…amanecer salvaje…

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ES SENCILLO
Ámame
como a un árbol:
lluéveme,
derrama mi simiente
bajo tierra,
llora la caída
de mis hojas.

Borja de Diego

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La Vendedora de Fósforos

La primera vez que leí este cuento, siendo una niña pequeña, mis ojos se llenaban de lágrimas y mi pecho de sollozos por el triste destino de esta pobre vendedora de fósforos. Cómo comprender tanto desamparo, tanta soledad, tanta carencia y tanta frialdad en medio de la magia de la navidad. Al leerlo muchos años después no deja de emocionarme. Si esta pequeña hubiese tenido tan sólo un poco de calor interno y de amor propio hubiese encontrado tal vez alguna forma de proteger su vida y no perderse en sus ensoñaciones. Va dedicado a todas las mujeres que mueren en vida congeladas por el abandono, por el desprecio, por la falta de atención y de reconocimiento; a todas a las que su trabajo, su creatividad y su esfuerzo no es valorado ni retribuido; a todas las mujeres que para sobrellevar sus amarguras se entregan a vivir en un mundo de ensueños y dejan así de luchar por sus vidas; a todas las que se dejan paralizar por el miedo; a todas las “huérfanas de madre” que han perdido el contacto con lo femenino y con su capacidad de protección y cuidado interno; a todas las mujeres, niñas y ancianas faltas de calor, de compasión y de amor. A todas las que en algún momento de nuestras vidas podemos dejarnos cargar (y victimizar) con una vendedora de fósforos dentro. Un abrazo circular en esta navidad.

LA VENDEDORA DE FÓSFOROS-

Hans Christian Andersen.

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados navideños se percibía por todas partes.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa ya que si volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Sus manitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: “Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios”.

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!– gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser acurrucado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!– dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

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DIAS DE VINO Y ROSAS

No sabíamos de los días de vino y rosas,
aturdidos como estábamos de que el deseo
se empeñara en ajarse en la costumbre
y en rebelarse contra el orden establecido.

Pronto comenzamos a pagar el alto precio
que supone saberse diferentes,
y aprendimos a rendirles vasallaje al ansia
y a su estigma.

Tuvimos que pagar un alto precio
y aún hoy lo pagamos,
pero vamos conociendo
el sabor del vino y el olor de la rosa.

Dolores Herrera Uribe

http://www.nodo50.org/mlrs/

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