…amanecer salvaje…

Capítulo 6 – EL HALLAZGO DE LA MANADA: LA DICHA DE LA PERTENENCIA

CAPÍTULO 6

El hallazgo de la manada:

La dicha de la pertenencia

El patito feo

A veces a la mujer salvaje la vida le falla desde el principio. Muchas mujeres son hijas de unos progenitores que en su infancia las estudiaban, preguntándose cómo era posible que aquella pequeña intrusa hubiera conseguido introducirse en la familia. Otros progenitores se pasaban el rato con los ojos en blanco sin prestar la menor atención a su hija o bien la maltrataban o la miraban con frialdad.

Las mujeres que han pasado por esta experiencia tienen que animarse. Se han vengado siendo, sin culpa por su parte, un engorro al que sus padres han tenido que criar y una espina clavada permanentemente en sus costados. Y hasta es muy posible que hoy en día sean capaces de causarles un profundo temor cuando llaman a su puerta. No está del todo mal como justo castigo infligido por el inocente.

Hay que dedicar menos tiempo a pensar en lo que ellos no dieron Y más tiempo a buscar a las personas que nos corresponden. Es muy Posible que una persona no pertenezca en absoluto a su familia biológica. Es muy posible que, desde un punto de vista genético, pertenezca a su familia, pero por temperamento se incorpore a otro grupo de personas. También cabe la posibilidad de que alguien pertenezca aparentemente a su familia, pero su alma se escape de un salto, corra calle abajo y sea glotonamente feliz zampándose pastelillos espirituales en otro sitio.

Hans Christian Andersen(1) escribió docenas de cuentos literarios acerca de los huérfanos. Era un gran defensor de los niños perdidos y abandonados y un firme partidario de la búsqueda de los que sol, como nosotros.

Su versión del “Patito feo” se publicó por primera vez en 1845. El antiguo tema del cuento es el de lo insólito y lo desvalido, una semihistoria perfecta de la Mujer Salvaje. En los últimos dos siglos “El patito feo” ha sido uno de los pocos cuentos que han animado a varias generaciones sucesivas de seres “extraños” a resistir hasta encontrara los suyos.

Es lo que yo llamaría un cuento psicológico y espiritual “de raíz”, es decir, un cuento que contiene una verdad tan fundamental para el desarrollo humano que, sin la asimilación de este hecho, el ulterior progreso de una persona sería muy precario y ésta no podría prosperar del todo desde un punto de vista psicológico sin resolver primero esta cuestión. He aquí por tanto “El patito feo” que yo escribí como cuento literario, basándome en la extravagante versión original relatada en lengua magiar por las falusias mesélök, las rústicas narradoras de cuentos de mi familla (2).

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El patito feo

Se acercaba la estación de la cosecha. Las viejas estaban confeccionando unas muñequitas verdes con gavillas de maíz. Los viejos remendaban las mantas. Las muchachas bordaban sus vestidos blancos con flores de color rojo sangre. Los chicos cantaban mientras aventaban el dorado heno. Las mujeres tejían unas ásperas camisas para el cercano invierno. Los hombres ayudaban a recoger, arrancar, cortar y cavar los frutos que los campos habían ofrecido. El viento estaba empezando a arrancar las hojas de los árboles, cada día un poquito más. Y allá abajo en la orilla del río una mamá pata estaba empollando sus huevos.

Para la pata todo marchaba según lo previsto hasta que, al final, uno a uno los huevos empezaron a estremecerse y a temblar, los cascarones se rompieron y los nuevos patitos salieron tambaleándose. Pero quedaba todavía un huevo, un huevo muy grande, inmóvil como la piedra.

Pasó por allí una vieja pata y la mamá pata le mostró su nueva prole.

—¿A que son bonitos? —preguntó con orgullo.

Pero la vieja pata se fijó en el huevo que no se había abierto y trató de disuadir a su amiga de que siguiera empollándolo.

—Es un huevo de pavo —sentenció la vieja pata—, no es un huevo apropiado. A un pavo no se le puede meter en el agua, ¿sabes?

Ella lo sabía porque lo había intentado una vez.

Pero la pata pensó que, puesto que ya se había pasado tanto tiempo empollando, no le molestaría hacerlo un poco más.

—Eso no es lo que más me preocupa —dijo—. ¿Sabes que el muy bribón del padre de estos patitos no ha venido a verme ni una sola vez?

A final, el enorme huevo empezó a estremecerse y a vibrar, la cáscara se rompió y apareció una inmensa y desgarbada criatura. Tenía la piel surcada por unas tortuosas venas rojas y azules. Las patas eran de color morado claro y sus ojos eran de color de rosa transparente.

La mamá pata ladeó la cabeza y estiró el cuello para examinarlo y no tuvo más remedio que reconocerlo: era decididamente feo.

—A lo mejor, es un pavo —pensó, preocupada. Sin embargo, cuando el patito feo entró en el agua con los demás polluelos de la nidada, la mamá pata vio que sabía nadar perfectamente—. Sí, es uno de los míos, a pesar de este aspecto tan raro que tiene. Aunque, bien mirado… me parece casi guapo.

Así pues lo presentó a las demás criaturas de la granja, pero, antes de que se pudiera dar cuenta, otro pato cruzó como una exhalación el patio y picoteó al patito feo directamente en el cuello.

—¡Detente! —gritó la mamá pata.

Pero el matón replicó:

—Es tan feo y tan raro que necesita que lo intimiden un poco.

La reina de los patos con su cinta roja en la pata comentó:

—¡Vaya, otra nidada! Como si no tuviéramos suficientes bocas que —alimentar. Y aquel de allí tan grande y tan feo tiene que ser una equivocación.

—No es una equivocación —dijo la mamá pata—. Será muy fuerte, Lo que ocurre es que se ha pasado demasiado tiempo en el huevo y aún está un poco deformado. Pero todo se arreglará, ya lo verás —añadió, alisando las plumas del patito feo y lamiéndole los remolinos de Plumas que le caían sobre la frente.

Sin embargo los demás hacían todo lo posible por hostigar de mil maneras al patito feo. Se le echaban encima volando, lo mordían, lo Picoteaban, le silbaban y le gritaban. Conforme pasaba el tiempo, el tormento era cada vez peor. El patito se escondía, procuraba esquivarlos, zigzagueaba de derecha a izquierda, pero no podía escapar. Era la criatura más desdichada que jamás hubiera existido en este mundo.

Al principio, su madre lo defendía, pero después hasta ella se cansó y exclamó exasperada:

—Ojalá te fueras de aquí.

Entonces el patito feo huyó. Con casi todas las plumas alborotadas y un aspecto extremadamente lastimoso, corrió sin parar hasta que llegó a una marisma. Allí se tendió al borde del agua con el cuello estirado, bebiendo agua de vez en cuando. Dos gansos lo observaban desde los cañaverales.

—Oye, tú, feúcho —le dijeron en tono de burla—, ¿quieres venir con nosotros al siguiente condado? Allí hay un montón de ocas solteras para elegir.

De repente se oyeron unos disparos, los gansos cayeron con un sordo rumor y el agua de la marisma se tiñó de rojo con su sangre. El patito feo se sumergió mientras a su alrededor sonaban los disparos, se oían los ladridos de los perros y el aire se llenaba de humo.

Al final, la marisma quedó en silencio y el patito corrió y se fue volando lo más lejos que pudo. Al anochecer llegó a una pobre choza; la puerta colgaba de un hilo y había más grietas que paredes. Allí vivía una vieja andrajosa con su gato despeinado y su gallina bizca. El gato se ganaba el sustento cazando ratones. Y la gallina se lo ganaba poniendo huevos.

La vieja se alegró de haber encontrado un pato. A lo mejor, pondrá huevos, pensó, y, si no los pone, podremos matarlo y comérnoslo. El pato se quedó allí, donde constantemente lo atormentaban el gato y la gallina, los cuales le preguntaban:

—¿De qué sirves si no puedes poner huevos y no sabes cazar?

—A mí lo que más me gusta es estar debajo —dijo el patito, lanzando un suspiro—, debajo del vasto cielo azul o debajo de la fría agua azul.

El gato no comprendía qué sentido tenía permanecer debajo del agua y criticaba al patito por sus estúpidos sueños. La gallina tampoco comprendía qué sentido tenía mojarse las plumas y también se burlaba del patito. Al final, el patito se convenció de que allí no podría gozar de paz y se fue camino abajo para ver si allí había algo mejor.

Llegó a un estanque y, mientras nadaba, notó que el agua estaba cada vez más fría. Una bandada de criaturas volaba por encima de su cabeza; eran las más hermosas que él jamás hubiera visto. Desde arriba le gritaban y el hecho de oír sus gritos hizo que el corazón le saltara de gozo y se le partiera de pena al mismo tiempo. Les contestó con un grito que jamás había emitido anteriormente. En su vida había visto unas criaturas más bellas y nunca se había sentido más desvalido.

Dio vueltas y más vueltas en el agua para contemplarlas hasta que ellas se alejaron volando y se perdieron de vista. Entonces descendió al fondo del lago y allí se quedó acurrucado, temblando. Estaba desesperado, pues no acertaba a comprender el ardiente amor que sentía por aquellos grandes pájaros blancos.

Se levantó un viento frío que sopló durante varios días y la nieve cayó sobre la escarcha. Los viejos rompían el hielo de las lecheras y las viejas hilaban hasta altas horas de la noche. Las madres amamantaban a tres criaturas a la vez a la luz de las velas y los hombres buscaban a las ovejas bajo los blancos cielos a medianoche. Los jóvenes se hundían hasta la cintura en la nieve para ir a ordeñar y las muchachas creían ver los rostros de apuestos jóvenes en las llamas del fuego de la chimenea mientras preparaban la comida. Allá abajo en el estanque el patito tenía que nadar en círculos cada vez más rápidos para conservar su sitio en el hielo.

Una mañana el patito se encontró congelado en el hielo y fue entonces cuando comprendió que se iba a morir. Dos ánades reales descendieron volando y resbalaron sobre el hielo. Una vez allí estudiaron al patito.

—Cuidado que eres feo —le graznaron—. Es una pena. No se puede hacer nada por los que son como tú.

Y se alejaron volando. Por suerte, pasó un granjero y liberó al patito rompiendo el hielo con su bastón. Tomó en brazos al patito, se lo colocó bajo la chaqueta y se fue a casa con él. En la casa del granjero los niños alargaron las manos hacia el patito, pero éste tenía miedo. Voló hacia las vigas y todo el polvo allí acumulado cayó sobre la mantequilla. Desde allí se sumergió directamente en la jarra de la leche y, cuando salió todo mojado y aturdido, cayó en el tonel de la harina. La esposa del granjero lo persiguió con la escoba mientras los niños se partían de risa. El patito salió a través de la gatera y, una vez en el exterior, se tendió medio muerto sobre la nieve. Desde allí siguió adelante con gran esfuerzo hasta que llegó a otro estanque y otra casa, otro estanque y otra casa y se pasó todo el invierno de esta manera, alternando entre la vida y la muerte.

Así volvió el suave soplo de la primavera, las viejas sacudieron los lechos de pluma y los viejos guardaron sus calzoncillos largos. Nuevos niños nacieron en mitad de la noche mientras los padres paseaban Por el Patio bajo el cielo estrellado. De día las muchachas se adornaban el pelo con narcisos y los muchachos contemplaban los tobillos de las, chicas. Y en un cercano estanque el agua empezó a calentarse y el Patito feo que flotaba en ella extendió las alas.

