, a cambio, se nos pide que arrojemos nuestra personal alegría creativa a una pira crematoria en lugar de encender nuestra propia hoguera.

Trampa 3: La quema del tesoro, el hambre del alma

Hay una quema que se acompaña de alegría y una quema que se acompaña de aniquilización. Una es el fuego de la transformación y otra es sólo el fuego de la pérdida. A nosotras nos interesa el fuego de la transformación. Sin embargo, muchas mujeres abandonan las zapatillas rojas y acceden a dejarse limpiar demasiado, a ser demasiado amables y a doblegarse demasiado a la manera en que ven el mundo los demás. Arrojamos nuestras alegres zapatillas rojas al fuego destructor cuando digerimos valores, propagandas y filosofías al por mayor, incluidas las de carácter psicológico. Las zapatillas rojas arden hasta quedar convertidas en ceniza cuando pintamos, actuamos, escribimos, hacemos o somos de cualquier manera que provoque una reducción de nuestras vidas, un debilitamiento de nuestra visión y una fractura de nuestros huesos espirituales.

Entonces la vida de la mujer queda envuelta en la palidez, pues tiene hambre del alma. Lo único que ella quiere es recuperar su vida profunda. Lo único que desea es recuperar aquellas zapatillas rojas hechas a mano. La alegría salvaje que éstas simbolizan hubiera podido quemarse en el fuego del desuso, en el fuego de la devaluación del propio trabajo Hubiera podido quemarse en las llamas del silencio que nosotras mismas nos imponemos.

Demasiadas mujeres hicieron una terrible promesa muchos años antes de comprender que no hubieran tenido que hacerla. De jóvenes estuvieron hambrientas de estímulo y apoyo básico, se llenaron de tristeza y resignación, abandonaron las plumas, cerraron sus palabras, apagaron sus cantos, enrollaron sus obras artísticas y juraron no volver a tocarlas jamás. Una mujer en semejante situación ha entrado inadvertidamente en el horno junto con su vida hecha a mano. Y su vida se convierte en ceniza.

La vida de la mujer puede consumirse en el fuego del odio a su propia persona pues los complejos son capaces de morder con mucha fuerza y, por lo menos durante algún tiempo, atemorizarla hasta el extremo de alejarla de la tarea o de la vida que más le interesa. Se pueden dedicar muchos años a no ir, no moverse, no aprender, no descubrir, no obtener, no tomar, no convertirse en algo.

La visión que una mujer tiene de su propia vida también se puede consumir en las llamas de los celos de otra persona o de la clara intención destructiva de otra persona. La familia, los mentores, los maestros y los amigos no tendrían que ser destructivos cuando sienten envidia, pero algunos lo son sin la menor duda, tanto de manera sutil como de manera no tan sutil. Ninguna mujer puede permitirse el lujo de dejar que su vida creativa penda de un hilo mientras ella sirve a una relación amorosa, un familiar, un maestro o un amigo antagónico.

Cuando la vida del alma personal arde hasta convertirse en cenizas, una mujer pierde el tesoro vital y empieza a comportarse con tanta sequedad como la Muerte.

En su inconciente, el deseo de las zapatillas rojas, de la alegría salvaje, no sólo se conserva sino que aumenta, se desborda y, al final, se levanta tambaleándose y lo invade todo con hambrienta violencia.

Tener hambre del alma equivale a estar siempre desesperadamente hambrientas. Entonces la mujer siente un hambre voraz por cualquier cosa que la haga sentir nuevamente viva. Una mujer que ha sido capturada no sabe lo que tiene que hacer y acepta algo, cualquier cosa que parezca similar al tesoro inicial, tanto si éste era bueno como si no. La mujer que siente hambre de la auténtica vida del alma puede dar la impresión de estar “limpia y peinada” por fuera, pero por dentro está llena de docenas de manos suplicantes y de bocas vacías.

En semejante situación, aceptará cualquier tipo de comida sin importarle su estado o su efecto, pues necesita compensar las pérdidas del pasado. Y, sin embargo, por muy terrible que sea la situación, el Yo salvaje intentará salvarnos una y otra vez. Susurra, murmura, llama y arrastra nuestros esqueletos sin carne de acá para allá en nuestros sueños nocturnos hasta conseguir que seamos concientes de nuestra situación y demos los pasos necesarios para recuperar el tesoro.

Podremos comprender mejor a la mujer que se entrega a los excesos —los más frecuentes son las drogas, el alcohol y los amores perniciosos— y a la que siente hambre del alma, observando el comportamiento del animal que se muere desesperadamente de hambre. Al Igual que el alma famélica, el lobo siempre ha sido considerado un animal cruel y voraz que se abate sobre los inocentes y los incautos, matando por matar sin darse jamás por satisfecho. Como se ve, el lobo tiene una malísima e injusta fama tanto en los cuentos de hadas como en la vida real. Pero, de hecho, los lobos son unas abnegadas criaturas sociales. Toda la manada está instintivamente organizada de tal manera que los lobos sanos sólo matan aquello que necesitan para sobrevivir. Esta pauta sólo se relaja o se altera cuando algún lobo en particular o toda la manada sufre un trauma.

Hay dos ejemplos en los cuales un lobo mata en exceso. En ambos, el lobo no se encuentra bien. Un lobo puede matar indiscriminadamente cuando ha contraído la rabia o el moquillo. Un lobo también puede matar en exceso después de un período de hambre. La idea de que el hambre puede alterar el comportamiento de las criaturas es una metáfora muy significativa de la mujer que se muere de hambre. Nueve veces de cada diez una mujer aquejada de algún problema de tipo espiritual/psicológico que la lleva a caer en las trampas y sufrir graves lesiones es una mujer que se muere de hambre o que ha sufrido una intensa hambre del alma en el pasado.

Entre los lobos el hambre se produce cuando nieva mucho y no es posible obtener ninguna presa. Los venados y los caribúes actúan de máquinas quitanieves; los lobos siguen su rastro a través de la nieve.

Cuando los venados se quedan aislados a causa de las intensas nevadas, no hay huellas; entonces los lobos también se quedan aislados. Y se produce el hambre. Para los lobos la época más peligrosa es el invierno. En el caso de la mujer, el hambre puede producirse en cualquier momento y proceder de cualquier lugar, incluida su propia cultura.

En el caso del lobo, el hambre suele terminar en primavera cuando se inicia el deshielo. Después de un período de hambre la manada quizá se entregue a un frenesí de matanzas. Sus miembros no se comerán buena parte de las piezas que maten y tampoco la guardarán en un escondrijo. La dejarán donde está. Matan mucho más de lo que comen y mucho más de lo que jamás puedan necesitar (3). Un proceso muy parecido se produce cuando una mujer es capturada y se muere de hambre. Cuando se ve repentinamente libre de ir, hacer o ser, corre el peligro de entregarse también a una orgía de excesos… y se siente con derecho a hacerlo. La niña del cuento de hadas también se siente con derecho a entrar en posesión de los perjudiciales zapatos rojos a cualquier precio. El hambre hace que el juicio se obnubile.

Por consiguiente, cuando el preciado tesoro de la vida del alma de una mujer arde hasta convertirse en ceniza, en lugar de sentirse animada por la ilusión, una mujer se siente dominada por la voracidad. Así, por ejemplo, sí a una mujer no se le permite esculpir, es posible que de pronto se ponga a esculpir día y noche, pierda el sueño, prive a su ¡nocente cuerpo del alimento, ponga en peligro su salud y quién sabe cuántas cosas más. Es posible que no pueda permanecer despierta un momento más; entonces recurre a las drogas, pues cualquiera sabe cuánto tiempo podrá ser libre.

El hambre del alma alcanza también a los atributos del alma creatividad, la conciencia sensorial y otras facultades instintivas. Si una mujer tiene que ser una señora de esas que se sientan con las rodillas juntas, ha sido educada para desmayarse en presencia del lenguaje soez y nunca se le ha permitido beber otra cosa que no fuera leche pasteurizada, cuando de repente se ve libre experimenta el impulso de desmandarse. De pronto no para de beber gin—fizz, se repantiga en los asientos como un marinero borracho y su lenguaje es capaz de arrancar la pintura de las paredes. Después de un período de hambre, la mujer teme que la vuelvan a capturar algún día. Y entonces decide aprovechar todo lo que puede (4).

Las matanzas excesivas o los comportamientos desmedidos son propios de las mujeres que tienen hambre de una vida que para ellas tenga sentido. Cuando una mujer ha vivido prolongados períodos de tiempo sin sus ciclos y sin satisfacer sus necesidades creativas, se desmanda en toda una serie de cosas como el alcohol, las drogas, la cólera, la espiritualidad, la opresión a los demás, la promiscuidad, los embarazos, el estudio, la creación, el control, la educación, la disciplina, el fitness corporal, la comida basura, por citar sólo algunos de los excesos más habituales. Cuando las mujeres hacen estas cosas, significa que quieren compensar la pérdida de los ciclos normales de la expresión del yo, de la expresión del alma y de la satisfacción del alma.

La mujer que se muere de hambre sufre un período de hambruna tras otro. A lo mejor, planea escapar, pero cree que el precio de la huida es demasiado alto, que le costará demasiada libido y demasiada energía. Es posible que tampoco esté bien preparada en otros sentidos, como, por ejemplo, los factores educativos, económicos y espirituales. Por desgracia, la pérdida del tesoro y el vivo recuerdo del hambre pasada puede inducirnos a pensar que los excesos son deseables. No cabe duda de que es un alivio y un placer poder disfrutar finalmente de una sensación… de cualquier clase de sensación.

Una mujer que acaba de librarse del hambre sólo quiere disfrutar de la vida para variar. Pero, de hecho, sus adormecidas percepciones acerca de los límites emocionales, racionales, físicos, espirituales y económicos necesarios para la supervivencia la ponen en una situación de peligro. En algún lugar la esperan unos resplandecientes y perjudiciales zapatos rojos. Y se adueñará de ellos dondequiera que los encuentre. Eso es lo malo del hambre. Si algo le parece capaz de saciar su anhelo, la mujer lo tomará sin discusión.


Trampa 4: La lesión del instinto de conservación,

la consecuencia de la captura

El instinto es algo muy difícil de definir, pues sus configuraciones son invisibles y aunque intuyamos que éstas forman parte de la naturaleza humana desde tiempos nadie sabe muy bien donde se alojan desde un punto de vista neurológico o cómo influyen exactamente en nosotros. Desde un punto de vista psicológico Jung aventuró la hipótesis según la cual los instintos derivaban del inconciente psicoide, de un estrato de la psique en el que la biología y el espíritu se rozan. Tras una cuidadosa reflexión, yo he llegado a tener la misma opinión e incluso me atrevo a decir que el instinto creativo en particular es el lenguaje lírico del Yo en la misma medida en que lo es la simbología de los sueños.

Etimológicamente la palabra “instinto” deriva del verbo latino instinguere, que significa “instigar”, “estimular” y también del vocablo instinctus, que significa “impulso”, “instigación”. La idea del instinto se puede valorar positivamente como un algo interior que, mezclado con la premeditación y la conciencia, guía a los seres humanos hacia una conducta integral. Una mujer nace con todos los instintos intactos.

