…amanecer salvaje…

LA MASCULINIDAD TOXICA por SERGIO SINAY

Febrero de 2007 por ©Refugio de Paz y Verdad de Silvia Paglioni Sergio Sinay
web: http://www.sergiosinay.com
contacto: sergio@sergiosinay.com

(Este texto es la introducción del libro “La masculinidad tóxica”, de reciente aparición)

Il Divo – Feelings

Como habitantes de la sociedad y de la cultura contemporáneas, somos a menudo peces que desconocen la complejidad, la textura, la composición y los efectos del agua de su propia pecera. Estamos inmersos en paradigmas que no cuestionamos, a los cuales a menudo alimentamos y reproducimos como si se tratara de realidades inmodificables de la Naturaleza. Nos vamos cociendo lentamente en ellos, del modo en que una rana se cuece en el agua, (la temperatura sube paulatina, constante e inadvertida hasta que se hace tarde para huir fuera de la olla de cocción). Como peces que, desentendidos del agua no se preguntan por ella, corremos el riesgo de perecer víctimas de sus toxinas y convencidos de que ellas son nuestro alimento. Hay un paradigma en particular que tiñe y contamina el ámbito de nuestros vínculos, de nuestras actividades, de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, de nuestro lenguaje hasta hacerlo altamente peligroso. Mucho más de lo que imaginamos.

Si hiciéramos un análisis de nuestra propia pecera, detectaríamos ese paradigma, en algunos elementos como los siguientes:

*Los investigadores en el campo de la salud sexual afirman que los varones son los principales transmisores de las enfermedades de transmisión sexual y del HIV debido a su conducta desaprensiva, a su ignorancia sobre el tema y a la falta de educación y guía. El fenómeno se va extendiendo entre los varones jóvenes.

*La diputada holandesa, de origen somalí, Ayaan Iris Alí (autora del libro Yo acuso) pronunció el 8 de marzo de 2006, Día Internacional de la Mujer, un discurso en Alemania en el que citó estas cifras de un informe publicado por el Centro para el Control Democrático de las Fuerzas Armadas: en todo el mundo entre 113 y 200 millones de mujeres están demográficamente desaparecidas. Entre 1,5 y 3 millones de ellas (adultas y niñas) pierden la vida cada año víctimas de la violencia o el abandono debido a su sexo. En amplias regiones del planeta los alimentos y la asistencia médica se destinan en primer lugar a los varones (padres, maridos, hijos).

* En la Argentina (cifras oficiales de la Provincia de Buenos Aires) el 70 % de las mujeres que mueren violentamente lo hacen a manos de hombres conocidos de ellas. Algo similar ocurre en Perú (datos de Pacific Institute for Women´s Health). En Uruguay (según el diario La República, de Montevideo), cada cinco días una mujer muere por violencia doméstica. En Chile (diario La Cuarta, de Santiago) el promedio es de 58 por año. De acuerdo con datos de la ONG Iansa (Internacional Action Network on Small Arms), entidad que propone desarmar a las sociedades civiles, 33% de las mujeres que mueren en Francia son asesinadas a tiros por sus parejas, un porcentaje que crece al 66% en Estados Unidos. Mientras, en Sudáfrica, cada seis horas una mujer es asesinada a balazos por su pareja actual o anterior. De acuerdo con cifras del Parlamento Europeo, en Guatemala 1200 mujeres mueren por año a manos de hombres y en México 350. En España (diario El País, de Madrid) llegaban a la veintena en sólo los tres primeros meses de 2006.

*Un informe presentado en marzo de 2006 por Médicos sin Fronteras considera a la violación sexual como una verdadera plaga a escala mundial que, sólo en Estados Unidos, afecta a 700 mil mujeres por año pero que “no es cosa de latinos ni de salvajes, sino que está bien repartida a lo largo del mundo y de las clases sociales”. Leer más ejemplos: Artículos – “La pecera envenedada”.