Qué grandes y fuertes eran sus alas. Lo levantaron muy alto por encima de la tierra. Desde el aire vio los huertos cubiertos por sus blancos mantos, a los granjeros arando y toda suerte de criaturas, empollando, avanzando a trompicones, zumbando y nadando. Vio también en el estanque tres cisnes, las mismas hermosas criaturas que había visto el otoño anterior, las que le habían robado el corazón, y sintió el deseo de reunirse con ellas.

¿Y si fingen apreciarme y, cuando me acerco a ellas, se alejan volando entre risas?, pensó el patito. Pero bajó planeando y se posó en el estanque mientras el corazón le martilleaba con fuerza en el pecho.

En cuanto lo vieron, los cisnes se acercaron nadando hacia él. No cabe duda de que estoy a punto de alcanzar mí propósito, pensó el patito, pero, si me tienen que matar, prefiero que lo hagan estas hermosas criaturas y no los cazadores, las mujeres de los granjeros o los largos inviernos. E inclinó la cabeza para esperar los golpes.

Pero ¡oh prodigio! En el espejo del agua vio reflejado un cisne en todo su esplendor: plumaje blanco como la nieve, ojos negros como las endrinas y todo lo demás. Al principio, el patito feo no se reconoció, pues su aspecto era el mismo que el de aquellas preciosas criaturas que tanto había admirado desde lejos.

Y resultó que era una de ellas. Su huevo había rodado accidentalmente hacia el nido de una familia de patos. Era un cisne, un espléndido cisne. Y, por primera vez, los de su clase se acercaron a él y lo acariciaron suave y amorosamente con las puntas de sus alas. Le atusaron las plumas con sus picos y nadaron repetidamente a su alrededor en señal de saludo.

Y los niños que se acercaron para arrojar migas de pan a los cisnes exclamaron:

—Hay uno nuevo.

Y, tal como suelen hacer los niños en todas partes, corrieron a anunciarlo a todo el mundo. Y las viejas bajaron al estanque y se soltaron sus largas trenzas plateadas. Y los mozos recogieron en el cuenco de sus manos el agua verde del lago y se la arrojaron a las mozas, quienes se ruborizaron como pétalos. Los hombres dejaron de ordeñar simplemente para aspirar bocanadas de aire. Las mujeres abandonaron sus remiendos para reírse con sus compañeros. Y los viejos contaron historias sobre la longitud de las guerras y la brevedad de la vida.

Y uno a uno, a causa de la vida, la pasión y el paso del tiempo, todos se alejaron danzando; los mozos y las mozas se alejaron danzando. Los viejos, los maridos y las esposas también se alejaron danzando. Los niños y los cisnes se alejaron danzando… y nos dejaron solos… con la primavera… y allá abajo junto a la orilla del río otra mamá pata empezó a empollar los huevos de su nido.

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El problema del exiliado es muy antiguo. Muchos cuentos de hadas y mitos se centran en el tema del proscrito. En tales relatos, la figura principal se siente torturada por unos acontecimientos que la rebasan, con frecuencia a causa de un doloroso descuido. En “La bella durmiente”, la decimotercera hada es olvidada y no se la invita al bautizo, lo cual da lugar a que la niña sea objeto de una maldición que exigía a todo el mundo de una u otra forma. A veces el exilio se produce por pura maldad, como cuando la madrastra envía a la hijastra a la oscuridad del bosque en “Vasalisa la Sabia”.

Otras veces el exilio se produce como consecuencia de un ingenuo error. El griego Hefesto se puso del lado de su madre Hera en una discusión de ésta con su esposo Zeus. Zeus se enfureció y arrojó a Hefesto del monte Olimpo, desterrándolo y provocándole una cojera.

A veces el exilio es consecuencia de un pacto que no se comprende, tal como ocurre en el cuento de un hombre que accede a vagar como una bestia durante un determinado número de años para poder ganar un poco de oro y más tarde descubre que ha entregado su alma al diablo disfrazado.

El tema de “El patito feo” es universal. Todos los cuentos del “exilio” contienen el mismo significado esencial, pero cada uno de ellos está adornado con distintos flecos y ringorrangos que reflejan el fondo cultural del cuento y la poesía de cada cuentista en particular.

Los significados esenciales que aquí nos interesan son los siguientes: El patito del cuento es un símbolo de la naturaleza salvaje que, cuando las circunstancias la obligan a pasar penurias nutritivas, se esfuerza instintivamente en seguir adelante ocurra lo que ocurra. La naturaleza salvaje resiste instintivamente y se agarra con fuerza, a veces con estilo y otras con torpeza. Y menos mal que lo hace, pues, para la mujer salvaje, la perseverancia es una de sus mayores cualidades.

Otro importante aspecto del relato es el de que, cuando el sentimiento anímico particular de un individuo, que es simultáneamente una identidad instintiva y espiritual, se ve rodeado por el reconocimiento y la aceptación psíquicas, la persona percibe la vida y el poder con más fuerza que nunca. El hecho de descubrir a la propia familia psíquica Confiere a la persona vitalidad y sensación de pertenencia.

El exilio del hijo singular

En el cuento, las distintas criaturas de la aldea contemplan al patito “feo” y de una u otra forma lo consideran inaceptable. En realidad, no es feo, pero no se asemeja a los demás. Es tan distinto que parece Una alubia negra entre un kilo de guisantes. Al principio, la mamá pata intenta defender al patito que cree suyo. Pero, al final, se siente emocionalmente dividida y deja de preocuparse por aquel extraño retoño.

Sus hermanos y otras criaturas de la comunidad se le echan encima, lo picotean y lo atormentan. Quieren obligarlo a irse, pero el patito feo se muere de pena al verse rechazado por los suyos, lo cual es terrible, pues él no ha hecho nada para merecer este trato como no sea el hecho de ser distinto y comportarse de una manera distinta. De hecho, sin haber alcanzado ni siquiera la mitad de su desarrollo, el patito padece fuerte complejo psicológico.

Las niñas que poseen una acusada naturaleza instintiva suelen experimentar un considerable sufrimiento en las etapas iniciales de su vida. Desde su más tierna infancia se sienten cautivas y domesticadas y les dicen que son tercas y se portan mal. Su naturaleza salvaje se revela muy pronto. Son niñas muy curiosas y astutas y ponen de manifiesto unas excentricidades que, debidamente desarrolladas, constituyen la base de su creatividad durante todo el resto de sus vidas. Teniendo en cuenta que la vida creativa es el alimento y el agua del alma, este desarrollo básico es extremadamente importante.

Por regla general, el temprano exilio se inicia sin culpa por parte del interesado y se intensifica por medio de la incomprensión, la crueldad de la ignorancia o la maldad deliberada de los demás. En tal caso, el yo básico de la psique sufre una temprana herida. Cuando ello ocurre, una niña empieza a creer que las imágenes negativas que su familia y su cultura le ofrecen de ella no sólo son totalmente ciertas sino que, además, están totalmente libres de prejuicios, opiniones y preferencias personales. La niña empieza a creer que es débil, fea e inaceptable y así lo seguirá creyendo por mucho que se esfuerce en modificar la situación.

Una niña es desterrada exactamente por las mismas razones que vemos en “El patito feo”. En muchas culturas, cuando nace una niña se espera de ella que Sea o se convierta en un determinado tipo de persona, se comporte de una cierta Manera convencional, tenga una serie de valores que, aunque no sean idénticos a los de su familia, sí por lo menos se basen en ellos y, en cualquier caso, no provoque sobresaltos de ningún tipo. Estas expectativas quedan muy bien definidas cuando uno o ambos progenitores experimentan el deseo de una “hija angelical”, es decir, de una hija sumisamente “perfecta”.

En las fantasías de algunos padres la hija que tengan deberá ser perfecta y sólo deberá reflejar sus criterios y sus valores. Por desgracia, si la niña sale salvaje, ésta deberá padecer los repetidos intentos de sus padres de someterla a una operación quirúrgica psíquica el, su afán de re—crearla y de modificar lo que el alma le pide a la niña, Por mucho que su alma le pida que mire, la cultura circundante le pedirá que se vuelva ciega. Y, aunque su alma quiera decirle la verdad, ella se vera obligada a guardar silencio.

Pero ni el alma ni la psique de la niña se pueden adaptar a tales exigencias. La insistencia en que se porte de forma “apropiada”, cualquiera que sea la definición que pueda dar de ello la autoridad, puede obligar a la niña a huir o a ocultarse bajo tierra o a vagar durante mucho tiempo en busca de un lugar en el que pueda encontrar alimento y paz.

Cuando la cultura define minuciosamente lo que constituye el éxito o la deseable perfección en algo —el aspecto, la estatura, la fuerza, la forma, el poder adquisitivo, la economía, la virilidad, la feminidad, los buenos hijos, la buena conducta, las creencias religiosas—, en la psique de todos los miembros de esa cultura se produce una introyección de los mandatos correspondientes con el fin de que las personas puedan acomodarse a dichos criterios. Por consiguiente, el tema de la mujer salvaje exiliada suele ser doble: interior y personal y exterior y cultural.

Vamos a analizar aquí el tema del exilio interior, pues, cuando el sujeto adquiere la necesaria fuerza — no una fuerza perfecta sino una fuerza moderada e idónea— para ser él mismo y encontrar el lugar que le corresponde, puede influir magistralmente en la comunidad exterior y en la conciencia cultural. ¿ Qué es una fuerza moderada? Es la que se posee cuando la madre interior que cuida a la persona no sabe al ciento por ciento lo que hay que hacer a continuación. Basta con que lo sepa al setenta y cinco por ciento. El setenta y cinco por ciento es un porcentaje aceptable. Recuerda que decimos que una planta está florida tanto si se encuentra a la mitad como si se encuentra a tres cuartos o en la plenitud de su ciclo de floración.

Clases de madres

Aunque la madre del cuento se puede interpretar como un símbolo de la madre exterior, la mayoría de las personas que ahora son adultas han recibido de su madre real el legado de la madre interior. Se trata de un aspecto de la psique que actúa y responde de una manera que es idéntica a la experiencia infantil de la mujer con su propia madre. Además, la madre interior está hecha no sólo de la experiencia de la madre personal sino también de la de otras figuras maternas de nuestra vida y de las imágenes culturales que se tenían de la buena madre y de la mala madre en la época de nuestra infancia.

En casi todos los adultos, si hubo en otros tiempos alguna dificultad con la madre, pero ahora ya no la hay, existe todavía en su psique una doble de su madre que habla, actúa y responde de la misma manera que su madre real en la primera infancia. Aunque la cultura de una mujer haya evolucionado hacia un razonamiento más conciente con respecto al papel de las madres, la madre interior seguirá teniendo los mismos valores y las mismas ideas acerca del aspecto y la forma de actuar de una madre que los que imperaban en la cultura de su infancia (3).

En la psicología profunda, todo este laberinto se llama “complejo de la madre”, es uno de los aspectos esenciales de la psique de una mujer y es importante reconocer su condición, fortalecer ciertos aspectos, enderezar otros, eliminar otros y empezar de nuevo en caso necesario.

La mamá pata del cuento tiene varias cualidades que analizaremos una a una. Representa simultáneamente a la madre ambivalente, la madre derrumbada y la madre no mimada. Examinando estas estructuras maternas, podremos empezar a establecer si nuestro complejo de la madre interior defiende firmemente nuestras singulares cualidades personales o si, por el contrario, necesita desde hace tiempo un ajuste.

LA MADRE AMBIVALENTE

En nuestro cuento, los instintos de la mamá pata la obligan a alejarse y aislarse. Se siente atacada por el hecho de tener un hijo distinto. Se siente emocionalmente dividida y, como consecuencia de ello, se derrumba y deja de preocuparse por el extraño hijo. Aunque al principio intenta mantenerse firme, la “otredad” del patito pone en peligro su seguridad dentro de la comunidad y entonces esconde la cabeza y se zambulle.

