…amanecer salvaje…

Archivo para 28/02/2008

la aventura espiritual, emocional y cósmica de convertirse en un hombre de verdad…

• Carta abierta de un varón a otro varón

EXTRACTO DEL LIBRO “LA MASCULINIDAD TÓXICA” DE SERGIO SINAY. EDICIONES B, ARGENTINA, 2006

“Querido congénere:

Esta carta no podía tener otro destinatario que no fueras vos. Nadie podría entender mejor de qué hablo, qué quiero decir. Querido congénere, vos y yo, varones ambos, estamos en peligro de extinción. Así como nos mandaron a vivir nuestras vidas de hombres, así como nos mandaron relacionarnos con las mujeres, con nuestros hijos, con las cosas, con los seres, con el mundo, así no va más.

Te quiero contar cosas que escucho, que siento, que pienso, que vivo y que veo, cosas que nos involucran y que, quizás, no ignoras y te preocupan tanto como a mí. Veo mujeres tristes, desalentadas, resignadas a no encontrarse emocionalmente con nosotros, a no contarnos como compañeros de vida, digo como verdaderos compañeros de vida, como hombres dispuestos a explorar con ellas los espacios desconocidos del afecto, a confiar en que nuestras diferencias nos enriquecerán, dispuestos a mirarlas con cariño, con ternura, con humor, además de con deseo. Veo mujeres que no nos entienden ni se sienten entendidas por nosotros, mujeres que han hecho hasta lo imposible por comunicarse (y debo decirte querido congénere, que a menudo hacen de más, se ponen demasiado ansiosas, sofocan, se adelantan a nuestros tiempos). Han hecho hasta lo imposible guiadas por la mejor, la más amorosa de las intenciones. Y hoy a muchas las veo y escucho resignadas a convivir con hombres que siempre serán extraños y lejanos o, directamente, a prescindir de ellos. Muchas mujeres prefieren compartir su tiempo con otra u otras mujeres: reciben más afecto, más comprensión, más compañía (aunque le falte el tipo de compañía, comprensión y afecto masculinos que tienen otra energía, otra vibración, no opuesta sino complementaria). Hay mujeres a las cuales empezamos (sólo empezamos) a resultarles prescindibles. Y si prescinden de nosotros, ellas estarán sin hombres, pero los que estaremos verdaderamente solos seremos nosotros, te lo aseguro. Nosotros, los varones sabemos muy poco, o nada, de estar solos, salvo en las trincheras o arriba de un ring. Y aún así, nos damos el dudoso lujo de aislarnos.

Por las dudas, te lo aclaro: cuando digo que las mujeres acabarán prefiriendo estar con mujeres, no hablo de sexo. Lo aclaro porque sé que los varones sabemos poco de intimidad, simplificamos y nos confundimos. Estarán juntas de un modo que nosotros no sabemos estar entre nosotros. Espero que entiendas. Y si no, hermano, espero que empieces a aprender a entender.

Veo y oigo, también, a muchos hijos desalentados. Ya no hacen más esfuerzo por acercarse a sus padres, ya no esperan que sus padres se acerquen a ellos, quiten el candado de la distancia emocional, compartan sentimientos, sensaciones. Ya no esperan que sus padres se interesen de verdad por lo que a ellos o ellas (hijo, hija) les pasa, ya no aspiran a ser revalidados por la amorosa y firme mirada paterna. No sé si te ocurre, no sé si te ha tocado, pero he sido testigo u oyente de muchas palabras de hijos desalentados. Dicen cosas como “A mi viejo no vale la pena pedirle nada, nunca tiene tiempo, siempre está ocupado”. O dicen: “Me hubiera gustado verlo en la entrega de diplomas, me hubiese gustado que estuviera allí (y no en una reunión o jugando al tenis o llevando el coche al taller) el día que traje a mi novia por primera vez a casa”. O dicen: “Me gustaría no sentir este silencio incómodo cuando nos quedamos solos. Me gustaría que me mire a los ojos cuando me habla. Me gustaría que no opine sobre todo lo que digo. Me gustaría que me escuche sin juzgarme. Me gustaría que alguna vez me prohíba algo y me lo explique, así puedo aprender. Me gustaría que no me trate como a un amigo, que no se haga el pendejo, que no me robe mi manera de hablar; necesito sentir que es mayor que yo, que tiene otra experiencia, que sabe cosas que no sé, que podré confiar en él si me pierdo. Y así, con un padre pendejo, no puedo. Y paso vergüenza ante mis amigos, porque encima no funciona como pendejo”.