Etiquetas engañosas

¿Podemos seguir acumulando ejemplos y datos? Podemos. Pero es suficiente. Flotamos en una pecera teñida por un paradigma masculino arcaico, violento, depredador en lo físico, en lo geográfico, en lo emocional, en lo vincular, en lo espiritual. Un paradigma que se nos impone a veces con brutalidad y muchas más veces engañosamente mimetizado en mensajes y propuestas que se difunden a través de los medios de comunicación, las conversaciones, las conductas. Parte del engaño se llama “Nueva masculinidad”, o “metrosexualidad”, o “cibersexualidad” o “vitalsexualidad”, o “Nueva paternidad”, y probablemente para cuando este libro esté en circulación otras etiquetas habrán nacido y desaparecido con la fugacidad de lo que no tiene raíces ni sustento.

A veces creemos (o se nos hace creer) que el modelo de masculinidad tóxica (como lo llamaré de aquí en más a lo largo de este trabajo) pertenece al pasado, a la época de “nuestros padres”. Lo creemos porque estamos intoxicados y, adhiriendo al pensamiento mágico, creemos (hombres y mujeres de buena voluntad) que si decimos que algo no existe, sólo por decirlo desaparecerá. Y a veces lo creemos porque las usinas de la publicidad y del marketing nos someten a bombardeos sutiles o alevosos según el caso, groseros o ingeniosos según el caso, obscenos o psicopáticos según el caso, para convencernos de algo que, de lograrlo, nos convertirá en consumidores sumisos de cualquier cosa que se nos quiera vender. En este caso se trata de embutir a los varones cosméticos, ropas u otros productos que antes sólo se destinaban a un mercado femenino. También se trata de ilusionar a las mujeres (“Ahora hay un nuevo tipo de hombre, sensible, usá esto, comprale lo otro y lo encontrarás”). La publicidad, el marketing, los medios no son hoy inocentes. Son inoculadores y portadores activos y constantes de muchos de los más nocivos mensajes, propuestas orientadoras e incitaciones ideológicas (a la manipulación, a la violencia, a las adicciones) que emponzoñan el agua en que nadamos.

En el caso del paradigma masculino en boga (muy en boga, como se verá en estas páginas), quienes se desempeñan en esas actividades quizás deban ser llamados a declarar algún día como imputados y acusados. Para conseguir pruebas sólo basta con sentarse frente a un televisor (por no hablar de otros medios) apenas unos minutos. Allí mismo, además de avisos, se podrá ver cómo los programas de mayor porcentaje de audiencia (esos que, según los directivos de los canales, “la gente pide”) son verdaderos caldos de cultivo de las creencias del machismo depredador.

Animadores y animadoras por igual exudan masculinidad tóxica en su lenguaje, en sus chistes, en sus declamaciones, en su manera de dirigirse, según sea el caso, a hombres o a mujeres. Esto se festeja y luego se repite. Es decir, se contagia como un virus. Se cita en las conversaciones cotidianas.

Cuanto más machista, cuanto más tóxico sea el mensaje, más idolatrado será el conductor, o galán, o actriz o conductora de turno. Sus televidentes se cuentan por millones y no son sólo hombres y mujeres adultos. Son niños, niñas, también ellos celebran, del mismo modo en que ven celebrar a sus adultos. Respiramos, pues, ese agua, somos peces de esa pecera.

Todos estos factores (guerras, violaciones, accidentes, conductas deportivas, comportamientos sociales, actitudes sexuales, formas de interacción política, discursos públicos, apelaciones de mercadeo, modas televisivas) pueden ser estudiadas desde diferentes miradas y disciplinas: desde la economía, la política, la sociología, la psicología social, la semiótica y más. De hecho lo son. Cada enfoque aporta información, ideas, hipótesis. Sin embargo, en mi opinión, hay un elemento que suele ser ignorado, o no registrado, cuando se abordan fenómenos tan decisivos de la vida contemporánea. No se sopesa, y a menudo da la impresión de que ni siquiera se sospecha, el peso significativo que tiene en todo esto el paradigma masculino primitivo y depredador. Hasta tal punto se ha incorporado como parte “natural” de nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con el planeta, que no se lo cuestiona.