¿No habéis visto alguna vez a una madre obligada a tomar semejante decisión si no en su totalidad, por lo menos en parte? La madre se doblega a los deseos de la aldea en lugar de tomar partido por su hijo. En la actualidad muchas madres siguen actuando de acuerdo con los antiguos temores de las mujeres que las han precedido a lo largo de los siglos; ser excluida de la comunidad equivale a ser ignorada y mirada con recelo en el mejor de los casos y ser perseguida y destruida en el peor. Una mujer en semejante ambiente suele intentar moldear a su hija de tal manera que se comporte “como es debido” en el mundo exterior… esperando con ello salvar a su hija y salvarse a sí misma del ataque.

De esta manera, la madre y la hija están divididas. En “El patito feo”, la mamá pata está psíquicamente dividida y ello da lugar a que se sienta atraída en distintas direcciones. En eso consiste precisamente la ambivalencia. Cualquier madre que haya sido atacada alguna vez se identificará con ella. Una atracción es su deseo de ser aceptada por su aldea. Otra es su instinto de supervivencia. La tercera es su necesidad de reaccionar ante el temor de que ella y su hija sean castigadas, perseguidas o matadas por los habitantes de la aldea. Este temor es una respuesta normal a una amenaza anormal de violencia psíquica o física. La cuarta atracción es el amor instintivo de la madre por su hija y su deseo de proteger a esta hija.

En las culturas punitivas es frecuente que las mujeres se debatan entre el deseo de ser aceptadas por la clase dominante (su aldea) y el amor a su hijo, tanto si se trata de un hijo simbólico como si se trata de un hijo creativo o de un hijo biológico. La historia es muy antigua. Muchas mujeres han muerto psíquica y espiritualmente en su afán de proteger a un hijo no aceptado, el cual puede ser su arte, su amante, sus ideas políticas, sus hijos o su vida espiritual. En casos extremos las mujeres han sido ahorcadas, quemadas en la hoguera y asesinadas por haber desafiado los preceptos de la aldea y haber protegido al hijo no sancionado.

La madre de un hijo que es distinto tiene que poseer la resistencia de Sísifo, el terrorífico aspecto de los cíclopes y el duro pellejo de Calibán (4) para poder ir a contracorriente de una cultura estrecha de miras. Las condiciones culturales más destructivas en las que puede nacer y vivir una mujer son aquellas que insisten en la necesidad de obedecer sin consultar con la propia alma, las que carecen de comprensivos rituales de perdón, las que obligan a la mujer a elegir entre su alma y la sociedad, aquellas en las que las conveniencias económicas o los sistemas de castas impiden la compasión por los demás, en las que el cuerpo es considerado algo que hay que “purificar” o un santuario que se rige por decretos, en las que lo nuevo, lo insólito o lo distinto no suscita el menor placer, en las que la curiosidad y la creatividad son castigadas y denostadas en lugar de ser premiadas o en las que sólo se premian si el sujeto no es una mujer, aquellas en las que se cometen actos dolorosos contra el cuerpo, unos actos que, encima, se llaman sagrados, o aquellas en las que la mujer es castigada injustamente “por su bien” (5), tal como lacónicamente dice Alice Miller, y en las que el alma no se considera un ente de pleno derecho.

Es posible que la mujer que tiene en su psique esta madre ambivalente ceda con demasiada facilidad y tema asumir una postura, exigir respeto, ejercer su derecho a hacer las cosas, aprenderlas y vivirlas a su manera.

Tanto si estas cuestiones derivan de una estructura interior como si proceden de la cultura exterior, para que la función materna pueda resistir semejantes presiones, la mujer tiene que poseer ciertas cualidades agresivas que en muchas culturas se consideran masculinas. Por desgracia, durante varias generaciones la madre que deseaba ganar el aprecio de los demás para su propia persona y para sus hijos necesitaba las cualidades que le estaban expresamente prohibidas: vehemencia, intrepidez y fiereza.

Para que una madre pueda criar satisfactoriamente a un hijo que, en sus necesidades psíquicas y anímicas, es ligera o considerablemente distinto de lo que manda la cultura dominante, tiene que hacer acopio de ciertas cualidades heroicas. Como las heroínas de los mitos, tiene que ser capaz de encontrar y adueñarse de estas cualidades en caso de que no estén autorizadas, tiene que guardarlas y soltarlas en el momento adecuado y tiene que defender su propia persona y aquello en lo que cree. No hay prácticamente ninguna manera de prepararse para eso como no sea armándose de valor y entrando en acción. Desde tiempo inmemorial un acto considerado heroico ha sido el remedio de la entontecedora ambivalencia.

LA MADRE DERRUMBADA

Al final, la mamá pata ya no puede soportar el acoso que sufre el hijo que ella ha traído al mundo. Pero lo más revelador es que ya no puede tolerar el tormento que a ella misma le causa la comunidad como consecuencia de sus intentos de proteger a su “extraño” hijo. Y entonces se derrumba y le grita al patito: “Ojalá te fueras de aquí.” Y el desventurado patito se va.

Cuando una madre se derrumba psicológicamente, significa que ha perdido el sentido de sí misma. Puede ser una malvada madre narcisista que se considera con derecho a ser una niña. Pero lo más probable es que se haya visto separada del Yo salvaje y se haya derrumbado debido al temor a una amenaza real de carácter psíquico o físico.

Cuando las personas se derrumban, suelen resbalar hacia uno de los tres estados emocionales siguientes: un lío (están confusas), un revolcadero (creen que nadie comprende debidamente su tormento) o un pozo (una repetición emocional de una antigua herida, a menudo una injusticia no reparada y por la que nadie pagó, cometida con ellas en su infancia).

Para conseguir que una madre se derrumbe hay que provocar en ella una división emocional. Desde tiempo inmemorial, el medio más utilizado ha sido el de obligarla a elegir entre el amor a su hijo y el temor al daño que la aldea pueda causarles a ella y a su hijo si no se atiene a las reglas. En La decisión de Sophie de William Styron, la heroína Sophie, es una prisionera en un campo de exterminio nazi. Comparece ante la presencia del comandante nazi con sus dos hijos en brazos. El comandante la obliga a elegir cuál de sus hijos se salvará y cuál de ellos morirá, diciéndole que, si se niega a hacerlo, ambos niños morirán.

Aunque semejante elección sea impensable, se trata de una opción psíquica que las madres se han visto obligadas a hacer a lo largo de los siglos. Cumple las reglas y mata a tus hijos o atente a las consecuencias. Y así sucesivamente. Cuando una madre se ve obligada a elegir entre su hijo y la cultura, nos encontramos en presencia de una cultura terriblemente cruel y desconsiderada. Una cultura que exige causar daño a una persona para defender sus propios preceptos es verdaderamente una cultura muy enferma. Esta “cultura” puede ser aquella en la que vive la mujer, pero lo más grave es que también puede ser la que ella lleva consigo en el interior de su mente.

Hay innumerables ejemplos literales de ello en todo el mundo (6) y algunos de los más infames se dan en el continente americano, donde ha sido tradicional obligar a las mujeres a separarse de sus seres queridos y de las cosas que aman. En los siglos XVIII, XIX y XX hubo la larga y espantosa historia de la ruptura de las familias obligadas a someterse a la esclavitud. En los últimos siglos las madres han tenido que entregar sus hijos a la patria en tiempo de guerra y, encima, alegrarse de ello. Las forzadas “repatriaciones” se siguen produciendo hoy en día (7).

En todo el mundo y en distintas épocas se ha prohibido a las mujeres amar y dar cobijo a quien ellas quieren y en la forma que desean.

Una de las opresiones contra la vida espiritual de las mujeres de la que menos se habla es la de millones de madres solteras en todo el mundo, incluso en Estados Unidos, que, sólo en este siglo, se han visto obligadas por la moral dominante a ocultar su condición o a esconder a sus hijos o bien a matarlos o a renunciar a ellos o a vivir mal bajo una falsa identidad como ciudadanas humilladas y privadas de todo derecho ( 8 ) .

Durante muchas generaciones las mujeres han aceptado el papel de seres humanos legitimizados a través de su matrimonio con un hombre. Se han mostrado de acuerdo en que una persona no es aceptable a menos que así lo decida un hombre. Sin la protección “masculina” la madre es vulnerable. Es curioso que en “El patito feo” al padre se le mencione sólo una vez cuando la madre está empollando el huevo del patito feo y se queja del comportamiento del padre de sus crías: “El Muy bribón no ha venido a visitarme ni una sola vez.” Durante Mucho tiempo en nuestra cultura —lamentablemente y por distintas razones (9)— el padre no ha podido o no ha querido, por desgracia, estar “disponible” para nadie, ni siquiera para sí mismo. Se podría decir con razón que, para muchas niñas salvajes, el padre era un hombre derrumbado, una simple sombra que todas las noches se colgaba en el armario junto con su abrigo.

Cuando una mujer tiene en el interior de su psique o en la cultura en la que vive la imagen de una madre derrumbada, suele dudar de su propia valía. Puede pensar que el hecho de escoger entre la satisfacción de sus exigencias externas y las exigencias de su alma es una cuestión de vida o muerte. Puede sentirse como una atormentada forastera que no pertenece a ningún lugar, lo cual es relativamente normal en un exiliado, pero lo que en modo alguno es normal es sentarse a llorar sin hacer nada al respecto. Hay que levantarse e ir en busca del lugar al que una pertenece. Para un exiliado, éste es siempre el siguiente paso y, para una mujer con una madre derrumbada en su interior, es el paso esencial. La mujer que tiene una madre derrumbada, debe negarse a convertirse en lo mismo.

LA MADRE NIÑA 0 LA MADRE NO MIMADA

La imagen representada por la mamá pata del cuento es, como se puede ver, muy ingenua y poco sofisticada. La clase más habitual de madre frágil es con mucho la de la madre no mimada. En el cuento, la que tanto insistía en tener hijos es la que más tarde se aparta de su hijo. Hay muchas razones por las cuales un ser humano o una madre psíquica se puede comportar de esta manera. Puede tratarse de una mujer que no ha sido mimada. Puede ser una madre frágil, muy joven o muy ingenua desde un punto de vista psíquico.

Puede estar psíquicamente lastimada hasta el extremo de considerarse indigna de ser amada incluso por un niño. Puede haber estado tan torturada por su familia y su cultura que no se considere digna de tocar la orla del arquetipo de la “madre radiante” que acompaña a la nueva maternidad. Como se ve, no hay vuelta de hoja: a una madre se la tiene que mimar para que mime a su vez a sus hijos. A pesar de que una mujer tiene un inalienable vínculo espiritual y físico con sus hilos, en el mundo de la Mujer Salvaje instintiva, ésta no se convierte por sí sola de golpe y porrazo en una madre temporal plenamente formada.

En tiempos antiguos, las cualidades de la naturaleza salvaje se solían transmitir a través de las manos y las palabras de las mujeres que cuidaban a las jóvenes madres. Sobre todo las madres primerizas llevan dentro, no una experta anciana sino una madre niña. Una madre niña puede tener cualquier edad, dieciocho o cuarenta y tantos años, da lo mismo. Todas las madres primerizas son madres niñas al principio. Una madre niña es lo bastante mayor como para tener hijos y sus buenos instintos siguen la dirección apropiada, pero precisa de los cuidados de una mujer de más edad o de unas mujeres que la estimulen, la animen y la apoyen en el cuidado de sus retoños.