Aunque se podría decir que la niña del cuento se ha visto arrastrada a un nuevo ambiente en el que se suaviza su aspereza y se eliminan las dificultades de su vida, lo que ocurre en realidad es que cesa su individuación y se detiene su impulso de desarrollo. Y, cuando la anciana, la presencia aniquiladora, considera que la obra del espíritu creativo es un desecho y no una riqueza, la niña se refugia en el silencio y se entristece, tal como suele ocurrir cuando el espíritu creativo se aleja de la vida del alma natural. Peor todavía, el instinto de la niña de escapar de aquella apurada situación queda totalmente anulado. En lugar de aspirar a una nueva vida, se sienta en un charco psíquico de pegamento. El hecho de no huir cuando ello es absolutamente necesario provoca depresión. Otra trampa.

Podemos llamar al alma lo que gustemos, nuestro matrimonio con lo salvaje, nuestra esperanza para el futuro, nuestra desbordante energía, nuestra pasión creativa, nuestra manera, lo que nosotras hacernos, el Amado, el novio salvaje, la “pluma en el aliento de Dios” (5). Cualesquiera que sean las palabras o las imágenes que utilicemos para designar este proceso de nuestra vida, eso es lo que ha sido capturado. Por esta razón el espíritu creativo de la psique se siente tan desvalido.

A través de diversos estudios de la fauna salvaje, se ha descubierto que distintas especies de animales cautivos —por muy amorosamente que se hayan construido los lugares que ocupan en los zoos y por mucho que los quieran sus cuidadores humanos, tal como efectivamente ocurre— son a menudo incapaces de procrear, sus apetitos de alimento y descanso se tuercen y sus conductas vitales quedan reducidas al letargo, al malhumor o a una inoportuna agresividad. Los zoólogos llaman a esta conducta de los animales cautivos “depresión animal”. Cada vez que se encierra una criatura en una jaula, sus ciclos naturales del sueño, de la selección de la pareja, el celo, el acicalamiento, el apareamiento, etc., se deterioran. Y, cuando se pierden los ciclos naturales, se produce el vacío. El vacío no equivale a la plenitud, tal como ocurre en el concepto budista del vacío sagrado, sino que es más bien algo así como estar dentro de una caja cerrada sin ventanas.

Por consiguiente, cuando una mujer entra en la casa de la anciana reseca, pierde la determinación y experimenta el efecto de unas emanaciones nocivas, del tedio, de las simples depresiones y de unos repentinos estados de ansiedad similares a los síntomas que registran los animales cuando la captura y los traumas los han dejado aturdidos.

Una excesiva domesticación apaga los fuertes y fundamentales impulsos del juego, de la relación, el enfrentamiento con las dificultades, el vagabundeo, la comunicación, etc. Cuando una mujer accede a ser demasiado “bien educada”, los instintos de estos impulsos se ocultan en su más oscuro inconciente, lejos de su alcance automático. Se dice entonces que sus instintos están heridos. Lo que tendría que producirse de una manera natural no se produce en absoluto o sólo se produce después de demasiados tirones y sacudidas, explicaciones racionales y luchas consigo misma.

Al definir el exceso de domesticación con el término de captura, no me refiero a la socialización, es decir, al proceso mediante el cual se enseña a los niños a comportarse de una manera más o menos civilizada. El desarrollo social reviste una importancia decisiva. Sin él, una mujer no podría abrirse camino en el mundo.

Pero un exceso de domesticación es como prohibir bailar a la esencia vital. En el estado saludable que le es propio, el yo salvaje no es dócil ni estúpido. Está alerta y reacciona en cualquier momento y ante cualquier movimiento. No está encerrado en una sola pauta absoluta y repetida, válida para todas las circunstancias. Tiene una opción creativa. La mujer cuyo instinto está herido no tiene ninguna opción. Simplemente se queda atascada.

Hay muchas maneras de quedarse atascada. La mujer que tiene el instinto herido suele delatarse porque le cuesta pedir ayuda o reconocer sus propias necesidades. Sus instintos naturales de lucha o de huida están drásticamente reducidos o se han extinguido. El reconocimiento de las sensaciones de satisfacción, disgusto, recelo y cautela y el impulso de amar plena y libremente están inhibidos o exagerados.

Como en el cuento, uno de los más insidiosos ataques al yo salvaje consiste en inducir a la mujer a comportarse como es debido dándole a entender que recibirá una (hipotética) recompensa. Aunque este método puede (subrayo el “puede”) inducir transitoriamente a una niña de dos años a ordenar su habitación (y a no tocar sus juguetes hasta que no haya hecho la cama) (6), jamás de los jamases dará resultado en la existencia de una mujer vital. A pesar de que la coherencia, el cumplimiento de una acción hasta el final y la organización son esenciales para el desarrollo de la vida creativa, la perentoria orden de la anciana de comportarse “con corrección” destruye cualquier oportunidad de desarrollo.

La arteria central, el núcleo, el tronco cerebral de la vida creativa es el juego, no la corrección. El impulso de jugar es un instinto. Si no hay juego, no hay vida creativa. Si eres buena, no hay vida creativa, Si te sientas quietecita, no hay vida creativa. Si sólo hablas, piensas y actúas con discreción, habrá muy poco jugo creativo. Cualquier grupo, sociedad, institución u organización que anime a la mujer a denostar lo excéntrico; a recelar de lo nuevo e insólito; a evitar lo ardiente, lo vital, lo innovador; a despersonalizar lo personal, está pidiendo una cultura de mujeres muertas.

Janis Joplin, la cantante de blues de los años sesenta, es un buen ejemplo de mujer fiera cuyos instintos resultaron heridos por las fuerzas que aplastaron su espíritu. Su vida creativa, su inocente curiosidad, su amor a la vida y su actitud un tanto irreverente en relación con el mundo en los años de su desarrollo fueron despiadadamente censurados por sus profesores y por muchas de las personas que la rodeaban en la sureña comunidad baptista blanca de su época, en la que tanto se ensalzaban las virtudes de la “buena chica”.

A pesar de que era una excelente estudiante y una pintora de considerable talento, las demás chicas la sometieron a ostracismo por no llevar maquillaje (7) y lo mismo hicieron sus vecinos por su afición a subir a la cumbre de una rocosa colina de las afueras de la ciudad para cantar con sus amigos y por su interés por la música de jazz. Cuando al final huyó al mundo del blues, estaba tan muerta de hambre que ya no supo comprender cuándo tenía que detenerse. Sus límites eran muy inestables, es decir, carecía de límites en cuestión de sexo, alcohol y drogas (8).

Hay algo en Bessie Smith, Anne Sexton, Edith Piaf, Marilyn Monroe y Judy Garland que sigue la misma pauta de instinto herido que es propia del hambre del alma: el intento de “encajar”, su conversión en alcoholizadas, su incapacidad de detenerse (9). Podríamos elaborar una lista muy larga de mujeres de talento con el instinto herido que, en el vulnerable estado en que se encontraban, tomaron unas decisiones muy desacertadas. Como la niña del cuento, todas ellas perdieron por el camino sus zapatillas hechas a mano y llegaron hasta los perjudiciales zapatos rojos. Todas se morían de tristeza, pues estaban hambrientas de alimento espiritual, de relatos del alma, de naturales vagabundeos, de adornos personales de acuerdo col ‘u’ necesidades, de aprendizaje divino y de una sana y sencilla sexualidad. Pero eligieron sin querer los zapatos malditos —las creencias, las acciones, las ideas que provocaron el progresivo deterioro de su vida— y éstos las convirtieron en unos espectros entregados a una danza enloquecida.

No puede subestimarse la posibilidad de que la lesión del instinto sea la causa de la conducta de las mujeres cuando éstas se comportan como si estuvieran locas, cuando se sienten dominadas por las obsesiones o se quedan atascadas en unas pautas de conducta menos perjudiciales, pero no por ello menos destructivas. La curación de los instintos heridos empieza con el reconocimiento de que se ha producido una captura seguida de un hambre del alma y que se han alterado los límites de la perspicacia y la protección. El proceso que dio lugar a la captura de una mujer y a la consiguiente hambre del alma se tiene que invertir. Pero, primero, muchas mujeres pasan por las siguientes fases que se describen en el cuento.

Trampa 5: El subrepticio intento

de llevar una vida secreta, de estar dividida en dos

En esta parte del cuento la niña va a ser confirmada y la llevan al zapatero para que le haga unos zapatos. El tema de la confirmación es un añadido relativamente moderno. Desde un punto de vista arquetípico, es muy probable que “Las zapatillas rojas” sea un fragmento repetidamente retocado de un relato o un mito mucho más antiguo acerca del inicio de la menarca y de una vida menos protegida por la madre; en el caso de una joven a la que, en años anteriores, sus parientes de sexo femenino han enseñado a ser conciente y a reaccionar ante el mundo exterior (10).

Se dice que en las culturas matriarcales de la antigua India, del antiguo Egipto y de ciertas partes de Asia y de Turquía —que, según se cree, han influido en nuestro concepto del alma femenina al difundirse en un territorio de miles de kilómetros de extensión— la entrega de alheña y de otros pigmentos rojos a las muchachas para que se pudieran teñir los pies con ellos era la característica esencial de los ritos de iniciación (11). Uno de los más importantes ritos de iniciación se refería a la primera menstruación. El rito celebraba el paso de la infancia a la Prodigiosa capacidad de extraer la vida del propio vientre y de poseer el correspondiente poder sexual y todos los poderes femeninos periféricos. La ceremonia se centraba en la sangre roja en todas sus fases: la sangre uterina de la menstruación, la del alumbramiento de un niño y la del aborto, todas ellas fluyendo hacia los pies. como se puede ver, las zapatillas rojas iniciales tenían muchos significados.

La referencia al día de los Inocentes también es un añadido posterior. Guarda relación con una festividad cristiana que, en Europa, acabó eclipsando las más arcaicas celebraciones del solsticio de invierno del antiguo mundo pagano. Durante las más remotas celebraciones paganas, las mujeres llevaban a cabo unos rituales de purificación del cuerpo femenino y del espíritu del alma femenina como preparación de la nueva vida figurativa y literal de la inminente primavera. Los ritos podían incluir lamentaciones colectivas por los embarazos malogrados (12), incluidos la muerte de un niño o el aborto espontáneo, los partos de fetos muertos, los abortos provocados y otros importantes acontecimientos de la vida sexual y reproductiva femenina del año anterior (13).

Ahora se produce en el cuento uno de los más reveladores episodios de la represión psíquica. El voraz deseo de alma de la niña quiebra los listones de sus resecos comportamientos. En la tienda del zapatero se apodera subrepticiamente de los extraños zapatos rojos sin que la anciana se dé cuenta. Un hambre voraz de vida del alma ha aflorado a la superficie de la psique, y se apodera de todo aquello que tiene a mano, pues sabe que muy pronto volverá a ser reprimida.