Cuando digo esto, creo no exagerar. Es cierto que en algunos foros universitarios o intelectuales, que en ciertos programas de televisión y radio o en algunos espacios de la investigación periodística gráfica, que en determinados ensayos o en eventos especializados (como la Conferencia Internacional de la Mujer o ciertas comisiones parlamentarias) se lo denuncia. Sin embargo se trata de un “como si” de la denuncia, de actitudes que apuntan a generar polémica para ganar audiencias (televisivas, radiales, políticas), para estimular el fund raising de algunas organizaciones, para mejorar perfiles de los denunciantes, pero, hasta aquí, no han servido para transformar realmente una realidad altamente tóxica y altamente peligrosa para los vínculos humanos.

Por último, deben incluirse las denuncias de distintos foros feministas que, en definitiva, antes que apuntar a una transformación de las relaciones humanas, a una integración fecunda de las diferencias entre varones y mujeres en una complementariedad que mejore la vida de todos (en especial de las generaciones futuras), toman el perfil de una revancha.

En este punto, rescato la lucidez de Elisabeth Badinter, antropóloga e historiadora francesa, una de las más prestigiosas feministas europeas, que en su trabajo Fause Route (Hombres y mujeres, cómo salir del camino equivocado) señala: “La perspectiva victimista (propuesta por el feminismo) no carece de ventajas. En principio, sin más, una se siente del lado correcto de la barricada. No sólo porque la víctima siempre tiene razón sino también porque provoca una conmiseración simétrica al odio sin piedad que una dispensa al verdugo. (…) Al insistir acerca de la imagen de la mujer oprimida e indefensa contra el opresor hereditario se pierde toda credibilidad ante las generaciones jóvenes que no escuchan con ese oído.

Por otra parte, ¿qué se se les propone si no cada vez más penalización y victimización? (…) ¿Qué paradigma masculino y femenino se intenta promover?”. En efecto, muchas posturas feministas (las más radicalizadas y dogmáticas) sólo tienen diferencias de forma con el machismo: proponen un dogma basado en la supuesta superioridad de un accidente biológico (el sexo) sobre otro. Y elaboran desde allí su propio modelo de competencia, intolerancia, descalificación y resentimiento.

Sin distinción de género

Las reflexiones de Badinter vienen al caso, ponen el acento en una cuestión central. Si vemos al modelo masculino todavía hegemónico en nuestra cultura sólo como un problema de los hombres, como una veta de la cual ellos se enriquecen a costa de sus víctimas femeninas y como una simple cuestión de poderes en pugna, habremos caído en otro de los paradigmas trágicos de nuestra cultura: el dualismo, la necesidad de entender las cosas en términos de una contra la otra. Se pierde así la riqueza de la visión integradora y transformadora.

Este no es un problema de hombres contra mujeres (aunque así lo vivan quienes adhieren a los ismos). El paradigma de la masculinidad tóxica afecta a la Humanidad en su conjunto. Nos impide enriquecernos con la diversidad, ser fecundos a partir de las diferencias, trascender desde la complementariedad. Es un paradigma que infecta al pensamiento social en su conjunto, a las relaciones humanas en su totalidad. Destruye los ecosistemas (físicos y espirituales) en los que todos, juntos, con vestido o con pantalón, con pene o con vagina, habitamos. Las cifras y ejemplos citados en el inicio de este capítulo son elocuentes en ese sentido. No hay ventajas de “género” en cuanto a los perjuicios del modelo. No hay ninguna ventaja para los varones en vivir de seis a nueve años menos que las mujeres (con una esperanza de vida que se acorta debido a la toxicidad del modelo masculino). No hay ventaja para las mujeres en sobrevivir en una sociedad de viudas. Y no hay ventajas para las jóvenes (y próximas) generaciones en recibir, por acción o por omisión, a través de mensajes explícitos o de dobles mensajes manipuladores, la orientación hacia la reproducción del modelo o, por el contrario, la desorientación y la desesperanza absolutas acerca de una mejor convivencia entre los seres.