Durante siglos este papel ha estado reservado a las mujeres mas viejas de la tribu o la aldea. Estas “madres—diosas” humanas que posteriormente fueron relegadas por las instituciones religiosas al papel de “madrinas” constituían un sistema nutritivo esencial de hembra—a—hembra que alimentaba a las jóvenes madres en particular, enseñándoles cómo alimentar a su vez la psique y el alma de sus hijos. Cuando el papel de la madre—diosa se intelectualizó un poco más, el término “madrina” pasó a significar una persona que se encargaba de que el niño no se apartara de los preceptos de la Iglesia. Muchas cosas se perdieron en esta trasmigración.

Las ancianas eran las depositarías de una sabiduría y un comportamiento que podían transmitir a las jóvenes madres. Las mujeres se transmiten esta sabiduría las unas a las otras con las palabras, pero también por otros medios. Una simple palabra, una mirada, un roce de la palma de la mano, un murmullo o una clase especial de afectuoso abrazo son suficientes para transmitir complicados mensajes acerca de lo que se tiene que ser y el cómo se tiene que ser.

El yo instintivo siempre bendice y ayuda a las que vienen detrás. Es lo que ocurre entre las criaturas sanas y los seres humanos sanos. De esta manera, la madre—niña cruza el umbral del círculo de las madres maduras que la acogen con bromas, regalos y relatos.

Este círculo de mujer—a—mujer era antaño el dominio de la Mujer Salvaje y el número de afiliadas era ilimitado; cualquiera podía pertenecer a él. Pero lo único que nos queda hoy en día de todo eso es el pequeño vestigio de la fiesta que suele preceder al nacimiento de un niño y en la que todos los chistes sobre partos, los regalos a la madre y los relatos de carácter escatológico se concentran en unas dos horas, de las cuales una mujer no podrá volver a disfrutar a lo largo de toda su vida de madre.

En casi todos los países industrializados actuales, la joven madre Pasa por el embarazo y el parto e intenta cuidar de su hijo en solitario. Es una tragedia de enormes proporciones. Puesto que muchas mujeres son hijas de madres frágiles, madres—niñas y madres no mimadas, es muy posible que posean un estilo interno de “cuidados maternales” parecido al de sus madres.

Es muy probable que la mujer que tiene en su psique la imagen de una madre—niña o una madre no mimada o que la tiene glorificada por la cultura y conservada en activo en la familia experimente presentimientos ingenuos, falta de experiencia y, sobre todo, un debilitamiento de la capacidad instintiva de imaginar lo que ocurrirá dentro de una hora, una semana, un mes, uno, cinco o diez años.

La mujer que lleva dentro una madre—niña adopta el aire de una niña que se las quiere dar de madre. Las mujeres que se encuentran en esta situación suelen poner de manifiesto una actitud generalizada de “viva todo”, una variedad de hipermaternalismo en la que se esfuerzan por “hacerlo todo y serlo todo para todo el mundo”. No pueden guiar ni apoyar a sus hijos, pero, al igual que los hijos del granjero de “El patito feo” que se alegran tanto de tener aquella criatura en la casa pero no saben prodigarle los cuidados que necesita, la madre—niña acaba dejando a su hijo sucio y apaleado. Sin darse cuenta, la madre—niña tortura a sus hijos con varias modalidades de atención destructiva y, en algunos casos, por falta de la necesaria atención.

A veces la madre frágil es a su vez un cisne que ha sido criado por unos patos. No ha conseguido descubrir su verdadera identidad lo bastante temprano como para que sus hijos se puedan beneficiar de ello. Después, cuando su hija tropieza con el gran misterio de la naturaleza salvaje de lo femenino en la adolescencia, ella también experimenta punzadas de identificación e impulsos de cisne. La búsqueda de identidad por parte de la hija puede dar lugar al comienzo de un viaje “virginal” de la madre en busca de su yo perdido. Entre madre e hija habrá por tanto en el sótano de la casa dos espíritus salvajes dándose la mano en espera de que los llamen desde arriba.

Éstas son por consiguiente las cosas que pueden torcerse cuando la madre se ve apartada de su naturaleza instintiva. Pero no hay que suspirar demasiado fuerte ni durante demasiado tiempo, pues todo eso tiene remedio.

LA MADRE FUERTE, LA HIJA FUERTE

El remedio consiste en mimar amorosamente a la joven madre que una lleva dentro, lo cual se consigue por medio de mujeres del mundo exterior más sabias y maduras, preferentemente templadas como el acero y robustecidas por el fuego tras haber pasado por lo que han tenido que pasar. Cualquiera que sea el precio que se tenga que pagar incluso hoy en día, sus ojos ven, sus oídos oyen, sus lenguas hablan Y son amables.

Aunque hayas tenido la madre más maravillosa del mundo es posible que, al final, llegues a tener más de una. Tal como tantas veces les he dicho a mis hijas: “Sois hijas de una madre, pero, con un poco de suerte, tendréis más de una. Y, entre ellas, encontraréis casi todo lo que necesitáis.” Sus relaciones con todas las madres serán probablemente de carácter progresivo, pues la necesidad de guía y de consejo nunca termina ni conviene que termine desde el punto de vista de la profunda vida creativa de las mujeres (10).

Las relaciones entre las mujeres, tanto si son entre mujeres que comparten la misma sangre como si son entre compañeras psíquicas, entre analista y paciente, profesora y alumna o almas gemelas, son relaciones de parentesco de la máxima importancia.

Aunque algunos de los que escriben sobre psicología en la actualidad afirmen que el abandono de la matriz materna es una hazaña que, si no se cumple, contamina para siempre a la mujer y aunque otros digan que el desprecio hacia la propia madre es algo beneficioso para la salud mental del individuo, en realidad la imagen y el concepto de la madre salvaje no se puede ni se debe abandonar jamás, pues la mujer que lo hace abandona su naturaleza profunda, la que contiene toda la sabiduría, todas las bolsas y las semillas, todas las agujas para remendar, todas las medicinas para trabajar y descansar, amar y esperar.

Más que deshacernos de la madre, nuestra intención tiene que ser la de buscar a una madre sabia y salvaje. No estamos y no podemos estar separadas de ella. Nuestra relación con esta madre espiritual tiene que girar incesantemente, tiene que cambiar incesantemente y es una paradoja. Esta madre es la escuela en la que hemos nacido, una escuela en la que somos simultáneamente alumnas y profesoras durante toda la vida. Tanto si tenemos hijos como si no, tanto si cultivamos el jardín como si cultivamos la ciencia o el vibrante mundo de la poesía, siempre tropezaremos con la madre salvaje en nuestro camino hacia otro lugar. Y así tiene que ser.

Pero ¿qué decir de la mujer que ha pasado realmente por la experiencia de una madre destructiva en su infancia? Por supuesto que este período no se puede borrar, pero se puede suavizar. No se puede endulzar, pero ahora se puede reconstruir debidamente y con toda su fuerza. No es la reconstrucción de la madre interior lo que tanto asusta a muchas sino el temor de que haya muerto algo esencial, algo que jamás podrá volver a la vida, algo que no recibió alimento porque la madre psíquica estaba muerta. A estas mujeres les digo que se tranquilicen porque no están muertas ni mortalmente heridas.

Tal como ocurre en la naturaleza, el alma y el espíritu cuentan con unos recursos sorprendentes. Como los lobos y otras criaturas, el alma y el espíritu pueden vivir con muy poco y a veces pueden pasarse mucho tiempo sin nada. Para mí, éste es el milagro más grande que Puede haber. Una vez yo estaba trasplantando un seto vivo de lilas. Un gran arbusto había muerto por misteriosas razones, pero los demás estaban cubiertos de primaverales flores moradas. Cuando lo saqué de la tierra, el arbusto muerto crujía como las quebradizas cáscara, de los cacahuetes. Descubrí que su sistema de raíces estaba unido a los de las restantes lilas vivas que bordeaban toda la valla.

Pero lo más sorprendente fue descubrir que el arbusto muerto era la “madre”. Sus raíces eran las más viejas y fuertes. Todos sus hijos mayores se encontraban de maravilla a pesar de que ella estaba patas arriba, por así decirlo. Las lilas se reproducen con el llamado sistema de chupón, por lo que cada árbol es un vástago M progenitor inicial. Con este sistema, si la madre falla, el hijo puede sobrevivir. Ésta es la pauta y la promesa psíquica para las mujeres que no han tenido cuidados maternales o han tenido muy pocos, y también para aquellas cuyas madres las han torturado. Aunque la madre caiga, aunque no tenga nada que ofrecer, la hija se desarrollará, crecerá independientemente y prosperará.

Las malas compañías

El patito feo va de un lado para otro en busca de un lugar donde descansar. Aunque el instinto que nos indica adónde tenemos que ir no esté plenamente desarrollado, el instinto que nos induce a seguir vagando hasta encontrar lo que necesitamos se mantiene intacto. No obstante, en el síndrome del patito feo hay a veces una especie de patología. Uno sigue llamando a las puertas que no debe, a pesar de constarle que no tendría que hacerlo. Cuesta imaginar que una persona pueda saber qué puertas son las equivocadas cuando nunca ha sabido lo que era una puerta apropiada. Sin embargo, las puertas equivocadas son las causantes de que una persona se vuelva a sentir una vez más una proscrita.

Esta “búsqueda del amor en todos los lugares equivocados” es la reacción al exilio. Cuando una mujer recurre a una conducta compulsiva y repetida —repitiendo una y otra vez un comportamiento que no la satisface y que provoca declive en lugar de una prolongada vitalidad— para aliviar su exilio, lo que hace en realidad es causarse más daño, pues no se cura la herida inicial y, en cada una de sus incursiones, se produce nuevas heridas.

Es algo así como aplicarse una ridícula medicina en la nariz cuando uno se ha hecho un corte en el brazo. Las distintas mujeres eligen distintas clases de “medicinas equivocadas”. Algunas eligen las que son visiblemente equivocadas como las malas compañías o los vicios Y caprichos perjudiciales o nocivos para el alma, cosas que primero elevan a la mujer y después la derriban al suelo en menos de lo que canta un gallo.

Las soluciones a estas opciones equivocadas son varias. Si la mujer pudiera sentarse y contemplar su corazón, vería en él la necesidad de que se reconocieran y aceptaran respetuosamente sus cualidades, sus dotes y sus limitaciones. Por consiguiente, para empezar a curarte, deja de engañarte pensando que un pequeño placer equivocado te curará la pierna rota. Di la verdad acerca de tu herida y entonces comprenderás el remedio que le tienes que aplicar. No llenes el vacío con lo que te resulte más fácil o lo que tengas más a mano. Espera a encontrar la medicina adecuada. La reconocerás porque tu vida será más fuerte y no más débil.

Lo que no parece correcto

Como el patito feo, un forastero aprende a mantenerse apartado de las situaciones en las que, aunque uno actúe correctamente, no lo parezca. El patito, por ejemplo, sabe nadar muy bien, pero no da esa impresión. Una mujer puede ofrecer un aspecto correcto, pero no saber actuar correctamente. Hay muchos dichos acerca de las personas que no pueden disimular lo que son (y, en su fuero interno, no lo desean), desde el texano oriental: “Por mucho que los disfraces, no los podrás sacar de paseo”, al español: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda” (11).

En el cuento, el patito empieza a comportarse como si fuera tonto (12), es uno de esos que no hacen nada a derechas… echa polvo sobre la mantequilla y cae en el tonel de harina, pero no sin antes haber caído en la jarra de leche. Todos hemos tenido momentos así. Todo lo hacemos al revés. Intentamos arreglarlo y todavía es peor. Al patito no se le había perdido nada en aquella casa. Pero ya vemos lo que ocurre cuando uno está desesperado. Acude donde no debe y hace lo que no debe. Tal como decía uno de mis queridos colegas difuntos “No pueden darte leche en la casa del carnero” (13).