Este explosivo “hurto” psicológico se produce cuando una mujer empuja considerables partes del yo hacia las sombras de la psique. Según la visión de la psicología analítica, la represión tanto de los instintos, impulsos y sentimientos negativos como la de los positivos da lugar a que éstos habiten en un reino de sombras. Mientras el ego y el superego intentan seguir censurando los impulsos de la sombra, la misma presión generada por la represión parece algo así como una burbuja en la pared lateral de un neumático. Al final, cuando el neumático empieza a dar vueltas y se calienta, la presión que hay detrás de la burbuja se intensifica y da lugar a que ésta estalle hacia fuera, liberando todo su contenido interior.

La sombra actúa de una manera muy parecida. Por eso una persona avara puede sorprender a todo el mundo donando de repente varios millones de dólares a un orfelinato. Por eso una persona normalmente dulce es capaz de sufrir un arrebato y comportarse como una persona enloquecida. Descubrimos que, abriendo un poco la puerta del reino de la sombra y dejando escapar poco a poco algunos elementos, estableciendo una relación con ellos, buscándoles un uso y entablando negociaciones, podemos disminuir el riesgo de ser sorprendidas por los ataques subrepticios y las inesperadas explosiones de la sombra.

Aunque los valores varían de cultura a cultura y arrojan distintos matices “negativos” y “positivos” sobre la sombra, los típicos impulsos que se consideran negativos y que, por consiguiente y se relegan al reino de la sombra son los que inducen a una persona a robar, engañar, asesinar, actuar con exageración y cosas por el estilo. Los aspectos negativos de la sombra tienden a ser extrañamente excitantes a pesar de su carácter entrópico, por cuyo motivo arrebatan el equilibrio, la ecuanimidad y la vida de los individuos, las relaciones y los grupos.

Pero la sombra también puede contener los divinos, deliciosos, bellos y poderosos aspectos de la personalidad. Sobre todo en el caso de las mujeres, la sombra contiene casi siempre unos aspectos muy hermosos del ser que la cultura ha prohibido o a los que apenas presta apoyo. En el fondo del pozo de la psique de demasiadas mujeres se encuentra la creadora visionaria, la astuta narradora de cuentos, la previsora, la que sabe hablar bien de sí misma sin menosprecio, la que puede mirarse a la cara sin pestañear, la que se esfuerza por mejorar su arte. Los impulsos positivos de la sombra en las mujeres de nuestra cultura suelen girar a menudo en torno al permiso para crear una vida hecha a mano.

Estos aspectos descartados, menospreciados e “inaceptables” del alma y el yo no se limitan a permanecer ocultos en la oscuridad, sino que más bien se dedican a conspirar con el fin de establecer cómo y cuándo entrarán en acción para poder alcanzar la libertad. Borbotean en el inconciente, hierven a fuego lento hasta que un día, por muy hermética que sea la tapa que los cubre, estallan hacia fuera y hacía arriba en un desbordado torrente dotado de voluntad propia.

Entonces es, tal como decimos en nuestras remotas regiones boscosas, como intentar introducir de nuevo diez libras de barro en un saco de cinco libras. Cuesta taponar lo que ha estallado en la sombra una vez que se ha producido la detonación. Aunque hubiera sido mucho mejor haber encontrado un medio integral de vivir concientemente la alegría que nace del espíritu creativo en lugar de enterrarlo, a veces la mujer se ve empujada contra la pared y éste es el resultado.

La vida de la sombra se produce cuando las escritoras, las pintoras, las bailarinas, las madres, las buscadoras, las místicas, las estudiantes o las viajeras dejan de escribir, pintar, bailar, hacer de madres, buscar, escudriñar, aprender, hacer prácticas. Es posible que dejen de hacerlo porque aquello a lo que han dedicado tanto tiempo no ha dado el resultado que ellas esperaban o no ha recibido la acogida que se merecía 0 por otras innumerables razones. Cuando la que hace algo se detiene por el motivo que sea, la energía que fluye naturalmente de ella le desvía hacia el mundo subterráneo, en el que aflora dónde y cuándo Puede. Sabiendo que en pleno día no puede emprender con ímpetu cualquier cosa que desee, la mujer empieza a llevar una extraña doble vida, fingiendo una cosa en las horas diurnas y actuando de otra Manera cuando tiene ocasión.

Cuando la mujer trata de comprimir su vida en un pulcro y precioso paquetito, lo único que consigue es empujar a presión toda su energía vital hacia la sombra. “Estoy bien, muy bien”, dice la mujer, La miramos desde el otro lado de la estancia o reflejada en el espejo, Sabemos que no está bien. Más adelante, un día nos enteramos de que se ha liado con un intérprete de flautín y se ha largado a Tippicanoe para convertirse en una reina de salón de billar. Y nos preguntarnos qué ha ocurrido, pues sabemos que ella aborrece a los intérpretes de flautín y siempre quiso vivir en la isla de Orcas y no en Tippicanoe y jamás nos había comentado nada acerca de los salones de billar.

Como la Hedda Gabler de la obra de Henrik lbsen, la mujer salvaje puede simular vivir “una existencia corriente” mientras rechina los dientes, pero siempre hay que pagar un precio. Hedda tiene una peligrosa y apasionada vida secreta y juega con un ex amante y con la Muerte. Por fuera finge estar encantada de tocarse con sombreritos y de escuchar los comentarios de su reseco marido acerca de la aburrida vida que lleva. Una mujer puede ser exteriormente educada e incluso cínica mientras se desangra por dentro.

O, como Janis Joplin, puede intentar adaptarse hasta que ya no puede más, en cuyo caso su naturaleza creativa, corroída y asqueada por el hecho de verse obligada a descender a la sombra, estalla violentamente para rebelarse contra los dogmas de a “buena crianza”, actuando con una imprudencia que pone en peligro sus cualidades y su vida.

Se lo puede llamar como se quiera, pero el hecho de vivir una existencia secreta porque a la verdadera no se le da espacio suficiente para prosperar es muy duro para la vitalidad de las mujeres. Las mujeres capturadas y muertas de hambre roban toda suerte de cosas: roban libros y músicas censurados, roban amistades, sensaciones sexuales, afiliaciones religiosas. Roban pensamientos furtivos, sueños de revolución. Roban tiempo de sus parejas y sus familias. Roban un tesoro y lo introducen subrepticiamente en su casa. Roban el tiempo de escribir, el tiempo de pensar y el tiempo del alma. Introducen subrepticiamente un espíritu en la alcoba, un poema antes del trabajo, roban un brinco o un abrazo cuando nadie mira.

Para apartarse de este camino polarizado, la mujer tiene que abandonar el fingimiento. Vivir una existencia falsificada del alma jamás da resultado. Siempre estalla el neumático cuando una menos lo espera. Entonces no hay más que tristeza a nuestro alrededor. Vale más levantarse, permanecer de pie por muy sencillo que sea el estrado, vivir al máximo y lo mejor que se pueda y dejar de robar falsificaciones. Tenemos que buscar lo que es significativo y saludable para nosotras.

En el cuento, la niña escamotea los zapatos ante la anciana con mala vista para indicar que el reseco y perfeccionista sistema de valores carece de capacidad para examinar las cosas con detenimiento y estar atento a lo que ocurre a su alrededor. Es típico que la psique interior herida y también la cultura no se percaten de la aflicción personal del yo. La niña hace una nueva elección equivocada en una larga lista de equivocaciones.

Supongamos que el primer paso hacia la trampa, el hecho de subir al carruaje dorado, lo diera por ignorancia. Supongamos que el hecho de abandonar el fruto de su trabajo manual fuera una imprudencia típica de los que carecen de experiencia en la vida. Pero ahora quiere los zapatos del escaparate del zapatero y, curiosamente, este impulso hacia la nueva vida es justo y apropiado, pues la niña se ha pasado demasiado tiempo en casa de la anciana, por lo que sus instintos no dan la voz de alarma cuando hace esta mortal elección. De hecho, el zapatero conspira con ella. Le guiña el ojo y sonríe ante su desdichada elección. juntos toman subrepticiamente los zapatos rojos.

Las mujeres engañan de esta manera. Se deshacen del tesoro cualquiera que éste sea, pero roban trastos aquí y allá siempre que pueden. ¿Están escribiendo? Sí, pero en secreto, lo cual significa que no cuentan con ningún apoyo e ignoran los efectos de lo que hacen. ¿La estudiante quiere vivir su vida? Sí, pero en secreto, lo cual quiere decir que no tendrá ninguna ayuda ni ninguna guía. ¿La actriz se arriesga a ofrecer una actuación completamente original, o presenta pálidas imitaciones que la convierten en un remedo en lugar de ser un modelo? ¿Y qué decir de la ambiciosa mujer que finge no ser ambiciosa, pero que se muere de ganas de conseguir logros para sí misma, para los suyos para su mundo? Es una ardiente soñadora, pero se limita a seguir afanosamente hacia delante en silencio. Es terrible no tener un confidente, una guía, alguien que la anime un poquito.

Es muy difícil arrancar pequeños retazos de vida de esta manera, pero muchas mujeres lo hacen a diario. Cuando una mujer se siente obligada a robar subrepticiamente la vida, significa que está viviendo al límite de la subsistencia. Roba la vida cuando los oye a ellos, quienesquiera que sean los “ellos” de su vida. Actúa con aparente calma y desinterés, pero dondequiera que haya una rendija de luz, su moribundo yo pega un salto, corre hacia la más cercana forma de vida, se anima, suelta una coz hacia atrás, se abalanza como una loca, baila como una tonta, se agota e intenta regresar a la negra celda antes de que alguien se dé cuenta de que se ha ido.

Es lo que hacen las mujeres cuyos matrimonios son insatisfactorios. Es lo que hacen las mujeres a quienes se obliga a sentirse inferiores. Lo hacen también las mujeres que se avergüenzan, que temen el castigo, el ridículo o la humillación, las que tienen el instinto herido. El robo es bueno para la mujer capturada sólo sí roba lo apropiado, sólo si eso la conduce a su liberación. Esencialmente, el hecho de robar cosas buenas y satisfactorias y sustanciosos pedazos de vida hace que el alma experimente con más vehemencia que nunca el deseo de dejar de robar y de ser libre de llevar la vida que ella estime conveniente a la vista de todo el mundo.

Como se ve, hay algo en el alma salvaje que no nos permite subsistir para siempre con retazos fragmentarios de vida, pues, en realidad es de todo punto imposible que la mujer que aspira a la conciencia robe pequeñas bocanadas de aire puro y después se conforme sólo con eso. ¿Recuerdas cuando eras niña y descubriste que no podías matarte conteniendo la respiración? Por mucho que intentemos aspirar un mínimo de aire o ninguno en absoluto, un poderoso fuelle asume el mando, algo violento y exigente que, al final, nos obliga a aspirar el aire a la mayor rapidez posible. Inhalamos con ansia y nos llenamos los pulmones hasta que volvemos a respirar con normalidad.