Propongo que nos detengamos en este punto. Se suele decir, con frecuencia y levedad, que el modelo tradicional masculino pertenece al pasado, que las nuevas generaciones de maridos, de padres, de profesionales, de amigos varones ya no responden a ella. Que son más participativos (en lo doméstico, en la crianza de los hijos), que son más sensibles (comunican más sus sentimientos), más solidarios con las mujeres y más comunicativos entre sí. Quienes lo dicen pertenecen a generaciones adultas, mayores. También lo afirman muchos comunicadores, fabricantes de productos para “hombres sensibles”, e incluso lo suelen repetir muchos hombres que se sienten culpables de pertenecer (por una adscripción biológica) al bando de los “opresores”. A veces lo dicen sociólogos y educadores. En algunos de quienes sostienen esta teoría subyace el deseo y la (buena) voluntad de que sus palabras sean ciertas. En otros, hay un interés oculto, en otros se trata de meras repeticiones automáticas de consignas. Desde mi punto de vista, esto es simplemente una manifestación de lo que se conoce como “pensamiento políticamente correcto” o progresismo a la moda. Se trata de estar “a la altura de los tiempos”. ¿Quién actuaría o hablaría hoy como un machista prehistórico, cómo un primo hermano del hombre de Neandertal? Nadie que, de veras, pretenda ser escuchado o respetado, de acuerdo con las convenciones culturales contemporáneas. De manera que se hace necesario un discurso diferente, sin dudas. Pero los discursos cambian con más velocidad y facilidad que las conductas (la política es una prueba cotidiana de esto). Es una ilusión infantil confundir palabras con hechos. Sin embargo, es lo que suele hacerse con frecuencia en este tema. Si repetimos diez veces que los hombres han cambiado o están cambiando, empezaremos a ver hombres diferentes y vínculos diferentes entre ellos, entre ellos y sus hijos, entre ellos y sus mujeres, entre ellos y la Naturaleza. Veremos nuevas formas de la política (más humanistas), de la economía (más solidarias), de las relaciones sociales (más compasivas). Este pensamiento mágico, que permite ver lo que se quiere ver más allá de que exista o no, parece impulsar a los voceros de la nueva joven masculinidad.

Magia e irresponsabilidad

Además de mágico, ese pensamiento es, en cierto modo, irresponsable. Supone que los cambios se hacen con desearlos, que no hay que comprometerse con ellos, que no hay tareas por realizar ni deberes por asumir. Cuando descubren la pecera en la que han crecido y vivido y lo que ellos mismos han transmitido a través de ese agua a los pequeños peces, muchos adultos (hombres y mujeres) parecen creer que su “darse cuenta” producirá, a través de una ósmosis misteriosa, la transformación de sus hijos, nietos, yernos, sobrinos y demás varones consecuentes. ¿Pero por qué habrían de ser enteramente distintas las nuevas generaciones? ¿No nacieron de las que les precedieron, no fueron educadas por aquellas? ¿No hay un excesivo desligamiento de las propias funciones cuando se confía en un cambio que los jóvenes deberían hacer por su cuenta? ¿Sólo con no ser un padre autoritario se consigue tener un hijo sensible, compasivo, solidario y, a la vez, fuerte, espiritualmente corajudo? ¿Basta, de veras, con no ser un padre autoritario (ya profundizaremos en esta cuestión)? ¿Qué tipo de hombres y mujeres son estos adultos en las otras áreas de su vida? ¿Están seguros de que no se manejan allí con el paradigma masculino tradicional? ¿Son despiadadamente competitivos, confunden fines con medios, incluyen la compasión y la empatía en sus vínculos de amistad, afectivos, profesionales, sociales y demás? ¿No apoyan guerras (¿ni creen en las “guerras justas”)? ¿Cómo conducen sus automóviles, cómo se conducen respecto de las reglas, leyes y normas, cómo actúan y piensan acerca del otro sexo, son respetuosos de las diferencias, pueden celebrarlas? En síntesis, ¿por qué habrían de cambiar los jóvenes varones y las jóvenes mujeres (ya que, insisto, el paradigma nos cabe a todos) si no cambian su entorno y sus referentes? ¿Puede, en fin, un pequeño pez tomar oxígeno puro de una pecera contaminada?