Aunque es útil tender puentes incluso con los grupos a los que uno no pertenece y es importante procurar ser amable, también es imprescindible no esforzarse demasiado y no creerse demasiado que, si una se comporta como debe y consigue ocultar todas las comezones y crispaciones de la criatura salvaje, conseguirá parecer una dama amable, reservada, modosa y circunspecta. Esta clase de comportamiento, este afán del ego de encontrar un lugar a toda costa es el que corta la conexión con la Mujer Salvaje de la psique. En tal caso, en lugar de una mujer vital, nos queda una mujer sin garras. Nos queda una nerv1osa, comedida y bienintencionada mujer que se muere de ganas de ser buena. Pues no, es mucho mejor, mucho más elegante e infinitamente más espiritual ser lo que se es y tal como se es, y dejar que los demás sean también lo que son.

El sentimiento paralizado, la creatividad paralizada

Las mujeres afrontan el exilio de otras maneras. Como el patito que se queda atrapado en el hielo del estanque, ellas también se congelan. Lo peor que puede hacer una persona es congelarse. La frialdad es el beso de la muerte de la creatividad, de la relación y de la vida. Algunas mujeres se comportan como si el hecho de mostrarse frías fuera una hazaña. Pero no lo es. Es un acto de cólera defensiva.

En la psicología arquetípica mostrarse frío equivale a carecer de sentimientos. Hay cuentos acerca del niño congelado, del niño que no podía sentir, de los cadáveres congelados en el hielo a lo largo de un período en el que nada se podía mover, nada se podía convertir en nada y nada podía nacer. Estar congelado significa en un ser humano carecer deliberadamente de sentimientos, especialmente hacia la propia persona, pero también, y a veces más todavía, hacia los demás. Aunque se trate de un mecanismo de autoprotección, es algo muy duro para la psique espiritual, pues el alma no responde a la frialdad sino al calor. Una actitud helada apaga el fuego creador de una mujer. Inhibe la función creadora.

Se trata de un problema muy serio, pero el cuento nos da una idea. El hielo se tiene que romper y el alma se tiene que sacar del frío glacial.

Por ejemplo, cuando los escritores se sienten muy secos, saben que la mejor manera de mojarse es escribir. En cambio, si se quedan paralizados en el hielo, no podrán escribir. Hay pintores que se mueren de deseo de pintar, pero se dicen: “Largo de aquí. Tu obra es estrambótica y fea.” Hay muchos artistas que aún no han conseguido afianzarse o que son muy expertos en el desarrollo de sus existencias creativas y que, sin embargo, cada vez que toman la pluma, el pincel, las cintas, el guión, oyen una voz que les dice “No eres más que un incordio, tu obra es marginal o totalmente inaceptable… porque tú mismo eres marginal e inaceptable”.

¿Dónde está pues la solución? Haz lo que hace el patito. Sigue adelante por mucho que te cueste. Toma la pluma, acércala a la página y deja de gimotear. Escribe. Toma el pincel y, para variar, sé dura col’ tu propia persona y pinta. Bailarinas, poneos la túnica holgada, ataos cintas en el pelo, en la cintura y en los tobillos y decidle al cuerpo que empiece a partir de ahí. Bailad. Actriz, comediógrafo, poeta, músico o quienquiera que seáis, dejad de hablar. No digáis una sola palabra más a no ser que seáis cantantes. Encerraos en una habitación con un techo o en un claro del bosque bajo el cielo. Dedicaos a vuestro arte. Por regla general, una cosa no puede congelarse si se mueve. Moveos pues, No dejéis de moveros.

El forastero de paso

Aunque en el cuento el granjero que se lleva el patito a casa parece un artífice literario para adornar el relato y no un leitmotiv arquetípico acerca del exilio, el episodio contiene una idea que me parece interesante. La persona que quizá nos saque del hielo y que tal vez nos pueda liberar psíquicamente de nuestra falta de sentimientos no va a ser necesariamente la que nos corresponda. Podría ser, como en el cuento, uno más de esos magníficos pero fugaces acontecimientos que aparecieron cuando menos lo esperábamos, un acto de bondad de un forastero de paso.

He aquí otro ejemplo de alimento de la psique que se produce cuando una persona se encuentra al límite de sus fuerzas y ya no puede resistir. En tal caso algo que nos reconforta aparece como llovido del cielo para ayudarnos y después se pierde en la noche dejando a su paso una estela de duda. ¿Era un ser humano o un espíritu? Podría ser una repentina ráfaga de suerte que cruza la puerta llevando consigo algo muy necesario. Podría ser algo tan sencillo como una tregua, una disminución de la presión, un pequeño espacio de descanso y reposo.

Ahora no estamos hablando de un cuento de hadas sino de la vida real. Cualquier cosa que sea, se trata de un momento en que el espíritu, de una u otra forma, nos obliga a salir fuera, nos muestra el pasadizo secreto, el escondrijo, la ruta de la huida. Y esta aparición cuando nos sentimos abatidas y tormentosamente oscuras u oscuramente serenas es lo que nos empuja a través del pasadizo hacia el siguiente paso, la siguiente fase del aprendizaje de la fuerza del exilio.

El don del exilio

Si has intentado encajar en algún molde y no lo has conseguido, probablemente has tenido suerte. Es posible que seas una exiliada, pero has protegido tu alma. Cuando alguien intenta repetidamente encajar y no lo consigue, se produce un extraño fenómeno. Cuando la pro 1scrita es rechazada, cae directamente en los brazos de su verdadero pariente psíquico, que puede ser una materia de estudio, una forma artística o un grupo de personas. Es peor permanecer en el lugar que no ‘101 corresponde en absoluto que andar perdidas durante algún tiempo, buscando el parentesco psíquico y espiritual que necesitamos. Jamás es un error buscar lo que una necesita. Jamás.

Toda está torsión y esta tensión tienen una utilidad. El exilio consolida Y fortalece en cierto modo al patito. Aunque se trata de una situación que no le desearíamos a nadie por ningún motivo, su efecto es similar al del carbón natural puro que, sometido a presión, produce diamantes y, al final, conduce a una profunda magnitud y claridad de la psique.

Es algo así como un procedimiento alquímico en el que la sustancia base de plomo se golpea y se aplana. Aunque el exilio no sea deseable por gusto, contiene una inesperada ventaja, pues sus beneficios son muy numerosos. Los golpes que se reciben eliminan la debilidad y los gimoteos, agudizan la visión, incrementan la intuición, otorgan el don de una perspicaz capacidad de observación y una perspectiva que los que están “dentro” jamás pueden alcanzar.

Aunque el exilio tenga aspectos negativos, la psique salvaje lo puede soportar, pues acrecienta nuestro anhelo de liberar nuestra verdadera naturaleza y nos induce a desear una cultura acorde con ella. El anhelo y el deseo hacen por sí solos que una persona siga adelante. Hace que una mujer siga buscando y, en caso de que no logre encontrar una cultura apropiada, hace que ella misma se la construya. Lo cual es muy bueno, pues, si la construye, un día aparecerán misteriosamente otras mujeres que llevaban mucho tiempo buscando y proclamarán con entusiasmo que era eso lo que tanto ansiaban encontrar.

Los gatos despeinados y las gallinas bizcas del mundo

El gato despeinado y la gallina bizca consideran estúpidas e insensatas las aspiraciones del patito. Su actitud nos ofrece una perspectiva de la susceptibilidad y los valores de los que se burlan de los que no son como ellos. ¿Quién podría imaginar que a un gato le gustara el agua? ¿Quién podría imaginar que una gallina se fuera a nadar? Nadie, por supuesto. Pero demasiado a menudo desde el punto de vista del exiliado, cuando las personas no son iguales, la inferior es siempre la exiliada y las limitaciones y/o los motivos de la otra no son debidamente sopesados o juzgados.

Bien, para no considerar a una persona inferior y a otra superior o, por lo menos, no más de lo que nos interesa a los fines de esta discusión, digamos simplemente que aquí el patito vive la misma experiencia que miles de mujeres exiliadas, la de una incompatibilidad básica con personas distintas, lo cual no es culpa de nadie, aunque casi todas las mujeres se muestren excesivamente serviles y actúen como si ellas tuvieran personalmente la culpa.

Cuando ello ocurre, vemos que algunas mujeres están dispuestas a pedir perdón por ocupar un espacio. Vemos que muchas mujeres temen decir simplemente “No, gracias” y marcharse sin más. Vemos que muchas mujeres prestan atención a alguien que les dice una y otra vez que son unas tercas sin comprender que los gatos no nadan y las gallinas no se zambullen bajo el agua.

Debo reconocer que a veces en el ejercicio de mi profesión me resulta útil delinear las distintas tipologías de personalidades como gatos, gallinas, patos, cisnes y cosas por el estilo. Si el caso lo requiere, a veces le pido a mi cliente que imagine por un instante que es un cisne sin saberlo. Y que piense también por un instante que se ha criado entre patos o se encuentra rodeada de patos en la actualidad.

Los patos no tienen nada de malo, os lo aseguro, ni los cisnes tampoco. Pero los patos son patos y los cisnes son cisnes. A veces, para demostrar un aserto tengo que pasar a otras metáforas animales. ¿Y si la hubieran criado unos ratones pero fuera usted un cisne? Los cisnes y los ratones suelen aborrecer sus respectivos alimentos. Los unos piensan que la comida de los otros huele muy raro. No tienen el menor interés en estar juntos y, si lo estuvieran, el uno se pasaría el rato hostigando al otro.

¿Y si, siendo un cisne, tuvieras que fingir que eres un ratón? ¿Y si tuvieras que fingir que eres de color gris, peluda y minúscula? ¿Y si no tuvieras una larga y sinuosa cola que levantar en el aire el día en que hubiera que ostentar una cola? ¿Y si dondequiera que fueras intentaras caminar como un ratón pero caminaras como un pato? ¿Y si intentaras caminar como un ratón pero cada vez que lo hicieras sonara un claxon? ¿No serías la criatura más desdichada del mundo?

La respuesta es inequívocamente sí. Por consiguiente, si eso es cierto y es así, ¿por qué insisten las mujeres en doblegarse y adoptar formas que no son las suyas? Puedo decir, por mis muchos años de observación clínica de este problema, que la mayoría de las veces ello no se debe a un arraigado masoquismo o a una perversa intención de autodestruirse ni nada por el estilo. Con más frecuencia se debe a que la mujer simplemente no sabe hacer otra cosa. Nadie la ha cuidado amorosamente.

El dicho tú puedes saber muchas cosas no equivale a tener sentido. Al parecer, el patito sabe “cosas”, pero le falta sentido. No ha sido mimado, es decir que no le han enseñado nada al nivel más básico. Recuerda que es la madre la que enseña, ampliando las dotes innatas de su prole. Las madres del reino animal que enseñan a sus crías a cazar n, les enseñan exactamente “cómo cazar”, pues eso ellas ya lo llevan en la sangre. Les enseñan más bien a mantenerse vigilantes, a prestar atención a las cosas que no conocen si antes ella no se las enseña activando su capacidad de aprendizaje y su sabiduría innata.

Lo mismo le ocurre a la mujer exiliada. Si es un patito feo, sí no la han mimado, sus instintos no están aguzados, por cuya razón tiene que aprender con la experiencia, pasando por muchas pruebas y cometiendo muchos errores. Pero hay esperanza, pues la exiliada nunca se da por vencida. Sigue adelante hasta que encuentra una guía, un rastro, una huella, hasta que encuentra su hogar.