Por suerte, en la psique/alma hay algo muy parecido. Se apodera de nosotras y nos obliga a aspirar grandes bocanadas de aire puro. Sabemos que no podemos subsistir robando sorbitos de vida. La fuerza salvaje del alma femenina exige tener acceso a toda la vida. Podemos permanecer en estado de alerta y ver las cosas que son adecuadas para nosotras. El zapatero del cuento prefigura al viejo soldado que, más adelante en el cuento, hace cobrar vida a los zapatos que obligan a la niña a bailar hasta enloquecer. Hay demasiadas coincidencias entre este personaje y lo que sabemos acerca del antiguo simbolismo como para pensar que se trata de un inocente espectador. El depredador natural del interior de la psique (y también el de la cultura) es una fuerza que cambia de forma y puede disfrazarse de la misma manera que las trampas, las jaulas y los cebos envenenados se disfrazan para poder atraer a las incautas. Recordemos que el zapatero engaña a la anciana como quien gasta una broma.

No, lo más probable es que esté en connivencia con el viejo soldado, el cual es, naturalmente, una representación del demonio disfrazado (14) . Antaño el demonio, el soldado, el zapatero, el jorobado y otras figuras se utilizaban para simbolizar las fuerzas negativas tanto en la naturaleza terrestre como en la naturaleza humana (15).

Aunque podríamos sentirnos justamente orgullosas de que el alma fuera lo bastante valiente para atreverse a robar subrepticiamente algo en semejantes condiciones de sequía, está claro que esta circunstancia por sí sola no puede ser la única. Una psicología integral tiene que incluir no sólo el cuerpo, la mente y el espíritu sino también la cultura y el ambiente. Bajo esta luz debemos preguntarnos en cada nivel cómo es posible que una mujer individual comprenda que tiene que rebajarse, retroceder, arrastrarse por el suelo y, suplicar una vida que es suya de entrada. ¿Qué es lo que, en cualquier cultura, exige tal cosa? El examen de las presiones creadas por las distintas capas de los mundos interior y exterior evitará que una mujer crea que el hecho de apoderarse subrepticiamente de los zapatos del demonio es de alguna manera una elección constructiva.

Trampa 6.— El temor ante lo colectivo, la rebelión de la sombra

La niña se apodera subrepticiamente de los zapatos rojos, se va a la iglesia haciendo caso omiso del revuelo que se arma a su alrededor y es denostada por la comunidad. Los habitantes de la aldea “hablan” de ella. La castigan. Le arrebatan los zapatos. Pero ya es demasiado tarde, está atrapada. Aún no se trata de una obsesión sino más bien de que la comunidad provoca y fortalece su hambre interior exigiéndole capitular ante su estrechez de miras.

Se puede intentar llevar una vida secreta, pero más tarde o más temprano el super—ego, un complejo negativo y/o la propia cultura se nos echarán encima. Es difícil esconder algo que los demás no aprueban y que nosotras deseamos con ansia. Es difícil esconder los placeres robados aunque no nos proporcionen alimento.

Lo propio de los complejos y de las culturas negativas es echarse encima de todo lo que se aparta de la conducta aceptable establecida por la sociedad y revela los impulsos divergentes del individuo.

De la misma manera que algunas personas se ponen furiosas cuando ven una simple hoja en el suelo, el juicio negativo saca su sierra para amputar cualquier miembro que no se adapte a la norma.

A veces la colectividad ejerce presión sobre una mujer para que sea una “santa”, para que sea instruida y políticamente correcta, para que lo tenga todo “bien junto y ordenado” de tal manera que cada uno de sus esfuerzos sea una obra perfecta. Si nos acobardamos ante la colectividad y nos sometemos a las presiones que ésta ejerce para que nos adaptemos estúpidamente a sus normas, nos salvaremos del exilio, pero, al mismo tiempo, pondremos traidoramente en peligro nuestras vidas salvajes.

Algunos piensan que ya pasó la época en que se maldecía a la mujer salvaje y, cuando ésta se comportaba de acuerdo con el yo natural de su alma, se la calificaba de “equivocada” y de “mala”. Pero no es así. Lo que ha cambiado son los tipos de conducta que se consideran `incontrolados” en el caso de las mujeres. Por ejemplo, hoy en día en distintos lugares del mundo, si una mujer adopta una postura política, social, espiritual, familiar o medioambiental, si se atreve a decir que el rey va desnudo o si habla en nombre de los que sufren o los que no tienen voz, con demasiada frecuencia se examinan sus motivos para averiguar si se ha “desmadrado”, es decir, si se ha vuelto loca.

El destino final de una niña salvaje nacida en el seno de una comunidad rígida es la ignominia de verse esquivada por los demás. Los que la esquivan tratan a la víctima como si no existiera. Le niegan el interés espiritual, el amor y otras necesidades psíquicas. El propósito de todo ello es obligarla a adaptarse a las normas so pena de matarla espiritualmente y/o expulsarla de la aldea para que languidezca hasta morir en el desierto.

Si se esquiva a una mujer, ello se debe casi siempre a que ha hecho o está apunto de hacer algo de carácter salvaje, las más de las veces algo tan sencillo como expresar una opinión ligeramente distinta o vestirse con un color considerado impropio, es decir, se debe tanto a cosas muy pequeñas como a cosas grandes. Hay que recordar que una mujer oprimida no es que se niegue a encajar sino que no puede encajar sin morir al mismo tiempo. Está en juego su integridad espiritual, por lo cual tratará de liberarse por todos los medios a su alcance por muy peligrosos que éstos sean.

Veamos un ejemplo reciente. Según la CNN, al principio de la Guerra del Golfo las mujeres musulmanas de la Arabia Saudí, a las que estaba vedado conducir vehículos por motivos religiosos, subieron a los automóviles y se pusieron al volante. Después de la guerra, las mujeres fueron llevadas ante unos tribunales que condenaron su conducta y, finalmente, después de muchos interrogatorios y reproches, fueron entregadas a la custodia de sus padres, hermanos o maridos, quienes tuvieron que prometer mantenerlas en cintura en el futuro.

Éste es un ejemplo de la huella de vida y prosperidad que deja una mujer en un mundo enloquecido que la tacha de escandalosa, insensata e incontrolada. A diferencia de la niña del cuento que se deja dominar por el reseco mundo que la rodea, a veces la única alternativa que le queda a una mujer si no quiere acobardarse ante una comunidad apergaminada consiste en llevar a cabo un acto de valentía. Este acto no tiene por qué ser necesariamente un terremoto. Valentía significa seguir los impulsos del corazón. Hay millones de mujeres que cada día llevan a cabo actos de gran valentía. No se trata sólo del acto individual que transforma una reseca comunidad sino de la repetición de los actos. Tal como me dijo una vez una)oven monja budista “Las 90 tas de agua traspasan la piedra”.

Además, hay en casi todas las comunidades un aspecto oculto que fomenta la opresión de las vidas salvajes, espirituales y creativas de mujeres. Dicha opresión consiste en animar a las mujeres a “delatarse” mutuamente y a someter a sus hermanas (o hermanos) a unas restricciones que no reflejan la capacidad de relación presente en los valores familiares de la naturaleza femenina. La presión de la sociedad obliga no sólo a que una mujer delate a otra y la exponga por tanto a un castigo por comportarse de una manera femenina integral, por horrorizarse o manifestar su disconformidad ante las injusticias, sino también a que las mujeres de más edad colaboren en la opresión física, mental y espiritual de las más jóvenes, las menos poderosas o las más desvalidas, y a que las más jóvenes se nieguen a atender las necesidades de las que son Mucho mayores que ellas.

Cuando una mujer se niega a apoyar a una comunidad reseca, se niega a abandonar sus pensamientos salvajes y actúa de acuerdo con ellos. El cuento de “Las zapatillas rojas” nos enseña esencialmente que tenemos que proteger debidamente la psique salvaje, valorándola inequívocamente nosotras mismas, hablando en su nombre, negándonos a someternos a la enfermedad psíquica. También nos enseña que lo salvaje, por su belleza y energía, siempre es visto por alguien, por algún grupo o comunidad, como un trofeo o como algo que se tiene que reducir, modificar, ser sometido a normas, asesinado, rediseñado o controlado. Lo salvaje siempre necesita un vigilante en la puerta so pena de que no se utilice como es debido.

Cuando una comunidad es hostil a la vida natural de una mujer, en lugar de aceptar las etiquetas peyorativas o irrespetuosas que se le aplican la mujer puede y debe —como el patito feo— resistir y aguantar buscando el lugar que le corresponde y, a ser posible, vivir más y superar la prosperidad y la creatividad de aquellos que la habían denigrado.

El problema de la niña de las zapatillas rojas consiste en que, en lugar de adquirir fuerza para la lucha, se pierde en bobadas, seducida por el romanticismo de aquellos zapatos rojos. Lo importante de la rebelión es que la forma que asuma sea eficaz. La atracción que ejercen en la niña los zapatos rojos le impide, en realidad, protagonizar una rebelión significativa, capaz de promover un cambio, de transmitir un mensaje y provocar un despertar.

Ojalá pudiera decir que hoy en día las trampas para mujeres ya no existen o que las mujeres son tan listas que ven las trampas desde lejos. Pero no es así. El depredador está todavía presente en la cultura y sigue tratando de socavar y destruir toda conciencia y todos los intentos de alcanzar la plenitud. El dicho según el cual las libertades tienen que reconquistarse cada veinte años encierra una gran verdad. A veces, parece que hay que conquistarlas cada cinco minutos.

Sin embargo, la naturaleza salvaje nos enseña que tenemos que enfrentarnos a los desafíos a medida que se van produciendo. Cuando los lobos son acosados no dicen “¡Oh, no! ¡Ya estamos otra vez!”. Saltan, brincan, corren, se lanzan, se echan a la garganta, hacen lo que tienen que hacer. Por consiguiente, no debemos escandalizarnos por el hecho de que se produzca una entropía y un deterioro y de que haya que pasar por momentos difíciles. Las cuestiones que tienden una trampa a la alegría de las mujeres siempre cambiarán de forma y de aspecto, pero, en nuestra naturaleza esencial, encontraremos toda la fuerza y la libido necesarias para llevar a cabo los actos imprescindibles del corazón.

Trampa 7: La simulación, el intento de ser buena,

la normalización de lo anormal

A medida que se desarrolla el cuento, la niña es castigada por el hecho de ir a la iglesia calzada con zapatos rojos. Contempla los zapatos rojos del estante, pero no los toca. Hasta ahora ha intentado prescindir de la vida del alma, pero no le ha dado resultado. Después ha intentado llevar una doble vida, pero tampoco ha podido. Ahora, como último recurso, “procura ser buena”.

El problema del “ser buena” al máximo consiste en que no resuelve la cuestión subyacente de la sombra, por cuyo motivo surgirá de nuevo como un tsunami, una ola gigante, o un torrente desbordado, destruyendo todo lo que encuentre a su paso. Cuando “es buena”, la mujer cierra los ojos a todo lo que, a su alrededor, es inflexible, deformado o perjudicial y se limita a “ir aguantando”. Sus intentos de aceptar este estado anormal dañan ulteriormente sus instintos de reaccionar, señalar, cambiar y producir un impacto en lo que no está bien, lo que no es justo.