Muchos de esos hijos, hermano varón, ya no buscan a sus papás, se han resignado a perderlos emocionalmente o a tenerlos sólo como proveedores. Y eligen como confidente a mamá. Ella, que nunca fue varón, que no se siente como varón, que carece de experiencia de varón, tiene que explicarles desde qué hacer con una chica (¡yo tampoco lo creía hasta que fui testigo varias veces!), hasta como enfrentar una situación temida. Para esos hijos pronto seremos prescindibles. Ellos se quedarán, funcionalmente, sin padre, les será doloroso pero seguirán adelante con su vida, aprenderán a ser hombres de alguna manera, acaso sean buenos hombres. Los que nos vamos a quedar de veras solos somos nosotros.

No sé si te pasa, no sé si lo sientes, observo cada vez más hombres que desconfían de otros hombres, que los ven como enemigos, como obstáculos, o a lo sumo los ven como instrumentos, como medios. “Este tipo me sirve o no me sirve, lo tengo que cuidar o lo tengo que cagar”. Escucho eso, lo escucho con una frecuencia que me alarma. Pasa en las empresas, en la política, en la vida social, en los clubes, en las agrupaciones profesionales. Veo cada vez más hombres enceguecidos por la ambición, a los que no les importa qué precio (moral, en salud, en dinero, o reputación) hay que pagar para tener. Tener, ésa es la palabra, hermano varón. Tener poder, mujeres, plata, casa, cosas (no importa qué cosas: cosas). Cuando hay tan poca solidaridad, tan poca empatía, tan poca camaradería entre los varones estamos mal, hermano varón. Nos quedaremos solos, solos entre nosotros, solos y en guardia, solos y enfermos.

Cada vez veo más hombres deprimidos, hombres que no duermen, hombres que parecen pastilleros ambulantes (viagra, alopidol, alplax, clorazepán, ansiolíticos, sedantes, antiácidos, antiinflamatorios, analgésicos, farmacias que caminan), hombres que desoyen todos los síntomas con que sus cuerpos les hablan, hombres con dolores, con malestares físicos o emocionales a los que prefieren no atender. Morimos antes de tiempo o llegamos estropeados a nuestra vejez. Necesitamos, para nosotros y para otros, llegar vivos a la hora de nuestro final, con capacidad para convertir nuestras experiencias en sabiduría y para hacer de nuestra sabiduría una herramienta al servicio de nuestros afectos y nuestro mundo. Pero la gran mayoría de nosotros estamos llegando vacíos, sin nada para transmitir, habiendo acumulado vivencias como quien junta fotos, pero sin haberlas transformado en algo trascendente.

Así no va más, hermano varón, querido congénere. Con nuestra violencia, con nuestra ausencia de perdón, de comprensión, de flexibilidad, estamos destruyendo el mundo. Digo nosotros, digo los varones, no es un “nosotros” abstracto. Digo los hombres (no digo “la humanidad”), los que tenemos pito y voces gruesas y pelos en todas las partes (a veces no en la cabeza). ¿Se entiende, muchacho? Digo que los varones, con nuestro maldito mandato machista, ya hemos mucho daño y ya nos hemos hecho mucho daño a nosotros. Así, no va.

Seremos prescindibles para las mujeres. ¿Quien nos hizo creer que estarán siempre a nuestros pies, muertas por nuestros pitos? Seremos prescindibles para nuestros hijos. La paternidad biológica es solo un dato, un accidente, hay que darle sentido, llenarla de contenido. Prescindimos entre nosotros el uno del otro, apenas nos usamos. Así no se construyen vínculos fraternales y fecundos. Ya hay mujeres (narcisistas si querés, egoístas si te parece, estoy de acuerdo) que nos usan de padrillos, a veces sin que los sepamos, para tener hijos y librarse de tener maridos. Ya hay fecundación in vitro. Y si la clonación avanza (Dios no permita que esos locos omnipotentes lleguen a cumplir, invocando a la ciencia, sus sueños demenciales) bastará con una célula materna para crear un hijo. Y no seremos necesarios ni como sementales. Será el ominoso final de un modelo que nos hizo creer invulnerables, poderosos y ganadores. ¿Qué ganábamos, querido congénere?