Jamás resultan más ridículos los lobos que cuando pierden el rastro y se esfuerzan por volverlo a encontrar. Pegan brincos en el aire; corten en círculo; husmean el terreno; rascan la tierra, echan a correr, retroceden y se quedan inmóviles como estatuas. Dan la impresión d, haber perdido el juicio, pero lo que en realidad están haciendo es seguir todas las pistas que puedan encontrar. Se las tragan al Vuelo, se llenan los pulmones con los olores que perciben al nivel del suelo y al de sus hombros, saborean el aire para ver quién ha pasado últimamente por allí y mueven las orejas como antenas parabólicas captando las distantes transmisiones. Una vez que han reunido todas las pistas en un sitio, ya saben lo que tienen que hacer.

Aunque una mujer pueda ofrecer un aspecto aturdido cuando ha perdido el contacto con la vida que más valora y corra de un lado a otro en su afán de recuperarla, la mayoría de las veces está recogiendo información, saboreando esto o tocando con la pata aquello. Lo más que se puede hacer en tales casos es explicarle brevemente lo que está haciendo. Y después dejarla en paz. En cuanto procese toda la información de las pistas que ha recogido, volverá a actuar con un propósito definido. Y entonces el deseo de pertenecer al club del gato despeinado y la gallina bizca se reducirá a nada,

El recuerdo y el afán de seguir adelante contra viento y marea

Todos sentimos el anhelo de reunirnos con los nuestros, con nuestros parientes salvajes. Recordemos que el patito huyó tras haber sido torturado sin piedad. Después tuvo un encuentro con una manada de gansos y estuvo a punto de morir a manos de unos cazadores. Lo expulsaron del corral y de la casa de un granjero y, finalmente, llegó temblando de cansancio a la orilla de un lago. No existe ninguna mujer entre nosotras que no conozca esta sensación. Y, sin embargo, este anhelo es el que nos impulsa a resistir y a seguir adelante sin ninguna esperanza.

Ésta es la promesa que nos hace a todas la psique salvaje. Aunque sólo hayamos oído hablar, vislumbrado o soñado con un prodigios0 mundo salvaje al que antaño pertenecimos, y a pesar de que todavía no lo hayamos tocado o sólo lo hayamos hecho momentáneamente y no nos identifiquemos como parte de él, su recuerdo es un faro que nos guía hacia el lugar que nos corresponde y ya para el resto de nuestras vidas. En el patito feo se despierta una perspicaz ansía cuando ve levantar el vuelo a los cisnes y, por este solo hecho, el recuerdo de aquella visión lo sostiene.

Un vez traté a una mujer que se encontraba al límite de sus fuerzas y pensaba en el suicidio. Una araña que estaba tejiendo su tela en el porche le llamó la atención. jamás sabremos qué detalle del comportamiento de aquel pequeño animalillo rompió el hielo que tenía aprisionada su alma y le permitió recuperar la libertad y volver a crecer, pero yo estoy convencida no sólo como psicoanalista sino también como cantadora de que muchas veces las cosas de la naturaleza son las más curativas, sobre todo las muy sencillas y las que más tenemos a nuestro alcance. Las medicinas de la naturaleza son muy poderosas y honradas; una mariquita en la verde corteza de una sandía, un petirrojo con un trozo de hilo en el pico, una planta florida, una estrella fugaz e incluso un arco iris en un fragmento de cristal en la calle puede ser una medicina apropiada. La perseverancia es algo muy curioso: exige una enorme energía y puede recibir alimento suficiente para un mes con sólo cinco minutos de contemplación de unas aguas tranquilas.

Es interesante señalar que entre los lobos, por muy enferma que esté, por muy acorralada que se encuentre y por muy sola, asustada o debilitada que se sienta, una loba sigue adelante. Se acercará a los demás en busca de la protección de la manada. Intentará por todos los medios resistir, derrotar con su ingenio, dejar atrás y sobrevivir a cualquier cosa que la esté acosando. Pondrá todo su empeño en ir respirando poco a poco. En caso necesario, se arrastrará como el patito de un sitio a otro hasta que encuentre un buen lugar, un lugar curativo, un lugar donde recuperarse.

La marca distintiva de la naturaleza salvaje es su afán de seguir adelante. Su perseverancia. No se trata de algo que hacemos sino de algo que somos de una manera natural e innata. Cuando no podernos prosperar, seguimos adelante hasta que podernos volver a prosperar. Aunque estemos apartadas de nuestra vida creativa, aunque nos hayan expulsado de una cultura o de una religión, aunque estemos sufriendo un exilio familiar, un destierro por parte de un grupo, un castigo a nuestros movimientos, pensamientos y sentimientos, la vida salvaje interior seguirá y nosotras seguiremos avanzando. La naturaleza salvaje no es propia de ningún grupo étnico en particular. Es la naturaleza esencial de las mujeres de Benín, Camerún y Nueva Guinea. Está presente en las mujeres de Letonia, los Países Bajos y Sierra Leona. Es el centro de las mujeres guatemaltecas, haitianas y polinesias. En cualquier país. En cualquier raza. En cualquier religión, En cualquier tribu, En cualquier ciudad, aldea o solitario puesto fronterizo. Todas las mujeres tienen en común a la Mujer Salvaje y el alma salvaje. Todas siguen lo salvaje y lo buscan a tientas.

Por consiguiente, en caso necesario las mujeres pintarán el azul del cielo en los muros de las cárceles. Si se queman las madejas, hilarán otras. Si se destruye la cosecha, sembrarán inmediatamente más semillas. Las mujeres dibujarán puertas donde no las hay, las abrirán y la, cruzarán para entrar en nuevas maneras y nuevas vidas. Las mujeres perseverarán y prevalecerán porque la naturaleza salvaje persevera y prevalece.

El patito se encuentra en un tris de perder la vida. Se ha sentido solitario, ha pasado frío, se ha congelado, lo han hostigado y perseguido, han disparado contra él, ha sido abandonado, no le han dado de comer, se ha quedado absolutamente desamparado, al borde de la vida y la muerte sin saber lo que iba a ocurrir a continuación. Y ahora viene la parte más importante del cuento: se acerca la primavera, se acelera la llegada de la nueva vida, es posible un nuevo giro, un nuevo intento. Lo más importante es resistir y perseverar, pues la vida salvaje promete lo siguiente: después del invierno, viene siempre la primavera.

El amor al alma

Resiste. Sigue resistiendo. Haz tu trabajo. Encontrarás tu camino. Al final del cuento, los cisnes reconocen al patito como uno de los suyos antes de que él lo haga. Eso es muy típico en las mujeres exiliadas. Después de su duro peregrinaje, consiguen cruzar la frontera y entrar en su territorio doméstico, pero a menudo tardan algún tiempo en darse cuenta de que las miradas de la gente ya no son despectivas y con frecuencia son neutrales cuando no admirativas y aprobatorias.

Cabría pensar que, tras haber encontrado su propio territorio psíquico, las mujeres tendrían que sentirse desbordantemente felices. Pero no es así. Durante algún tiempo por lo menos, se sienten terriblemente desconfiadas. ¿De veras me aprecia esta gente? ¿De veras me encuentro a salvo aquí? ¿Me perseguirán? ¿Podré dormir ahora de verdad con los dos ojos cerrados? ¿Está bien que me comporte como… un cisne? Al cabo de algún tiempo los recelos desaparecen y se inicia la siguiente fase del regreso a la propia persona que consiste en la aceptación de la singular belleza del propio ser, es decir, del alma, salvaje de la que estamos hechas.

Probablemente no hay ningún medio mejor ni más fidedigno de averiguar si una mujer ha pasado por la condición de patito feo en —algún momento de su vida o a lo largo de toda su vida que su incapacidad de digerir un cumplido sincero. Aunque semejante comportamiento se podría atribuir a la modestia o a la timidez —y a pesar de que demasiadas heridas graves se despachan a la ligera como “pura timidez” (14)— a menudo un cumplido se rechaza con torpes tartamudeos porque desencadena un automático y desagradable diálogo en la mente de la—mujer.

Si alguien le dice que es encantadora o pondera la belleza de su arte o la felicita por algo que su alma inspiró o en lo que participó o intervino, algo en su mente le dice que no lo merece y tú, la persona que la felicita, eres una idiota por pensar tal cosa. En lugar de comprender que la belleza de su alma resplandece cuando ella es ella misma, la mujer cambia de tema y arrebata literalmente el alimento al yo espiritual que vive del reconocimiento y de la admiración.

Por consiguiente, ésta es la tarea final de la exiliada que encuentra a los suYos: no sólo aceptar la propia individualidad, la propia identidad específica como persona de un tipo determinado, sino también la propia belleza, la forma de la propia alma y el reconocimiento de que el hecho de vivir en contacto con esa criatura salvaje nos transforma a nosotras y transforma todo lo que toca.

Cuando aceptamos nuestra belleza salvaje, la colocamos en perspectiva y ya no somos conmovedoramente concientes de ella, pero por nada del mundo la abandonaríamos ni la negaríamos. ¿Sabe una loba lo hermosa que es cuando salta? ¿Sabe la hembra de un felino lo hermosas que son las formas que crea cuando se sienta? ¿Se impresiona un pájaro por el rumor que oye cuando despliega las alas? Cuando aprendemos de ellos, nos comportamos de acuerdo con nuestra verdadera manera de ser y no nos echamos atrás ni nos escondemos en presencia de nuestra belleza natural. Como las demás criaturas, nos limitamos a existir y así es como debe ser.

En el caso de las mujeres, esta búsqueda y este hallazgo se basan en la misteriosa pasión que sienten por lo que es salvaje, por lo que ellas mismas son con carácter innato. El objeto de este anhelo lo hemos denominado aquí la Mujer Salvaje, pero, incluso cuando ignoran su nombre y ni siquiera saben dónde vive, las mujeres se esfuerzan por ir a su encuentro y la aman con todo su corazón. La añoran y esta añoranza es a un tiempo motivación y locomoción. Este anhelo es el que nos induce a buscar y encontrar a la Mujer Salvaje. No es tan difícil como podría parecer a primera vista, pues la Mujer Salvaje también nos está buscando a nosotras. Nosotras somos sus hijas.

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El Zigoto Equivocado

A lo largo de todos los años de ejercicio de mi profesión he comprendido que a veces esta cuestión de la pertenencia tiene que ser abordada con un talante más ligero, pues la frivolidad puede aliviar en parte el dolor de una mujer. Empecé a contar a mis clientas este cuento que yo me inventé, titulado “El Zigoto Equivocado”, para ayudarlas sobre todo a contemplar su condición de forasteras con una metáfora más poderosa. El cuento dice así:

¿Te has preguntado alguna vez cómo te las arreglaste para acabar en una familia tan rara como la tuya? Si has vivido tu existencia como una forastera, como una persona ligeramente extraña o distinta, si eres una solitaria y vives al borde de la corriente principal, tú has sufrido. Y, sin embargo, también llega un momento en que hay que alejarse remando de todas estas cosas, conocer otra posición estratégica, emigrar a la tierra que nos corresponde.

Deja ya de sufrir y de intentar averiguar dónde fallaste. El misterio del porqué naciste como hija de quienquiera que sea ha terminado, finis, se acabó. Descansa un momento en la proa y refréscate con el viento que sopla desde tu patria.