Anne Sexton escribió un poema acerca de “Las zapatillas rojas” titulado precisamente “Las zapatillas rojas”:

Estoy en el centro

de una ciudad muerta

y me anudo las zapatillas rojas…

No son mías.

Son de mi madre.

Y de su madre.

Transmitidas como una herencia,

pero escondidas como cartas vergonzosas.

La casa y la calle que les corresponden

están escondidas y todas las mujeres también

están escondidas…

El hecho de ser buena, ordenada y obediente en presencia del peligro interior o exterior o con el fin de ocultar una grave situación de la psique o de la vida real priva a una mujer de su alma. La aísla de su sabiduría y de su capacidad de actuar. Como la niña del cuento que no protesta demasiado, que intenta disimular su hambre y aparentar que no arde nada en su interior, las mujeres modernas padecen el mismo trastorno consistente en normalizar lo anormal. Se trata de un trastorno que está a la orden del día en muchas culturas. El hecho de normalizar lo anormal hace que el espíritu, que en condiciones normales se apresuraría a corregir la situación, se hunda en el tedio, la complacencia y, en último extremo, en la ceguera, tal como le ocurre a la anciana.

Se ha llevado a cabo un importante estudio que explica los efectos de la pérdida del instinto de protección en las mujeres. A principios de los años sesenta, unos científicos (16) llevaron a cabo unos experimentos con animales para averiguar algo acerca del “instinto de fuga” de los seres humanos. En uno de los experimentos conectaron unos cables eléctricos a una mitad del fondo de una jaula de grandes dimensiones de tal manera que un perro introducido en la jaula recibía una descarga cada vez que pisaba el lado derecho de la jaula. El perro aprendió rápidamente a permanecer en el lado izquierdo de la jaula.

Después se conectaron unos cables eléctricos al lado izquierdo de la jaula y se desconectó el lado derecho. A continuación se conectaron cables a todo el suelo de la jaula para que se produjeran descargas al azar de tal forma que, dondequiera que se tendiera o permaneciera de pie, el perro pudiera recibir una descarga.

En un primer tiempo, el perro se mostró confuso y, en un segundo, se aterrorizó. Finalmente, el perro se “dio por vencido” y se tendió, recibiendo las descargas tal como venían sin tratar de escapar ni de esquivarlas.

Pero el experimento aún no había terminado. Después se abrió la puerta de la jaula. Los científicos esperaban que el perro saliera corriendo, pero éste no lo hizo. A pesar de que habría podido abandonar la jaula a voluntad, el aterrorizado perro permaneció tendido. De lo cual los científicos dedujeron que, cuando una criatura se expone a la violencia, tiende a adaptarse a esta perturbación de tal forma que, cuando cesa la violencia o se le concede la libertad, el saludable instinto de huir queda notablemente mermado y, en su lugar, la criatura se queda quieta (17).

Esta normalización de la violencia en la naturaleza salvaje de las mujeres y eso que los científicos han denominado posteriormente el “desvalimiento aprendido” son lo que induce a las mujeres no sólo a permanecer al lado de sus parejas borrachas, sus patronos explotadores y los grupos que las hostigan y se aprovechan de ellas sino también a sentirse incapaces de reaccionar para defender las cosas en las que creen con todo su corazón: su arte, sus amores, sus estilos de vida y su política.

La normalización de lo anormal incluso en el caso de que no quepa la menor duda de que ello va en detrimento de la propia persona se aplica a todas las palizas que se propinan a las naturalezas físicas. emocionales, creativas, espirituales e instintivas. Las mujeres se enfrentan con esta cuestión cada vez que los demás las aturden para obligarlas a hacer otra cosa que no sea defender la vida de su alma contra las proyecciones invasoras de carácter físico, cultural o de otro tipo.

Nuestra psique se acostumbra a las descargas dirigidas contra nuestra naturaleza salvaje. Nos adaptamos a la violencia contra la sabia naturaleza de la psique. Procuramos ser buenas normalizando lo anormal y, como consecuencia de ello, perdemos nuestra capacidad de huir. Perdernos la capacidad de defender los elementos del alma y de la vida que a nuestro juicio son más valiosos. Cuando nos obsesionan los zapatos rojos, perdemos por el camino toda suerte de importantes cuestiones personales, culturales y ambientales.

Perdemos tantas cosas significativas cuando abandonamos la vida hecha a mano que necesariamente tienen que producirse toda suerte de lesiones en la psique, la naturaleza, la cultura, la familia, etc. El daño a la naturaleza es concomitante con el aturdimiento de la psique de los seres humanos. Ambos van —y deben considerarse unidos. cuando un grupo comenta lo mucho que se equivoca lo salvaje y el otro grupo replica que lo salvaje ha sufrido un agravio, hay algo que falla drásticamente. En la psique instintiva, la Mujer Salvaje contempla el bosque y ve en él un hogar para sí misma y para todos los seres humanos. Pero otros, al contemplar el mismo bosque quizá lo vean como un terreno sin árboles e imaginen sus bolsillos llenos a rebosar de dinero. Se trata de graves fracturas en la capacidad de vivir y dejar vivir de manera que todos podamos vivir.

Cuando yo era niña en los años cincuenta, en los primeros días de las agresiones industriales contra la tierra, una barcaza de petróleo Se hundió en la cuenca de Chicago del lago Michigan. Tras pasarse un día en la playa, las madres restregaban a sus hijos con el mismo entusiasmo con que solían limpiar los suelos de parquet de sus casas, pues los niños estaban enteramente manchados de gotitas de petróleo. El hundimiento de la barcaza había provocado un vertido de petróleo que se desplazaba formando grandes sábanas que parecían unas islas flotantes tan anchas y largas como manzanas de casas. Cuando chocaban contra los embarcaderos, se rompían en fragmentos que se hundían en la arena y se deslizaban hacia la orilla bajo las olas. Durante muchos años la gente no pudo nadar sin cubrirse de una capa de porquería de color negro. Los niños que construían castillos de arena recogían de repente un puñado de gomoso petróleo. Los enamorados ya no podían rodar sobre la arena. Los perros, los pájaros, la vida acuática y la gente, todo el mundo sufría.

Recuerdo haber experimentado la sensación de que mi catedral había sido bombardeada.

La lesión del instinto, la normalización de lo anormal fue la causa de que las madres limpiaran de la mejor manera posible las manchas de aquel vertido de petróleo y, más tarde, los efectos de los ulteriores pecados de las fábricas, de las refinerías y de las fundiciones sobre sus hijos, sus coladas y el interior de sus seres queridos. A pesar de lo confusas y preocupadas que estaban, habían olvidado su justa cólera. Aunque no todas, la mayoría de ellas se había acostumbrado a no intervenir en los acontecimientos desagradables. El hecho de romper el silencio, huir de la jaula, señalar los errores y exigir un cambio era severamente castigado.

Sabemos por otros acontecimientos parecidos que se han producido a lo largo de nuestra vida que, cuando las mujeres no hablan, cuando no hablan suficientes personas, la voz de la Mujer Salvaje enmudece y, por consiguiente, en el mundo enmudece también lo natural y lo salvaje. Y, al final, enmudecen el lobo, el oso y los depredadores. Enmudecen los cantos, los bailes y las creaciones. Enmudecen el amor, las reparaciones y los abrazos. Privados del aire puro, el agua y las voces de la conciencia.

Pero en aquellos tiempos, y todavía con demasiada frecuencia hoy en día, a pesar de que las mujeres experimentaban una profunda nostalgia de la libertad salvaje, por fuera seguían fregando la porcelana con lejía, utilizando limpiahogares cáusticos, quedándose, tal como decía Sylvia Plath, “atadas a sus lavadoras Bendix”. Allí lavaban y enjuagaban sus ropas en agua demasiado caliente para la piel humana y soñaban con un mundo distinto (19). Cuando los instintos resultan heridos, los seres humanos “normalizan” repetidamente las agresiones, los actos de injusticia y de destrucción que se cometen contra ellos, sus hijos, sus seres queridos, su tierra e incluso sus dioses. Esta normalización de lo vergonzoso y lo ofensivo se rechaza restableciendo el Instinto herido. Cuando el instinto se restablece, regresa la naturaleza integral salvaje. En lugar de bailar en el bosque con los zapatos rojos hasta que la vida se convierte en una tortura absurda, podemos regresar a la vida hecha a mano, a la vida enteramente significativa, hacernos nuevamente las zapatillas, dar nuestros paseos y conversar en la forma que nos es propia.

Aunque no cabe duda de que se aprenden muchas cosas, disolviendo las propias proyecciones (eres cruel, me haces daño) y contemplando hasta qué extremo nosotras somos crueles y nos hacemos daño, la investigación no tiene en modo alguno que acabar aquí.

La trampa que hay en el interior de la trampa es pensar que todo se arregla disolviendo la proyección y buscando la conciencia que tenemos dentro. Eso es cierto algunas veces y otras no. En lugar de perder el tiempo con el paradigma de “o eso/o lo otro” —aquí afuera ocurre algo o nos ocurre algo a nosotros—, es más útil emplear un modelo de “y/y”. Este modelo tiene en cuenta la cuestión interior y la cuestión exterior, permite una investigación más exhaustiva, es mucho más curativo en todas direcciones y presta su apoyo a las mujeres para que pongan en tela de juicio el statu quo con más confianza, para que no se miren únicamente a sí mismas sino que miren también el mundo que accidental, inconciente o maliciosamente ejerce presión sobre ellas. El paradigma del “y/y” no debe utilizarse como modelo de reproche al propio yo o a los demás, sino más bien como un medio de sopesar y juzgar el sentido de la responsabilidad tanto interior como exterior y lo que se tiene que cambiar, pedir o sombrear. Detiene la fragmentación cuando una mujer trata de reparar todo lo que tiene a su alcance sin menospreciar sus propias necesidades ni apartarse del mundo.

Muchas mujeres consiguen en cierto modo resistir en estado de cautividad, pero viven media vida o un cuarto de vida o una milésima parte de vida. Lo consiguen, pero a costa de vivir amargadas hasta el fin de sus días. Es posible que se desesperen y, como un niño que se ha pasado el rato llorando desconsoladamente sin que nadie acuda a consolarlo, pueden hundirse en el silencio y en una desesperanza mortal. Después sobreviene el cansancio y la desesperación. La jaula está cerrada.

Trampa 8: La danza descontrolada, la obsesión y la adicción

La anciana ha cometido tres errores de juicio. A pesar de que, en la situación ideal, tendría que ser la guardiana y la guía de la psique, está demasiado ciega para ver la verdadera naturaleza de los zapatos que ella misma ha comprado. No puede ver la emoción de la niña ni la personalidad del hombre de la barba pelirroja que acecha en la proximidad de la iglesia.

El viejo de la barba pelirroja dio unos golpecitos a las suelas de los zapatos de la niña y aquella vibración puso en movimiento los pies de la niña y ahora ésta baila, baila con entusiasmo, pero lo malo es que no puede detenerse. Tanto la anciana, que debería actuar como guardiana de la psique, como la niña, que tendría que expresar la alegría de la psique, están separadas del instinto y del sentido común.