¿De veras no estás un poco harto de tener que demostrar todo el tiempo que tenés huevos? ¿Qué quiere decir tener huevos? No es algo que elegiste, no es algo que se logra con esfuerzo, con aplicación, con creatividad. Terminémosla con los huevos. La mayoría de nosotros (la penosa inmensa mayoría) ni siquiera sabe qué función cumplen los testículos en nuestro organismo.

¿De veras no estás harto de demostrar tu aguante, de bancártela solo? También los burros tienen mucho aguante. Y los bueyes. ¿Hay algo más por lo que destaques? ¿Algo propio, generado desde tu corazón?

¿De veras no estás harto de tener que demostrar a las mujeres el largo y el grosor de tu pene, de tratar de batir récords cuando estás con ellas? ¿No estás harto de ir a la cama con pavor de que tu arma tenga la pólvora mojada? ¿No estás harto de negarlo, lo vas a negar ahora una vez más? Yo soy como vos, de manera que aquí podés ahorrártelo. Y, de paso, ¿no te gustaría saber un poco más acerca de cómo sienten sexualmente las mujeres, de qué les gusta, de qué esperan de vos antes de que empieces con tu exhibición y las dejes afuera? ¿No crees que podés llevarte alguna grata sorpresa al averiguarlo? ¿O para vos no hay nada que aprender? ¿Dónde aprendiste tanto? ¿Te lo enseñó tu papá, o algún hombre mayor sabio, cariñoso, afectuoso y comprensivo? ¿O lo aprendiste de oídas? ¿O pagando a una mujer de la cual no recordás el rostro? ¿De veras no estás harto?

¿De veras no estás harto de mirar de reojo el auto del tipo del lado, y si es más nuevo o potente que el tuyo, salir corriendo a cambiar tu coche para que no crean que sos pobre o que tenés menos poder, o que la tenés más corta?

¿De veras no estás harto de hablar sólo de lo bien que te va, de callarte los dolores, las dudas, las vergüenzas, las dudas? Digo, ¿no estás harto de aparentar, de competir aún de palabra, de tapar, de disimular?

¿De veras no estás harto de tanto chiste machista, de tanto infantilismo acumulado, de tanta simpleza intelectual, de tanto desprecio por las mujeres, por los homosexuales, por los que apuestan a otra vida y a otros vínculos sin que pierdan por eso ni una gota de testosterona? ¿No estás harto, eso quiero decir, de vivir con el culo apretado por el miedo, por el pánico a lo diferente?

¿No estás harto de justificar guerras, matanzas y destrucciones en nombre de la política? ¿No estás harto de callar, por miedo a que te llamen tonto, ingenuo o maricón, tu oposición a la muerte de quien sea, de un palestino, de un libanés, de un judío, de un afgano, de un iraquí, de un serbio, de un croata, de un ruso, de un indio, de un paquistaní, de una mujer, de un chico (de miles y miles de chicos), no estás harto de tu propio silencio e inacción?

¿No estás harto de tener sólo cuatro o cinco temas de conversación (mujeres, política, fútbol, economía, tecnología) temas seguros, donde nunca arriesgarás nada personal, temas protegidos, temas que, a fuerza de ser los único, te alejan de otros temas, de otra gente, del corazón de otra gente (mujeres, hijos, amigos, nuevos seres a conocer) y de tu propio corazón?

¿No estás harto de ser un eterno adolescente, alguien que se niega a entrar en las etapas evolutivas de la vida, alguien que se convierte, mientras pasan los años, en la patética caricatura de un púber y que , por muy macho que se diga, no tiene coraje (o huevos, como te gusta decir) para emprender la aventura espiritual, emocional y cósmica de convertirse en un hombre de verdad, un hombre de los que el mundo, y las mujeres, y nuestros hijos, y los otros amigos, necesitan?

Si no estás harto, acaso cuando lo estés ya sea tarde, ya estarás definitivamente solo, ya serás absoluta e irreversiblemente prescindible. Si no estás harto, formás parte de una especie en extinción. También los dinosaurios lo eran, aunque no lo supieran, cuando parecían enormes y poderosos. Formás parte de una especie en extinción y no habrá una ONG que esté dispuesta a rescatarte. Otras especies serán prioritarias. Especies que no depredan, que no discriminan, que no asesinan masivamente entre sí, que equilibran el universo.