Durante muchos años las mujeres que llevan la mítica vida del arquetipo de la Mujer Salvaje se han preguntado llorando en silencio: “¿ Por qué soy tan distinta? ¿Por qué nací en una familia tan extraña [o insensible)?” Dondequiera que sus vidas quisieran brotar, había alguien que echaba sal en la tierra para que no pudiera crecer nada. Se sentían torturadas por todas las prohibiciones que iban en contra de sus deseos naturales. Si eran hijas de la naturaleza, las mantenían bajo un techo. Si eran unas científicas, les decían que tenían que ser madres. Si querían ser madres, les decían que no encajaban en absoluto con la idea. Si querían inventar algo, les decían que fueran prácticas. Si querían crear, les decían que las tareas domésticas de una mujer nunca terminan.

A veces intentaban ser buenas y adaptarse a las pautas imperantes sin darse cuenta hasta más tarde de lo que realmente querían y de lo mucho que necesitaban vivir. Después, para poder tener una vida, experimentaban las dolorosas amputaciones de dejar a sus familias, los matrimonios que habían jurado conservar hasta la muerte, los trabajos que hubieran tenido que ser los trampolines hacia algo más entontecedor pero mejor remunerado. Dejaban los sueños diseminados por todo el camino.

A menudo las mujeres eran artistas que procuraban ser razonables, dedicando el ochenta por ciento de su tiempo a actividades que mataban su vida creativa a diario. Aunque los guiones eran muy variados, todos tenían un elemento en común: a muy temprana edad se las calificaba de “distintas” con connotaciones peyorativas. Pero, en realidad, eran apasionadas, individualistas e inquisitivas y todas estaban en su sano juicio instintivo. Por consiguiente, la respuesta a los por qué yo, por qué esta familia, por qué soy tan distinta es naturalmente la de que no hay respuestas a tales preguntas. No obstante, el ego necesita algo que llevarse a la boca antes de seguir adelante, por cuyo motivo yo propongo tres respuestas a pesar de todo. (La mujer sometida a psicoanálisis puede elegir la que guste, pero tiene que elegir una. Casi todas eligen la última, pero cualquiera de ellas es suficiente.) Prepárate. Aquí las tienes.

Hemos nacido tal como somos y en las extrañas familias por medio de las cuales vinimos a este mundo, 1) porque sí (eso casi nadie se lo cree), 2) el Yo tiene un plan y nuestros diminutos cerebros son demasiado pequeños para comprenderlo (a muchas les parece una idea esperanzadora) o 3) por culpa del Síndrome del Zigoto Equivocado (bueno… sí, tal vez… pero ¿eso qué es?).

Tu familia cree que eres una extraterrestre. Tú tienes plumas y ellos tienen escamas. La idea que tú tienes de la diversión son los bosques, los espacios agrestes, la vida interior, la majestuosa belleza de la creación. La idea que tiene tu familia de la diversión es doblar toallas. Si eso es lo que ocurre en tu familia, eres víctima del Síndrome del Zigoto Equivocado.

Tu familia se mueve muy despacio a través del tiempo, tú te mueves con la rapidez del viento; ellos son locuaces y tú eres reposada, o ellos son taciturnos y a ti te gusta cantar. Tú sabes porque sabes. Ellos quieren pruebas y una tesis de trescientas páginas. No cabe duda, se trata del Síndrome del Zigoto Equivocado.

¿Nunca has oído hablar de él? Verás, el Hada de los Zigotos volaba una noche sobre tu ciudad mientras todos los pequeños zigotos que llevaba en el cesto brincaban y saltaban de emoción.

Tú estabas destinada en realidad a unos padres que te hubieran comprendido, pero el Hada de los Zigotos tropezó con una borrasca y, zas, te caíste del cesto y fuiste a parar a una casa equivocada. Caíste de cabeza en una familia que no te estaba destinada. Tu “verdadera” familia se encontraba cinco kilómetros más allá.

Por eso tú te enamoraste de una familia que no era la tuya y que vivía cinco kilómetros más allá. Tú siempre pensabas que ojalá el señor Fulano de tal y su esposa hubieran sido tus padres. Es muy probable que, estuvieran destinados a serlo.

Por eso tú bailas el claqué por los pasillos a pesar de pertenecer a una familia de adictos a la televisión. Por eso tus padres se alarman cada vez que tú regresas a casa o los visitas. ” ¿Qué es lo que va a hacer ahora? —se preguntan, preocupados—. ¡La última vez nos avergonzó y sólo Dios sabe lo que va a hacer ahora!” Se tapan los ojos cuando te ven acercarte y no precisamente porque la luz que tú despides los deslumbre.

Tú sólo quieres amor. Ellos sólo quieren paz.

A los miembros de tu familia, por motivos personales (por sus preferencias, por su inocencia, por las heridas sufridas, por constitución, enfermedad mental o deliberada ignorancia) no se les da muy bien la espontaneidad con el subconciente y, como es natural, cuando tú vis1—tas la casa evocas el arquetipo del bromista, del que arma)aleo. Por consiguiente, antes de partir el pan juntos, la bromista experimenta el irreprimible deseo de arrojar un cabello al estofado de la familia.

Aunque tú no pretendas molestar a los miembros de tu familia, ellos se molestan de todos modos. Cuando tú apareces, todo y todos se vuelven locos.

Un signo inequívoco de la presencia de zigotos salvajes en la familia es el hecho de que los padres se sientan constantemente ofendidos y los hijos tengan la sensación de no hacer nunca nada a derechas.

La familia que no es salvaje sólo quiere una cosa, pero el Zigoto Equivocado nunca consigue averiguar lo que es y, aunque lo averiguara, se le pondrían los pelos tan de punta como signos de exclamación.

Prepárate porque te voy a contar el gran secreto. Eso es lo que ellos quieren realmente de ti, eso tan misterioso y trascendental.

Los que no son salvajes quieren que seas consecuente. Quieren que hoy seas exactamente igual que ayer. Quieren que no cambies con el paso de los días sino que permanezcas siempre como al principio.

Pregúntale a la familia si desea una conducta consecuente y te contestarán afirmativamente. ¿En todo? No, dirán, sólo en las cosas importantes. Independientemente de lo que sean las cosas importantes en su sistema de valores, con frecuencia son anatema para la naturaleza salvaje de las mujeres. Por desgracia, “las cosas importantes” para ellos no coinciden con “las cosas importantes” para la hija salvaje.

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La conducta consecuente es algo imposible para la Mujer Salvaje pues su fuerza estriba en su adaptación a los cambios, en sus danzas, sus aullidos, sus gruñidos, su profunda vida instintiva, su fuego creador. No es consecuente por medio de la uniformidad sino más bien por medio de la vida creativa, de sus sagaces percepciones, de la rapidez de su visión, de su flexibilidad y su habilidad.

Si tuviéramos que nombrar sólo una de las cosas que convierten a la Mujer Salvaje en lo que es, sería su sensibilidad, su capacidad de respuesta. La palabra “respuesta” procede del verbo latino respondere cuyo significado es, entre otras cosas, “prometer, garantizar, comprometerse”. Sus perspicaces y hábiles respuestas son una promesa consecuente y un compromiso con las fuerzas creadoras, tanto si se trata del duende —el espíritu que se oculta detrás del encanto y la pasión como sí se trata de la belleza, el arte, la danza o la vida. La promesa que nos hace, si nosotras no la malogramos, es la de ayudarnos a vivir plenamente vivas, de una manera consecuente y responsable.

De este modo, el Zigoto Equivocado ofrece su lealtad no a su familia sino a su Yo interior. Por eso la mujer se siente desgarrada. Se podría decir que su madre loba la agarra por el rabo y su familia biológica la agarra por los brazos. No tardará mucho en llorar de dolor, en enseñar los dientes y morderse a sí misma y morder a los demás antes de que se produzca un silencio mortal. Si la miras a los ojos, verás unos ojos del cielo, los ojos de una persona que ya no está aquí.

Aunque la socialización es muy importante para los niños, el hecho de matar a la criatura interior equivale a matar al niño. Los africanos occidentales reconocen que el hecho de ser duros con un niño da lugar a que el alma se aleje del cuerpo, a veces sólo unos pasos y otras a varios días de camino.

Aunque las necesidades del alma infantil tienen que guardar equilibrio con la necesidad de seguridad y de cuidados físicos y con unos conceptos minuciosamente estudiados acerca del “comportamiento civilizado”, yo siempre me preocupo por los niños que se comportan demasiado bien, pues sus ojos reflejan a menudo un “alma acobardada”.

Algo no marcha bien. Un alma sana brilla a través de la “persona” casi todos los días y resplandece ciertos días. Donde existe una notoria herida, el alma se escapa.

A veces se va sin rumbo o se escapa tan lejos que hace falta una magistral propiciación para convencerla de que regrese. Tiene que transcurrir mucho tiempo antes de que semejante alma recupere la Confianza suficiente para volver, pero se puede hacer. Para ello son necesarios varios ingredientes: pura honradez, resistencia, ternura, dulzura, desahogo de la cólera, gracia. La combinación de todas estas cosas crea una canción que induce al alma a regresar a casa.

¿Cuáles son las necesidades del alma? Pertenecen a dos reinos: el de la naturaleza y el de la creatividad. En estos reinos vive Na’ashjé’ii Asdzáá, la Mujer Araña, el gran espíritu creador de los indios diné. Ella protege a su pueblo. Su acción, entre otras, es la enseñanza de] amor a la belleza.

Las necesidades del alma se encuentran en la choza de estas tres viejas (o jóvenes, según el día) hermanas —Cloto, Láquesis y Átropo—, las cuales tejen el hilo de color rojo —que significa la pasión de la vida de una mujer. Tejen las edades de la vida de una mujer y las atan entre sí cuando una de ellas termina y comienza la siguiente. Se encuentran en los bosques de los espíritus de las cazadoras, Diana y Artemisa, quienes son mujeres lobas que representan la capacidad de cazar, seguir la pista y recuperar distintos aspectos de la psique.

Las necesidades del alma están gobernadas por Coatlicue, la diosa azteca de la autosuficiencia femenina que da a luz en cuclillas y firmemente asentada sobre los pies. Ella enseña lo que es la vida de la mujer solitaria. Es la hacedora de niños, es decir, de un nuevo potencial de vida, pero es también la madre de la Muerte que lleva en su falda unas calaveras que suenan como los cascabeles de una serpiente, pues son cráneos de serpiente y, puesto que los cascabeles de los cráneos suenan también como la lluvia, por afinidad de resonancia atraen la lluvia sobre la tierra. Es la protectora de todas las mujeres solitarias y de aquellas cuya magia y cuyos pensamientos e ideas son tan poderosos que tienen que vivir al margen de quién sabe dónde para no deslumbrar demasiado a los habitantes de la aldea. Coatlicue es la protectora especial de la forastera.

¿Cuál es el alimento esencial del alma? Bueno, eso difiere de criatura a criatura, pero he aquí algunas combinaciones que pueden considerarse algo así como una macrobiótica psíquica. Para algunas mujeres el aire, la noche, la luz del sol y los árboles son unas necesidades imprescindibles. Otras sólo se pueden saciar con las palabras, el papel y los libros. Para otras, el color, la forma, la sombra y la arcilla son necesidades absolutas. Algunas mujeres tienen que saltar, inclinarse y correr, pues sus almas ansían bailar. Otras sólo ansían la paz que produce el hecho de apoyarse en el tronco de un árbol.

Hay todavía que tener en cuenta otra cuestión. Los Zigotos Equivocados aprenden a ser unos supervivientes. Es duro pasarse años entre aquellos que no pueden ayudarnos a florecer. El hecho de que alguien pueda decir que es un superviviente ya es una hazaña* Para muchas personas, el poder reside en su mismo nombre. Sin embargo, en el proceso de individuación llega un momento en que la amenaza o el trauma ya pertenecen significativamente al pasado. Es el momento de pasar de la fase de la supervivencia a la de la curación y el crecimiento.