La niña lo ha probado todo: adaptarse a la anciana, no adaptarse, robar subrepticiamente, “ser buena”, perder el control y alejarse bailando, recuperar la compostura e intentar volver a ser buena. Aquí su intensa hambre de alma y de significado la obliga una vez más a tomar los zapatos rojos, ajustarse la hebilla e iniciar su última danza, una danza hacia el vacío de la inconciencia.

Ha normalizado una vida cruel y reseca, despertando en su sombra un anhelo todavía más grande por los zapatos de la locura. El hombre de la barba pelirroja ha despertado algo, pero no es la niña sino los zapatos del tormento. La niña empieza a girar y va perdiendo su vida de una manera que, como las adicciones, no le produce riqueza, esperanza o felicidad sino traumas, temor y agotamiento. No hay descanso para ella. Cuando penetra dando vueltas en el cementerio, un temible espíritu no le permite entrar y pronuncia una maldición contra ella: “Bailarás con tus zapatos rojos hasta que te conviertas en un espectro, en un fantasma, hasta que la piel te cuelgue de los huesos, hasta que no quede nada de ti más que unas entrañas que danzan. Bailarás de puerta en puerta por todas las aldeas y llamarás tres veces a todas las puertas y cuando la gente se asome para ver quién es, te verán y temerán que les ocurra lo mismo que a ti. Bailad, zapatos rojos, seguid bailando.” El temible espíritu la encierra de esta manera en una obsesión tan fuerte como su adicción.

La vida de muchas mujeres creativas ha seguido esta pauta. En su adolescencia, Janis Joplin intentó adaptarse a las costumbres de su pequeña localidad. Después se rebeló un poquito, subió a las colinas por la noche y cantó en ellas en compañía de “gentes del mundillo artístico”. Cuando la escuela llamó a sus padres para informarles de la conducta de su hija, la joven inició una doble vida, comportándose por fuera con discreción mientras cruzaba de noche la frontera del estado para ir a escuchar música de jazz. Fue a la universidad, enfermó gravemente a causa de su adicción a distintas sustancias, se “reformó” y trató de comportarse con normalidad. Poco a poco se hundió de nuevo en la bebida, fundó un pequeño conjunto musical, consumió distintos tipos de droga y se puso los zapatos rojos en serio. Bailó y bailó hasta morir de sobredosis a la edad de veintisiete años.

No fue su música ni sus canciones ni el desbordamiento de su vida creativa lo que la mató. Fue su falta de instinto para identificar las trampas, para darse cuenta de que ya era suficiente, para crear unos límites alrededor de su propia salud y su bienestar, para comprender que los excesos quiebran primero unos pequeños huesos psíquicos y después otros más grandes hasta que, al final, todos los apuntalamientos de la psique se derrumban y una persona deja de ser una poderosa fuerza y se convierte en un charco.

Sólo necesitaba una sabia voz interior que la animara a resistir, un retazo de instinto que la indujera a aguantar hasta que pudiera iniciar la laboriosa tarea de reconstruir el sentido y el instinto interior. Hay una voz salvaje que vive en el interior de todas nosotras y que nos susurra: “Resiste el tiempo suficiente… resiste el tiempo suficiente para que renazca tu esperanza y abandones la frialdad y las medias verdades defensivas, para que te arrastres, cinceles y te abras camino a golpes; resiste lo suficiente para ver lo que te conviene, para recuperar la fuerza, para intentar algo que dé resultado, resiste lo bastante para alcanzar la línea de meta, no importa el tiempo que tardes ni la forma en que lo hagas… “

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La adicción

ojos

imagen de Neo-Andromeda

No es la alegría de la vida la que mata el espíritu de la niña de “Las zapatillas rojas”, sino su ausencia. Cuando una mujer no es conciente del hambre que padece y de las consecuencias de utilizar vehículos y sustancias que llevan a la muerte, se pone a bailar y ya no se detiene. Tanto si se trata de cosas tales como pensamientos negativos crónicos, relaciones insatisfactorias, situaciones ofensivas, drogas o alcohol, todas ellas pueden ser como las zapatillas rojas, de las que cuesta mucho arrancar a una persona una vez se han apoderado de ella.

En esta adicción compensatoria a los excesos, la reseca anciana de la psique desempeña un destacado papel. Para empezar, estaba ciega. Luego se pone enferma. Permanece inmóvil y deja un vacío total en la psique. Al final, se muere del todo y no deja ningún territorio a salvo en la psique. Ya no hay nadie que haga entrar en razón a la psique entregada a los excesos. Y la niña baila. Al principio, pone los ojos en blanco extasiada, pero más tarde, cuando los zapatos la obligan a bailar hasta el agotamiento, pone los ojos en blanco horrorizada. En el interior de la psique salvaje se encuentran los más fuertes instintos de conservación. Pero, a menos que ejerza con regularidad sus libertades interiores y exteriores, la sumisión, la pasividad y el tiempo transcurrido en cautividad embotarán sus facultades innatas de visión, percepción, confianza, etc., justo las que necesita para poder valerse por sí misma.

La naturaleza instintiva nos dice cuándo es suficiente. Es una naturaleza sabia que protege la vida. Una mujer no puede compensar toda una vida de traiciones y heridas por medio de excesos de placer, de cólera o de negativas. La anciana de la psique tendría que indicar el momento, tendría que decir cuándo. En el cuento, la anciana está perdida, destrozada.

A veces, es difícil darnos cuenta de cuándo perdemos nuestros instintos, pues se trata a menudo de un proceso insidioso que no se produce en un día sino a lo largo de un prolongado período de tiempo. Además, el adormecimiento del instinto es respaldado con frecuencia por toda la cultura circundante y, a veces, incluso por otras mujeres que aceptan su pérdida con tal de integrarse en una cultura que no conserva ningún hábitat nutritivo para la mujer natural (20).

La adicción empieza cuando una mujer pierde su significativa vida hecha a mano y se obsesiona por recuperar de la manera que sea algo que se le parezca. En el cuento, la niña intenta una y otra vez recuperar los diabólicos zapatos rojos, a pesar de la progresiva pérdida de control que éstos le ocasionan, ha perdido su capacidad de discernimiento, su capacidad de comprender cuál es, en realidad, la naturaleza de las cosas. Como consecuencia de su vitalidad inicial, está dispuesta a aceptar un sucedáneo mortal. En psicología analítica diríamos que ha traicionado el yo.

La adicción y la condición de fiera están relacionadas entre sí. Casi todas las mujeres han sido capturadas por lo menos durante algún tiempo y algunas durante períodos muy prolongados. Algunas sólo han sido libres in utero. Y, durante su cautiverio, todas pierden cantidades variables de instinto. Algunas pierden el instinto que percibe quién es una buena persona y quién no y, como consecuencia de ello, suelen extraviarse. Otras ven mermada su capacidad de reaccionar ante las injusticias y se convierten en involuntarias mártires dispuestas a tomar represalias. Otras sufren un debilitamiento del instinto de huida o de lucha y se convierten en víctimas. La lista es interminable. En cambio, la mujer que conserva su mente salvaje rechaza los convencionalismos cuando no son nutritivos ni sensatos.

El abuso de sustancias tóxicas constituye una auténtica trampa. Las drogas y el alcohol se parecen mucho a un amante que al principio trata bien a la mujer y a continuación la pega, se disculpa, la trata bien durante algún tiempo y después la vuelve a pegar. La trampa reside en el hecho de intentar quedarse por lo que la situación tiene de bueno, Procurando pasar por alto lo malo. Es un error que jamás da buen resultado.

Joplin empezó a cumplir también los deseos salvajes de los demás. Empezó a mostrar la clase de presencia arquetípica que los demás no se atrevían a mostrar. La gente aplaudía su rebeldía como si ella pudiera liberar a los demás de su situación, convirtiéndose en salvaje en su nombre.

Janis hizo otro intento de adaptarse a las normas antes de iniciar el descenso al abismo de la posesión. Se unió al grupo de otras poderosas pero lastimadas mujeres que actuaban como chamanes ambulantes para las masas. Ellas también se agotaron y cayeron del cielo. Frances Farmer, Billie Holiday, Anne Sexton, Sylvia Plath, Sara Teasdale, Judy Garland, Bessie Smith, Edith Piaf y Frida Kahlo; por desgracia, la vida de algunos de nuestros prototipos preferidos de salvajes artistas terminó prematura y trágicamente.

Una mujer fiera no es lo bastante fuerte como para representar un ansiado arquetipo para todo el mundo sin desmoronarse. La fiera tendría que estar inmersa en un proceso curativo. No le pedirnos a una persona que se encuentra en vías de recuperación que suba el plano al piso de arriba. La mujer que regresa necesita tiempo para recuperar las fuerzas.

Las personas que se sienten atraídas y arrastradas por las zapatillas rojas siempre creen al principio que cualquier sustancia a la que sean adictas será de alguna manera su gran salvación. A veces ello les hace experimentar una extraordinaria sensación de poder o una falsa sensación de poseer la energía suficiente para permanecer despiertas toda la noche, dedicarse a crear hasta el amanecer y pasarse horas y horas sin comer. Quizá les permite dormir sin temor a los demonios, o les tranquiliza los nervios, o las ayuda a no preocuparse tanto por las cosas que las preocupan o tal vez las ayuda a no querer amar ni ser amadas nunca más. Sin embargo, su adicción al final sólo crea, tal como vemos en el cuento, un borroso fondo que gira vertiginosamente sin dejarnos vivir realmente la vida. La adicción (21) es una Baba Yagá que ha perdido el juicio, devora a las niñas perdidas y las deja tiradas en la puerta del verdugo.

En la casa del verdugo

El tardío intento de quitarse los zapatos

lilaimagen de Neo-Andromeda

Cuando, en los casos más extremos, la naturaleza salvaje ha sido prácticamente aniquilada, cabe la posibilidad de que se produzca en la mujer un deterioro y/o una psicosis esquizoide (22). Puede que de pronto se quede en la cama, se niegue a levantarse o se dedique a pasear en bata por la casa, deje tres cigarrillos encendidos en un cenicero, se ponga a llorar sin poder contenerse, vague sin rumbo por las calles con el cabello enmarañado, abandone bruscamente a su familia. Es posible que experimente tentaciones suicidas y que se mate accidentalmente o de manera deliberada. Pero lo más probable es que la mujer se sienta muerta. Que no se sienta ni bien ni mal; simplemente que no sienta nada.

¿Qué ocurre por tanto con las mujeres cuando sus vibrantes colores psíquicos se confunden? ¿Qué ocurre cuando se mezclan el escarlata con el zafiro y el topacio? Los artistas lo saben. Cuando se mezclan los colores vibrantes se obtiene un color terroso. Pero no de tierra fértil sino de una tierra estéril, incolora y extrañamente muerta que no emite luz. Cuando a los pintores les sale un color terroso en la tela tienen que volver a empezar desde el principio.