Si estás harto, el momento de cambiar es ahora. No hay excusas, no hay peros.

Así no va más. Me dirás que sí va, mire quienes gobiernan los países, quienes están al frente de las empresas, quienes rigen el deporte, quienes manejan las finanzas, quienes son los economistas que ven números pero no personas, quienes inventan cada día una guerra para seguir vendiendo armas y robando petróleo mientras invocan causa inexistentes, quienes mandan a morir a los hijos de los otros, quienes intoxican a nuestros hijos con la comida chatarra, televisión chatarra, juguetes chatarra, ideas chatarra, quienes nos hacen creer que moriremos si no tenemos un auto, un plasma, una computadora de ultimísima generación, que seremos poca cosa sin una zapatilla que hasta marca nuestras pulsaciones, quienes manipulan nuestra salud desde las corporaciones farmacéuticas. Miro y los veo. Son hombres insalubres, inoculados e inoculadores de un paradigma tóxico. Y son mayoría. Es cierto. Pero te repito. También los dinosaurios parecían invulnerables, cuando, aunque ellos no lo supieran, ya estaban en extinción. Y, de paso, pido perdón a los dinosaurios por la comparación. Estos hombres no son inocentes como eran ellos. Son imputables. A esta altura de la historia, de las comunicaciones, de la sociología, de la psicología, de la información y del conocimiento, son imputables. No podrán decir que no sabían. En todo caso que digan que les gustaba y les creeremos. No podrán decir que cumplían mandatos. La civilización ha vivido cosas que impiden aceptar esa excusa.

Por eso digo, hermano varón, que si estás harto sólo te queda el camino de empezar a cambiar tus conductas. No tus palabras, no basta con que cambies de discurso. Hay que transformar las acciones, las actitudes, los hechos. Y también las palabras. Quedarte en el discurso te hará imputable. El tiempo es ahora. El lugar es tu casa, tu trabajo, el espacio que compartes con tu mujer (o con las mujeres), con tus hijos, con otros hombres. Es aquí y ahora, cada día en cada lugar. Ya. No te dejes engañar por esa mayoría de hombres que ves. Los varones somos, con el paradigma masculino hegemónico hoy vigente, una especie en peligro de extinción. Y esos tipos son los responsables. ¿Querés ser como ellos? Yo no.

Me preguntarás desde dónde hablo, qué derechos me arrogo. Cuál es mi púlpito. Me identifico. Soy un varón de este mundo, de este tiempo. Un marido, un padre, un profesional. Un hombre que ha vivido ya más de la mitad de su vida y ha experimentado todos los mandatos del paradigma. Que hace tiempo ya no quiere más de eso.

Soy un hombre harto de estos hombres. Un hombre que tiene con ellos una cuestión personal, porque degradan mi sexo. Soy un hombre al que le duelen los tiempos que vive. Un hombre que tiene la visión de un mundo compasivo y fraternal, inclusivo, enriquecido por la diversidad, fecundo. Un hombre harto que sospecha no ser el único hombre harto.

Si también estás harto, nos encontraremos en el camino.
Hasta entonces, un abrazo fraterno.
Sergio Sinay

desde  http://circulosdemujeres.blogspot.com

“Desarticular el paradigma de la masculinidad tóxica es, pues, una cuestión de responsabilidad” Sergio Sinay

LA MASCULINIDAD TOXICA por SERGIO SINAY

Febrero de 2007 por ©Refugio de Paz y Verdad de Silvia Paglioni Sergio Sinay
web: http://www.sergiosinay.com
contacto: sergio@sergiosinay.com

(Este texto es la introducción del libro “La masculinidad tóxica”, de reciente aparición)

Il Divo – Feelings

Como habitantes de la sociedad y de la cultura contemporáneas, somos a menudo peces que desconocen la complejidad, la textura, la composición y los efectos del agua de su propia pecera. Estamos inmersos en paradigmas que no cuestionamos, a los cuales a menudo alimentamos y reproducimos como si se tratara de realidades inmodificables de la Naturaleza. Nos vamos cociendo lentamente en ellos, del modo en que una rana se cuece en el agua, (la temperatura sube paulatina, constante e inadvertida hasta que se hace tarde para huir fuera de la olla de cocción). Como peces que, desentendidos del agua no se preguntan por ella, corremos el riesgo de perecer víctimas de sus toxinas y convencidos de que ellas son nuestro alimento. Hay un paradigma en particular que tiñe y contamina el ámbito de nuestros vínculos, de nuestras actividades, de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, de nuestro lenguaje hasta hacerlo altamente peligroso. Mucho más de lo que imaginamos.