Sin embargo, hay cambios. Pero, por ahora, son epidérmicos. Claro que, en algunos padres y maridos jóvenes, se notan actitudes diferentes. Pero no están transformando el paradigma. Ocurre, según mi evaluación, que la toxicidad del paradigma que nos rige es tan alta como para generar síntomas inocultables, tanto físicos como psíquicos y emocionales. Estos van desde niveles de estrés y enfermedad crecientes, hasta insatisfacción espiritual, ansiedad, angustia, en pocas palabras vacío existencial. A veces conciente, a veces intuitivamente, hay quienes buscan cambiar algo. En esa búsqueda, incipiente e incierta, se pueden anotar, en parte, los aparentes nuevos modelos que con tanta ligereza se celebran. Adherir a la creencia de que ha advenido una “nueva masculinidad” tiene, desde esta perspectiva, un costo muy alto: el de reforzar la masculinidad tradicional, con todas sus consecuencias. A fines del siglo diecinueve el príncipe italiano Tomaso Di Lampedusa describió magistralmente,í en su novela El gatopardo, estos procesos ilusionistas que permiten hacer creer que algo cambia para que nada cambie.

Cada uno a lo suyo

¿Por qué depositar toda la responsabilidad de nuestros problemas sociales, políticos y culturales en el paradigma masculino hegemónico? ¿Finalmente eso no conduce a aquello que critico en el feminismo, es decir a hacer de los hombres los culpables de todo? Conviene aclarar cuanto antes que ese paradigma no es la única causa de la desarmonía de nuestro planeta. Pero es una razón de mucho peso, puesto que en el juego de la relación entre los géneros, a los hombres se les encargó la conducción del mundo externo, público, social, y es desde allí desde donde este modelo se posicionó y extendió. A las mujeres, en esa repartición de funciones culturales que se viven como “naturales”, les tocó la administración de lo doméstico, lo privado, lo emocional. Desde sus funciones unos y otras han mantenido en funcionamiento, y en reproducción, esta pecera en la que habitamos y que se llama “nuestra sociedad” o “nuestra cultura”. Dentro de ella, y ateniéndose a sus funciones “específicas”, durante muchas generaciones las mujeres (víctimas como los hombres) contribuyeron al mantenimiento del paradigma criando, por ejemplo, hijos machistas e hijas a quienes se educaba para elegir hombres machistas (proveedores materiales, productores, protectores), hombres, en fin, que las relegarían a un espacio en el que ellas proveerían, a su vez, lo suyo (capacidad de maternar, nutrir, alimentar y ordenar lo doméstico, disponibilidad sexual) sin interferir. Esto, por supuesto, también ha cambiado en parte, pero mucho más en lo formal que en lo esencial. Ya lo veremos. Sin embargo, al cambio de las mujeres ha influido, como consecuencia, en el hecho de que hoy se cuestione el paradigma masculino. No es el único motivo, pero es uno muy importante.

Así estamos, entonces, en un punto de inflexión. La masculinidad tóxica es aún un modelo predominante, se extiende hasta los intersticios más sutiles de nuestra vida, de nuestros vínculos, de nuestras actividades, de nuestro estar en el mundo. Marca nuestras vidas y nuestras relaciones con más profundidad de lo que advertimos y reconocemos. Nos pone en peligro, daña nuestro hábitat natural. Y no admite miradas negligentes, desentendimientos ni, mucho menos, descargos.

Durante un tiempo, acaso las últimas tres décadas del siglo veinte, mientras e iniciaban transformaciones y cuestionamientos significativos en la conducta y la ética sexual, mientras mutaban los modelos de pareja, de matrimonio y de familia, resultaba plausible atribuir los comportamientos derivados del paradigma masculino tóxico a las décadas y siglos de vigencia del mismo, a la ignorancia (de los propios hombres en primer lugar) generada por ese modelo. Podía sostenerse, con algún fundamento, que el machismo (como modelo social que incluye a todos, varones y mujeres) no era una elección, sino una imposición. Cuando el siglo veintiuno está ya en pleno desarrollo, aquello ya no cabe. Respecto de la masculinidad tóxica, en mi opinión, ya no hay lugar para descargos, ya no se puede alegar inocencia.

Ocurre que no somos peces, después de todo. Somos humanos. Y lo que nos convierte en tales es la conciencia. La conciencia nos hace responsables, es decir nos impide delegar en otros (o en circunstancias, hechos, azares, etc.) las consecuencias de nuestros actos, de nuestras elecciones, la elección de nuestra vida. Desarticular el paradigma de la masculinidad tóxica es, pues, una cuestión de responsabilidad. Una cuestión moral.

desde http://silyoga.bahiadesign.com

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