Ésta es la parte más difícil; es el momento en que se tienen que cortar los zapatos. Duele separarse de una adicción a la autodestrucción. Nadie sabe por qué. Cabría suponer que una persona capturada tendría que lanzar un suspiro de alivio tras haber doblado esta esquina. Lo más lógico sería pensar que se ha sentido salvada justo en el momento preciso. Cabría pensar que se alegra, pero no es así. En su lugar, se acobarda, oye un rechinar de dientes y descubre que es ella la que hace aquel ruido. Tiene la sensación de que está sangrando, aunque no haya sangre. Pero sí hay dolor, esta separación, este “no tener un pie en el que apoyarte” por así decirlo, este no tener un hogar al que regresar es justo lo que se necesita para empezar de nuevo, para empezar de cero, para regresar a la vida hecha a mano, esa que creamos con conciente cuidado cada día.

Sí, el hecho de que le corten a una los zapatos rojos es muy doloroso, pero la única esperanza que le queda a la mujer es la de separarse de golpe de su adicción. Esta separación está llena de beneficios. Los pies volverán a crecer, nos recuperaremos, correremos, saltaremos y volveremos a brincar algún día. Para entonces nuestra vida hecha a mano ya estará preparada. Nos deslizaremos hacía ella y nos asombraremos de haber tenido la suerte de que se nos ofreciera una segunda oportunidad.

El regreso a la vida hecha a mano,

la curación de los instintos dañados

Cuando un cuento de hadas termina como éste, con la muerte o el descuartizamiento del protagonista, nos preguntamos: ¿de qué otra forma hubiera podido terminar?

Desde un punto de vista psíquico, es bueno hacer un alto en el camino, crearse un lugar donde descansar y recuperarse tras haber escapado de una carestía alimenticia. No es demasiado tomarse uno o dos años para examinar las propias heridas, buscar una guía, aplicar medicinas y pensar en el futuro. Uno o dos años son muy poco tiempo. La fiera es una mujer que regresa. Está aprendiendo a despertar, a prestar atención, a dejar de ser ingenua y desinformada. Asume la responsabilidad de su propia vida. Para reaprender los profundos instintos femeninos reviste vital importancia comprender ante todo de qué manera éstos fueron decomisados.

Tanto si las lesiones se infligieron al arte, las palabras, los estilos de vida, los pensamientos o las ideas, y aunque la mujer se haya metido a sí misma en un enredo, conviene que se abra paso a través de la maraña y siga adelante. Más allá del deseo y del anhelo, más allá de los métodos cuidadosamente razonados acerca de los cuales nos gusta hablar y hacer proyectos, una simple puerta está esperando que la crucemos, Al otro lado están los nuevos pies. Crúzala. A rastras, en caso necesario. Del a de hablar y de obsesionarte. Limítate a hacerlo.

No podemos controlar quién nos trae a este mundo. No podemos influir en la educación que nos han dado; no podemos obligar a la cultura a convertirse instantáneamente en hospitalaria. Pero la buena noticia es que, incluso tras haber sido heridas, incluso en nuestro estado de fieras e incluso cuando nos encontramos todavía en situación de cautividad, podemos recuperar nuestra vida.

El plan psicológico del alma para regresar al propio interior es el siguiente: tomar medidas especiales de precaución y perderse poco a poco en lo salva)e, creando estructuras éticas y protectoras que nos ayuden a conseguir las herramientas necesarias para medir en qué momento algo es excesivo. (Por regla general, la mujer ya es muy sensible al momento en que algo es demasiado poco.)

Por consiguiente, el regreso a la psique libre y salvaje tiene que llevarse a cabo con audacia pero también con reflexión. En psicoanálisis nos gusta subrayar que para convertirnos en sanadores/ayudantes es tan importante aprender lo que no hay que hacer como lo que hay que hacer. El regreso a lo salvaje desde la cautividad tiene que hacerse con las mismas precauciones. Vamos a examinarlo con más detenimiento.

Los peligros, las trampas y los cebos envenenados que acechan a la mujer salvaje son los propios de su cultura. Aquí he enumerado los que son comunes a la mayoría de las culturas. Las mujeres pertenecientes a distintas etnias y religiones tendrán percepciones específicas adicionales. Estamos trazando en sentido simbólico el mapa de los bosques en los que vivimos. Estamos señalando dónde habitan los depredadores y describiendo su modus operandi. Dicen que una loba conoce todas las criaturas de su territorio en varios kilómetros a la redonda. Este conocimiento le permite vivir con la máxima libertad posible.

La recuperación del instinto perdido y la curación del instinto lesionado está realmente al alcance de nuestra mano, pues éste regresa cuando una mujer presta atención, escuchando, contemplando y percibiendo el mundo que la rodea y actuando tal como ve actuar a las demás mujeres; con eficiencia, eficacia y sensibilidad. La ocasión de observar el comportamiento de las restantes mujeres que conservan los instintos intactos es esencial para recobrar el instinto. Al final, el hecho de prestar atención, observar y comportarse de una manera integral se convierte en una pauta con un ritmo determinado que se practica y se aprende hasta que vuelve a convertirse en automática.

Si nuestra naturaleza salvaje ha sido herida por algo o por alguien, nos negarnos a echarnos al suelo y morir. Nos negamos a normalizar esta herida. Recurrimos a nuestros instintos y hacemos lo que hay que hacer. La mujer salvaje es por naturaleza vehemente y talentosa. Pero, como consecuencia de su alejamiento de los instintos, es también ingenua, está acostumbrada a la violencia y acepta sumisamente la expatriación y la exmatriación. Los amantes, las drogas, la bebida, el dinero, la fama y el poder no pueden reparar demasiado el daño que ha sufrido. Pero sí puede hacerlo un gradual regreso a la vida instintiva. Para ello, una mujer necesita a una madre, una madre salvaje “suficientemente buena”. ¿Y a que no saben quién está esperando convertirse en esta madre? La Mujer Salvaje se pregunta por qué razón la mujer tarda tanto en estar con ella, no simplemente algunas veces o cuando le interesa sino de manera habitual.

Si te esfuerzas en hacer algo que merezca la pena, es importante que te rodees de personas que apoyen inequívocamente tu labor. El hecho de tener presuntas amigas que sufren las mismas heridas pero no experimentan el sincero deseo de curarse es una trampa y un veneno. Esta clase de amigas suele animar a las demás a comportarse de manera escandalosa fuera de sus ciclos naturales y sin la menor sincronía con las necesidades de sus almas.

Una mujer fiera no puede permitirse el lujo de ser ingenua. Durante su regreso a la vida innata tiene que contemplar los excesos con escepticismo y ser muy conciente del precio que éstos suponen para el alma, la psique y el instinto. Como los lobeznos, nosotras nos aprendemos de memoria las trampas, cómo están hechas y cómo están colocadas. De esta manera conservamos la libertad. De todos modos, los instintos perdidos no retroceden sin dejar rastros y ecos de sentimiento que nosotras podemos seguir para recuperarlos. Aunque una mujer se sienta oprimida por el puño de terciopelo de la corrección y la severidad, tanto si se encuentra a un paso de la destrucción a causa de los excesos como si acaba de sumergirse en ellos, aún puede oír los susurros del dios salvaje que lleva en la sangre. Incluso en las graves circunstancias que se describen en “Las zapatillas rojas”, los instintos heridos se pueden curar.

Para enderezar todas estas situaciones, resucitamos una y otra vez la naturaleza salvaje y cada vez el equilibrio se desplaza excesivamente en una o en otra dirección. Ya adivinaremos cuándo existen motivo, de preocupación, pues, por regla general, el equilibrio ensancha nuestras vidas mientras que el desequilibrio las empequeñece.

Una de las cosas más importantes que podemos hacer es entender la vida, cualquier manifestación de vida, como un cuerpo viviente en sí mismo, que respira, renueva sus células, cambia de piel y se desembaraza de los materiales de desecho. Sería una estupidez pensar que nuestros cuerpos no producen materiales de desecho más de una vez cada cinco años.

Sería necio creer que, por el hecho de haber comido hoy, mañana no estaremos hambrientos.

Y también sería estúpido creer que, una vez resuelta una cuestión, la habremos resuelto definitivamente, y, una vez aprendida una cosa, siempre seremos concientes de ella. No, la vida es un gran cuerpo que crece y disminuye en distintas zonas y a distintos ritmos. Cuando nos comportamos como el cuerpo, trabajando con vistas al nuevo desarrollo, abriéndonos paso entre la mierda, respirando o descansando, estamos muy vivas y nos encontramos en el interior de los ciclos de la Mujer Salvaje. Si consiguiéramos comprender que nuestra tarea consiste en seguir realizando la tarea, nos sentiríamos mucho más orgullosas y estaríamos mucho más tranquilas.

Es posible que, a veces, para conservar la alegría tengamos que luchar por ella, renovar nuestras fuerzas y combatir a tope en la forma que consideremos más sagaz. Para preparar el asedio puede que tengamos que prescindir de las comodidades durante algún tiempo, Podemos pasarnos sin la mayoría de las cosas durante prolongados períodos de tiempo, podemos prescindir prácticamente de todo menos de nuestra alegría, de nuestras zapatillas hechas a mano.

El verdadero milagro de la individuación y la recuperación de la Mujer Salvaje consiste en que todas iniciamos el proceso sin estar todavía preparadas, sin haber cobrado la suficiente fuerza y sin saber 1 ‘o suficiente; iniciamos un diálogo con los pensamientos y los sentimientos que nos cosquillean y retumban como truenos en nuestro interior. Contestamos sin haber aprendido el lenguaje y sin conocer todas las respuestas, sin saber exactamente con quién estamos hablando.

Pero, como la loba que enseña a sus crías a cazar y a cuidar de sí mismas, la Mujer Salvaje brota en nuestro interior y nosotras empezamos a hablar con su voz y asumimos su visión y sus valores. Ella nos enseña a enviar el mensaje de nuestro regreso a las que son como nosotras.

Conozco a varias escritoras que tienen grabada esta leyenda sobre su escritorio. Una de ellas la lleva doblada dentro del zapato. Pertenece a un poema de Charles Simic y es la información más útil que se nos puede dar a todas: “El que no sabe aullar no encontrará su manada.” (23)

Si deseas recuperar a la Mujer Salvaje, no permitas que te capturen (24). Con los instintos bien aguzados para no perder el equilibrio, salta donde quieras, aúlla a tu gusto, toma lo que haya, averigua todo lo que puedas, examínalo todo, contempla lo que puedas ver. Baila con zapatillas rojas pero cerciórate de que son las que tú has hecho a mano. Te aseguro que te convertirás en una mujer rebosante de vitalidad.

NOTAS:

1. De la raíz latina sen, que significa “viejo”, proceden los vocablos afines, señora, señor, senado y senil.

2. Hay culturas internas y externas. Ambas se comportan de manera muy parecida.

3. Barry Holston Lopez lo define en su obra Of Wolves and Men como “borrachera de carne”. (Nueva York, Scribner’s, 1978).

4. Se pueden cometer “excesos” tanto si una persona se ha criado en la calle como si siempre ha llevado medias de seda. Las falsas amistades, las hipocresías, la anestesia del dolor, la conducta protectora, la opacidad de la propia luz, todo eso le puede ocurrir a un individuo cualquiera que sea su origen.