Si hiciéramos un análisis de nuestra propia pecera, detectaríamos ese paradigma, en algunos elementos como los siguientes:

*Los investigadores en el campo de la salud sexual afirman que los varones son los principales transmisores de las enfermedades de transmisión sexual y del HIV debido a su conducta desaprensiva, a su ignorancia sobre el tema y a la falta de educación y guía. El fenómeno se va extendiendo entre los varones jóvenes.

*La diputada holandesa, de origen somalí, Ayaan Iris Alí (autora del libro Yo acuso) pronunció el 8 de marzo de 2006, Día Internacional de la Mujer, un discurso en Alemania en el que citó estas cifras de un informe publicado por el Centro para el Control Democrático de las Fuerzas Armadas: en todo el mundo entre 113 y 200 millones de mujeres están demográficamente desaparecidas. Entre 1,5 y 3 millones de ellas (adultas y niñas) pierden la vida cada año víctimas de la violencia o el abandono debido a su sexo. En amplias regiones del planeta los alimentos y la asistencia médica se destinan en primer lugar a los varones (padres, maridos, hijos).

* En la Argentina (cifras oficiales de la Provincia de Buenos Aires) el 70 % de las mujeres que mueren violentamente lo hacen a manos de hombres conocidos de ellas. Algo similar ocurre en Perú (datos de Pacific Institute for Women´s Health). En Uruguay (según el diario La República, de Montevideo), cada cinco días una mujer muere por violencia doméstica. En Chile (diario La Cuarta, de Santiago) el promedio es de 58 por año. De acuerdo con datos de la ONG Iansa (Internacional Action Network on Small Arms), entidad que propone desarmar a las sociedades civiles, 33% de las mujeres que mueren en Francia son asesinadas a tiros por sus parejas, un porcentaje que crece al 66% en Estados Unidos. Mientras, en Sudáfrica, cada seis horas una mujer es asesinada a balazos por su pareja actual o anterior. De acuerdo con cifras del Parlamento Europeo, en Guatemala 1200 mujeres mueren por año a manos de hombres y en México 350. En España (diario El País, de Madrid) llegaban a la veintena en sólo los tres primeros meses de 2006.

*Un informe presentado en marzo de 2006 por Médicos sin Fronteras considera a la violación sexual como una verdadera plaga a escala mundial que, sólo en Estados Unidos, afecta a 700 mil mujeres por año pero que “no es cosa de latinos ni de salvajes, sino que está bien repartida a lo largo del mundo y de las clases sociales”. Leer más ejemplos: Artículos – “La pecera envenedada”.

Etiquetas engañosas

¿Podemos seguir acumulando ejemplos y datos? Podemos. Pero es suficiente. Flotamos en una pecera teñida por un paradigma masculino arcaico, violento, depredador en lo físico, en lo geográfico, en lo emocional, en lo vincular, en lo espiritual. Un paradigma que se nos impone a veces con brutalidad y muchas más veces engañosamente mimetizado en mensajes y propuestas que se difunden a través de los medios de comunicación, las conversaciones, las conductas. Parte del engaño se llama “Nueva masculinidad”, o “metrosexualidad”, o “cibersexualidad” o “vitalsexualidad”, o “Nueva paternidad”, y probablemente para cuando este libro esté en circulación otras etiquetas habrán nacido y desaparecido con la fugacidad de lo que no tiene raíces ni sustento.