Si nos quedamos en la fase de la supervivencia sin pasar a la del crecimiento, nos limitamos y reducimos a la mitad nuestra energía y nuestro poder en el mundo. El orgullo que experimentan algunas personas por el hecho de ser supervivientes puede constituir un obstáculo para un ulterior desarrollo creativo. A veces las personas temen superar su situación de supervivientes, pues sólo se trata de eso, Una situación, una marca distintiva, una hazaña de las de “más te vale creerlo porque es la pura verdad”.

En lugar de convertir la supervivencia en el eje de la propia vida, conviene usarla como una de nuestras insignias, pero no la única. Los seres humanos merecen recrearse en los bellos recuerdos, las medallas y las condecoraciones recibidas por el hecho de haber vivido y triunfado en toda regla. Pero, una vez ha pasado la amenaza, podemos caer en la trampa de utilizar los nombres que nos hemos ganado en los momentos más terribles de nuestra vida, lo cual crea una disposición mental susceptible de limitarnos. No es bueno basar la identidad del alma exclusivamente en las hazañas, las pérdidas y las victorias de los malos momentos. A pesar de que la supervivencia puede dejar a la mujer tan endurecida como la cecina de buey, el hecho de aliarnos en determinado momento exclusivamente con ella puede inhibir los nuevos desarrollos.

Cuando una mujer insiste una y otra vez en decir “soy una superviviente” una vez superada la fase en que ello le podía reportar una utilidad, la tarea que tenemos por delante está muy clara. Hay que arrancar a la persona del arquetipo de la supervivencia. De lo contrario, no podría crecer nada más. Me gusta comparar esta situación con la de una plantita que consigue —sin agua, sol ni abono— sacar una valerosa y tenaz hojita a pesar de todo.

Sin embargo, ahora que los malos tiempos han quedado atrás, el crecimiento significa exponernos a situaciones propicias para el nacimiento y el desarrollo de vigorosas y abundantes flores y hojas. Es Mejor ponernos nombres que nos inviten a crecer como criaturas libres. Eso es el crecimiento. Eso es lo que nos estaba destinado. Los rituales son uno de los medios utilizados por los seres humanos para situar sus vidas en perspectiva, ya sea el Purim de los judíos, el Adviento de los cristianos o el descenso de la luna. Los rituales evocan las sombras y los espectros de las vidas de las personas, los clasifican y los apaciguan. Hay una imagen especial de los festejos del Día de los Muertos que puede utilizarse para ayudar a las mujeres a hacer la transición desde la supervivencia al crecimiento. Se basa en el rito de las llamadas ofrendas unos altares que se erigen en honor de los difuntos. Las ofrendas son tributos, monumentos conmemorativos y expresiones d, profunda consideración hacia los seres queridos que ya no están en esta tierra. Creo que a las mujeres les es más útil hacer una ofrenda a la niña que fueron antaño, algo así como un testamento en favor de la niña heroica.

Algunas mujeres eligen objetos, escritos, prendas de vestir, juguetes, recuerdos de acontecimientos y otros símbolos de la infancia que se va a representar. Montan la ofrenda a su manera, cuentan una historia que a veces encaja con ella y otras no y después la dejan allí todo el tiempo que quieren. Es la prueba de todas las penalidades del pasado, de su valentía y de su triunfo sobre la adversidad (15).

Esta manera de contemplar el pasado consigue varios objetivos: permite ver las cosas en perspectiva con una compasiva mirada sobre el pasado, mostrando lo que se ha experimentado, lo que se ha hecho con el pasado y lo que es admirable en él. La admiración que suscita el pasado, más que su existencia, es lo que libera a la persona.

El hecho de seguir siendo una niña superviviente más allá del período en que ello ocurrió es identificarse en exceso con un arquetipo herido. Comprender la herida y recordarla nos permite crecer. Nuestro derecho como mujeres es crecer, no simplemente sobrevivir.

No te amilanes ni te acobardes si te llaman oveja negra, inconformista, lobo solitario. Los estrechos de miras dicen que los inconformistas son una lacra de la sociedad. Sin embargo, se ha demostrado a lo largo de los siglos que el hecho de ser distinta significa estar al margen, tener la certeza de que una hará una aportación original, una útil y sorprendente aportación a su cultura (16). Cuando busques una guía, no prestes jamás atención a los pusilánimes. Sé amable con ellos, llénalos de cumplidos, procura engatusarlos, pero no sigas sus consejos.

Si alguna vez te han llamado insolente, incorregible, descarada, astuta, revolucionaria, indisciplinada, rebelde, vas por buen camino. La Mujer Salvaje está muy cerca.

Si jamás te han llamado nada de todo eso, aún hay tiempo. Haz prácticas con tu Mujer Salvaje. ¡Ándele! Sigue intentándolo.

NOTAS:

1. Aunque algunos analistas junguianos consideran que Andersen era un “neurótico” cuya obra no merecía estudiarse, yo creo que ésta y, sobre todo, los temas de los cuentos que elegía para embellecerlos, son muy importantes, pues reflejan el sufrimiento de los niños y el sufrimiento del Yo del alma. Esta sección y este desmenuzamiento del alma juvenil no es sólo un tema habitual en el tiempo y el lugar en los que Andersen vivió. Sigue siendo una cuestión esencial del alma en todo el mundo. Aunque el tema de los malos tratos al alma y al espíritu de los niños, los adultos o los ancianos puede ser objeto de menosprecio como consecuencia de sus intelectualizaciones románticas, yo creo que Andersen lo afronta con honradez. La psicología clásica en general se adelanta a la comprensión por parte de la sociedad de la extensión y profundidad de los malos tratos infantiles en las distintas clases y culturas. Y los cuentos de hadas se adelantan a la psicología en el descubrimiento del daño deliberado que los seres humanos se causan entre sí.

2. El narrador rústico de cuentos es el que tiende a no tener demasiadas capas de cinismo y conserva el sentido común y también el sentido del mundo nocturno. Según esta definición, un individuo instruido que se ha criado en una metrópoli de asfalto podría ser un rústico. La palabra se refiere más al estado mental que al hábitat físico del individuo. En mi infancia, oí contar El patito feo por boca de “las tres Katies”, mis ancianas tías paternas, todas ellas rústicas.

3. Ésta es una de las principales razones por las que un adulto se somete a un análisis o a un auto análisis: para clasificar y ordenar los factores y complejos paternos, culturales y arquetípicos de tal forma que, como en los cuentos de La Llorona, el río se mantenga lo más limpio posible.

4. Sísifo, el Cíclope y Calibán, las tres figuras masculinas de la mitología griega, son conocidos por su resistencia y fiereza y por la dureza de su piel. En las culturas en las que no se permite que las mujeres se desarrollen en todas direcciones, se suelen reprimir en ellas estas llamadas cualidades masculinas. Cuando se produce una inhibición psíquica y cultura¡ del desarrollo masculino en las mujeres, éstas se ven apartadas del cáliz, el estetoscopio, el pincel, la bolsa del dinero, los cargos políticos, etc.

5. Véanse las obras de Alice Miller: Drama of the Gifted Child, For Your Own Good, Thou Shalt Not Be Aware.

6. Para demostrar este aserto, no hace falta que los ejemplos del alejamiento de la mujer de su propia manera de trabajar y vivir sean dramáticos. Entre los más recientes figuran las leyes que dificultan o impiden que una mujer (o un hombre) se gane el sueldo en casa, permaneciendo simultáneamente cerca del mundo del trabajo, el hogar y los hijos. Las leyes que impiden que el individuo mantenga la cohesión del trabajo, la familia y la vida personal ya hace tiempo que tendrían que haberse modificado.

7. Hay todavía mucha esclavitud en el mundo. A veces no se llama así, pero, cuando una persona no es libre de “irse” y es castigada si “huye”, no cabe duda de que estamos en presencia de la esclavitud. Cuando una persona se ve obligada a realizar un trabajo doloroso o a hacer unas elecciones humillantes que no redundan en su propio beneficio sino que simplemente le sirven para subsistir o recibir una mínima protección, también estamos en presencia de una esclavitud. Bajo las esclavitudes de todas clases las familias y los espíritus se quiebran y se pierden durante muchos años, cuando no para siempre.

Pero también existe todavía la esclavitud propiamente dicha. Una persona que estuvo recientemente en una isla del Caribe me contó que en uno de los hoteles de lujo de allí acababa de llegar un príncipe de Oriente Medio con todo su séquito en el que figuraban numerosas esclavas. Todo el personal del hotel corría de un lado para otro, tratando de impedir que se cruzaran en el camino de un conocido representante negro del movimiento en favor de los Derechos Civiles de Estados Unidos que también se alojaba en el hotel.

8. Entre ellas había madres niñas de tan sólo doce años, adolescentes, mujeres maduras, mujeres embarazadas después de una noche de amor, una noche de placer o una noche de amor y placer, víctimas de incestos y violaciones, todas ellas maltratadas y duramente atacadas por una cultura firmemente dispuesta a perjudicar tanto al hijo como a la madre con la difamación y el ostracismo.

9. Varios autores han escrito acerca de este tema. Véanse las obras de Robert Bly, Guy Corneau, Douglas Gillette, Sam Keen, John Lee, Robert L. Moore, etc.

10. Es uno de los mitos más estúpidos que existen acerca del envejecimiento, el de que una mujer se convierte en una persona tan completa que ya no necesita nada y es una fuente de toda suerte de cosas para los demás. No, la mujer es como un árbol que necesita agua y aire por muy viejo que sea. La anciana es como el árbol; no hay ningún punto final, ningún término repentino, sino más bien un desarrollo de las raíces y las ramas y, con los debidos cuidados, mucho florecimiento.

11. Me lo facilitó mi amiga española y alma gemela Faldiz.

12. Jung utilizaba este término para referirse al tonto inocente de los cuentos de hadas que casi siempre desaparece al final.

13. De jan Vanderburgh, comunicación personal.

14. Ha habido en la psicología junguiana un prejuicio que puede oscurecer el diagnóstico de un grave trastorno y es el de que la introversión es un estado normal cualquiera que sea el grado de mortal apatía del individuo. A veces, un silencio mortal que a veces se interpreta como una introversión oculta con frecuencia un profundo drama. Cuando una mujer es “tímida” o profundamente “introvertida” o dolorosamente “modesta”, conviene mirar bajo la superficie para ver si es algo de carácter innato o si se trata de una lesión.

15. Carolina Delgado, asistenta social junguiana y artista de Houston, utiliza ofrendas como bandejas de arena a modo de instrumentos proyectivos para evaluar el estado psíquico del individuo.

16. La lista de mujeres “distintas” es muy larga. Pensemos en cualquier modelo por antonomasia de los últimos siglos y veremos que a menudo se trata de personas que se encontraban al margen o pertenecían a un subgrupo o estaban fuera de la corriente principal.

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Comentarios en: "Capítulo 6 – EL HALLAZGO DE LA MANADA: LA DICHA DE LA PERTENENCIA" (2)

  1. Eres un Tesoro! soy feliz de haber encontrado una compañera de viaje y poder aprender contigo y de tí… Gracias Hermana Loba por compartir carreras y estos maravillosos capítulos… Un abrazo azul intenso ;-D***

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  2. Agapita dijo:

    Es muy valioso que te hayas tomado el trabajo de transcribir esta parte tan importante del libro…un placer releerlo siempre…yo sigo esperando la primavera…resistiendo…

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