5. De la abadesa Hildegard von Bingen, también conocida como santa Hildegarda. Ref: MS2 Wiesbaden, Hessische Landesbibliotheke.

6. La técnica del “no hay galletita hasta que hagas los deberes” se llama principio Primack o “norma de la abuela” en primer curso de Psicología.

7. Joplin no pretendía hacer ninguna manifestación política negándose a usar maquillaje. Como muchas adolescentes, tenía la tez llena de granos y parece ser que durante sus estudios secundarios se veía más como una compañera de los chicos que como una posible novia.

En los años sesenta en Estados Unidos muchas de las nuevas militantes se negaban a maquillarse como una manera de manifestar su postura política, queriendo decir con ello que no querían presentarse como unos apetecibles objetos de consumo para los hombres. A diferencia de ellas, los hombres y mujeres de muchas culturas indígenas se pintan la cara y el cuerpo tanto para repeler como para atraer. Esencialmente, el adorno del propio cuerpo suele ser prerrogativa de lo femenino y la manera y la decisión de si hacerlo o no constituyen, tanto en un caso como en el otro, un lenguaje corporal que transmite lo que la mujer quiere.

8. Para una buena biografía de Janis Joplin, que vivió una moderna versión de “Las zapatillas rojas”, véase Myra Friedman, Buried Alive: The Biography of Janis Joplin (Nueva York, Morrow, 1973). Existe una versión revisada publicada por Harmony Books, NY, 1992.

9. Con eso no se pretende pasar por alto la etiología orgánica y, en algunos casos, el deterioro yatrogénico.

10. Es probable que las más modernas versiones que tenemos del cuento de “Las zapatillas rojas” muestren con más claridad que mil páginas de investigación histórica de qué manera el tema inicial de estos ritos se deformó y corrompió. De todos modos, las versiones restantes, a pesar de ser unos simples vestigios, nos dicen exactamente lo que necesitamos saber para poder sobrevivir y prosperar en una cultura y/o un ambiente psíquico que remeda el proceso destructivo que se describe en el cuento. En este sentido, tenemos la suerte de haber conservado un cuento fragmentario que señala claramente las trampas psíquicas que nos esperan en el aquí y el ahora.

11. Los ritos de las aborígenes antiguas y contemporáneas suelen llamarse ritos de la “pubertad” y la “fertilidad”. Sin embargo, tales denominaciones han sido vistas casi siempre en la antropología, la arqueología y la etnología, por lo menos desde mediados del siglo XIX, desde una óptica masculina. Por desgracia, hay frases que distorsionan y fragmentan el proceso de la vida femenina en lugar de representar la realidad efectiva.

Metafóricamente, la mujer pasa muchas veces y de distintas maneras tanto hacia arriba como hacia abajo a través de los orificios óseos de su pelvis y cada vez que lo hace tiene la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos. El proceso abarca toda la vida de la mujer. La llamada fase de la “fertilidad” no empieza con la menstruación ni termina con la menopausia.

Todos los ritos de la “fertilidad” deberían llamarse más propiamente ritos del umbral; cada uno de ellos debería recibir el nombre de su poder transformativo específico, en referencia no sólo a lo que se puede realizar por fuera sino también a lo que se puede conseguir por dentro. El ritual de bendición diné (navajo) llamado “El camino de la belleza” es un buen ejemplo de lenguaje y denominación que define la esencia de la cuestión.

12. Mourning Unlived Lives — A Psychological Study of Childbearing Loss de la analista junguiana Judith A. Savage es una obra excelente y una de las pocas de su clase acerca de esta cuestión de importancia tan trascendental para las mujeres (Wilmette, Illinois, Chiron, 1989).

13. Los ritos como los yogas hatha y tántrico, la danza y otras actividades que ordenan la relación del individuo con su propio cuerpo poseen una inmensa capacidad de restablecimiento del poder.

14. En algunas tradiciones folklóricas se dice que el demonio no se encuentra a gusto con la forma humana, que no encaja del todo en ella y que por eso cojea. En el cuento, la niña de “Las zapatillas rojas” se ve privada de sus pies y tiene que cojear por haber bailado por así decirlo con el demonio y haber adquirido su “cojera”, es decir, su excesiva y mortífera vida infrahumana.

15. En la época cristiana, las antiguas herramientas del zapatero se convirtieron en sinónimo de los instrumentos de tortura del demonio: la lima, las pinzas, las tenazas, los alicates, el martillo, la lezna, etc. En la época pagana, los zapateros compartían la responsabilidad espiritual de propiciarse la voluntad de los animales de los cuales procedía el cuero de los zapatos, las suelas, el forro y la envoltura. Hacia el siglo XVI se decía en toda la Europa no pagana que “los falsos profetas están hechos de caldereros y zapateros”.

16. El psicólogo experimental doctor Martin Seligman y otros han llevado a cabo estudios acerca de la normalización de la violencia y la impotencia aprendida.

17. En los años setenta, en su obra fundamental acerca de las mujeres maltratadas (The Battered Woman [Nueva York, Harper & Row, edición 1980]), Lenore E. Walker aplicó este principio al misterio del por qué las mujeres permanecían al lado de los hombres que tan duramente las maltrataban.

18. O de las personas jóvenes o desamparadas que nos rodean.

19. El movimiento feminista N.O.W. y otras organizaciones, algunas de carácter ecologista y otras de carácter educativo o de defensa de los derechos estaban/están encabezados, desarrollados y difundidos por muchísimas mujeres que corrieron grandes riesgos para dar un paso al frente y hablar, y que —y eso es tal vez lo más importante— lo siguen haciendo a pleno pulmón. En el campo de los derechos hay muchas voces y asociaciones tanto femeninas como masculinas.

20. Esta represión de las mujeres por parte de sus compañeras o de las mayores reduce la controversia y aumenta la seguridad de las mujeres que se ven obligadas a vivir en condiciones hostiles. Pero en otras circunstancias induce psicológicamente a las mujeres a lanzarse de cabeza a las traiciones mutuas, cortando con ello otra herencia matrilineal, la de las ancianas que hablan en favor de las más jóvenes, intervienen, designan, celebran consejos con quienquiera que sea con el fin de conservar una sociedad equilibrada en la que todo el mundo tenga garantizados sus derechos.

En otras culturas donde cada sexo se considera hermana o hermano, los parámetros jerárquicos impuestos por la edad y el poder quedan atemperados por las solícitas relaciones y la responsabilidad para todos y cada uno de los individuos.

Las mujeres que han sido traicionadas en su infancia piensan que también serán traicionadas por el amante, el patrono y la cultura. Sus primeras experiencias de traición se produjeron en el transcurso de uno o de varios incidentes dentro de su propio ámbito femenino o familiar, Es un milagro más de la psique que tales mujeres puedan seguir siendo tan confiadas tras haber sido tan traicionadas.

Las traiciones se producen cuando los que ostentan el poder ven el peligro y apartan el rostro. La traición se produce cuando la gente rompe las promesas, incumple los compromisos de ayuda, protección, solidaridad, respaldo y, en su lugar, evita los comportamientos valientes y se muestra distraída, indiferente o ignorante de lo que ocurre.

21. La adicción es cualquier cosa que vacíala vida haciendo que ésta “parezca” mejor.

22. El hambre, la fiereza o la adicción no son de por sí una causa de psicosis sino un ataque primario y continuado a la fuerza de la psique. Un complejo oportunista podría inundar teóricamente la psique debilitada. Por eso es importante curar el instinto herido para que, en la medida de lo posible, la persona no permanezca mucho tiempo en estado vulnerable o de deterioro.

23. Charles Simic, Selected Poems (Nueva York, Braziller, 1985).

24. “The Elements of Capture“, 1982, Dra. C. P. Estés, de la tesis de posdoctorado.

Tomar una niña prototipo.

Domesticarla muy pronto, a ser posible antes de que aprenda el lenguaje y la locomoción.

Socializarla al máximo.

Provocarle el hambre de su naturaleza salvaje.

Aislarla de los sufrimientos y las libertades de los demás para que no pueda comparar su vida con nada.

Enseñarle un solo punto de vista.

Dejarla en la indigencia (o en la aridez o el frío) y que todos lo vean pero nadie se lo diga.

Separarla de su cuerpo natural, privándola de su relación con este ser.

Soltarla en un ambiente en el que pueda matar en exceso las cosas que previamente se le habían negado, tanto las emocionantes como las peligrosas.

Darle amigos que también se mueran de hambre y la animen a entregarse a los excesos.

Dejar, por prudencia y afán de protección, que sus instintos heridos no se curen.

A causa de sus excesos (poca comida, demasiada comida, droga, falta de sueño, sueño excesivo, etc.), dejar que la Muerte se vaya acercando a ella.

Dejar que luche por la recuperación de la persona de la “buena chica” y alcance el triunfo, pero sólo de vez en cuando.

Y, finalmente, dejar que se entregue tanto psicológica como físicamente a unos excesos adictivos letales de por sí o a otros abusos (alcohol, sexo, cólera, aquiescencia, poder, etc.)

Ahora la mujer ya está atrapada. Si invertimos el proceso, aprenderá de nuevo a ser libre. Si reparamos sus instintos, volverá a ser fuerte.

Comentarios en: "Capítulo 8 – EL INSTINTO DE CONSERVACIÓN: LA IDENTIFICACIÓN DE LAS TRAMPAS, LAS JAULAS Y LOS CEBOS ENVENENADOS" (5)

  1. […] Si has sido capturada alguna vez, si alguna vez has sufrido hambre del alma, si alguna vez has sido atrapada y, sobre todo, si experimentas el impulso de crear algo, es muy probable que hayas sido o seas una mujer fiera. La mujer fiera suele estar muy hambrienta de cosas espirituales y a menudo se traga cualquier veneno ensartado en el extremo de un palo puntiagudo, pensando que es aquello que ansía su alma…. Leer Completo… […]

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  2. Sigues esparciendo Sabiduría y sembrando Conocimiento… Infinitas gracias por compartir tus auuullidos con el virtual UniVerso… Un abrazo azul intenso ;-D*****

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  3. Siento que este capítulo tocó mis aicciones que no son precisamente drogas o alcohol… además es el capítulo que me da pie a “regenerarme” (aunque algunos dicen que es degenerarse)… la autora tan genial con las zapatillas rojas me enseñó que me quede con “las hechas a mano”…
    Gracias definitivamente Alwari
    Beatriz Menéndez

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  4. Gracias por compartir tu sabiduría.
    Te invito a mi blog, hace poco escribí una entrada hablando del Hambre del Alma…

    http://ellaeslibre.blogspot.com/2010/03/tras-la-huella-de-la-mujer-salvaje.html

    Un abrazo,
    Marlina

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  5. El instinto nos hace pensar que podemos superar todas las adversidades que la existencia nos otorga
    Nos regala momentos no deseados para que aprendamos a superarlos, correr, gritar, golpear cada situación es distinta,según la adversidad. Para todos aquellos que el peligro acecha aullen a la madre Luna ella hermosa luz de luces que inunda el firmamento con su abrazo celestial, os protegerá, también podéis llamar a la policía je, je
    Se despide La Dama Blanca

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