A veces creemos (o se nos hace creer) que el modelo de masculinidad tóxica (como lo llamaré de aquí en más a lo largo de este trabajo) pertenece al pasado, a la época de “nuestros padres”. Lo creemos porque estamos intoxicados y, adhiriendo al pensamiento mágico, creemos (hombres y mujeres de buena voluntad) que si decimos que algo no existe, sólo por decirlo desaparecerá. Y a veces lo creemos porque las usinas de la publicidad y del marketing nos someten a bombardeos sutiles o alevosos según el caso, groseros o ingeniosos según el caso, obscenos o psicopáticos según el caso, para convencernos de algo que, de lograrlo, nos convertirá en consumidores sumisos de cualquier cosa que se nos quiera vender. En este caso se trata de embutir a los varones cosméticos, ropas u otros productos que antes sólo se destinaban a un mercado femenino. También se trata de ilusionar a las mujeres (“Ahora hay un nuevo tipo de hombre, sensible, usá esto, comprale lo otro y lo encontrarás”). La publicidad, el marketing, los medios no son hoy inocentes. Son inoculadores y portadores activos y constantes de muchos de los más nocivos mensajes, propuestas orientadoras e incitaciones ideológicas (a la manipulación, a la violencia, a las adicciones) que emponzoñan el agua en que nadamos.

En el caso del paradigma masculino en boga (muy en boga, como se verá en estas páginas), quienes se desempeñan en esas actividades quizás deban ser llamados a declarar algún día como imputados y acusados. Para conseguir pruebas sólo basta con sentarse frente a un televisor (por no hablar de otros medios) apenas unos minutos. Allí mismo, además de avisos, se podrá ver cómo los programas de mayor porcentaje de audiencia (esos que, según los directivos de los canales, “la gente pide”) son verdaderos caldos de cultivo de las creencias del machismo depredador.

Animadores y animadoras por igual exudan masculinidad tóxica en su lenguaje, en sus chistes, en sus declamaciones, en su manera de dirigirse, según sea el caso, a hombres o a mujeres. Esto se festeja y luego se repite. Es decir, se contagia como un virus. Se cita en las conversaciones cotidianas.

Cuanto más machista, cuanto más tóxico sea el mensaje, más idolatrado será el conductor, o galán, o actriz o conductora de turno. Sus televidentes se cuentan por millones y no son sólo hombres y mujeres adultos. Son niños, niñas, también ellos celebran, del mismo modo en que ven celebrar a sus adultos. Respiramos, pues, ese agua, somos peces de esa pecera.

Todos estos factores (guerras, violaciones, accidentes, conductas deportivas, comportamientos sociales, actitudes sexuales, formas de interacción política, discursos públicos, apelaciones de mercadeo, modas televisivas) pueden ser estudiadas desde diferentes miradas y disciplinas: desde la economía, la política, la sociología, la psicología social, la semiótica y más. De hecho lo son. Cada enfoque aporta información, ideas, hipótesis. Sin embargo, en mi opinión, hay un elemento que suele ser ignorado, o no registrado, cuando se abordan fenómenos tan decisivos de la vida contemporánea. No se sopesa, y a menudo da la impresión de que ni siquiera se sospecha, el peso significativo que tiene en todo esto el paradigma masculino primitivo y depredador. Hasta tal punto se ha incorporado como parte “natural” de nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con el planeta, que no se lo cuestiona.

Cuando digo esto, creo no exagerar. Es cierto que en algunos foros universitarios o intelectuales, que en ciertos programas de televisión y radio o en algunos espacios de la investigación periodística gráfica, que en determinados ensayos o en eventos especializados (como la Conferencia Internacional de la Mujer o ciertas comisiones parlamentarias) se lo denuncia. Sin embargo se trata de un “como si” de la denuncia, de actitudes que apuntan a generar polémica para ganar audiencias (televisivas, radiales, políticas), para estimular el fund raising de algunas organizaciones, para mejorar perfiles de los denunciantes, pero, hasta aquí, no han servido para transformar realmente una realidad altamente tóxica y altamente peligrosa para los vínculos humanos.

Por último, deben incluirse las denuncias de distintos foros feministas que, en definitiva, antes que apuntar a una transformación de las relaciones humanas, a una integración fecunda de las diferencias entre varones y mujeres en una complementariedad que mejore la vida de todos (en especial de las generaciones futuras), toman el perfil de una revancha.

En este punto, rescato la lucidez de Elisabeth Badinter, antropóloga e historiadora francesa, una de las más prestigiosas feministas europeas, que en su trabajo Fause Route (Hombres y mujeres, cómo salir del camino equivocado) señala: “La perspectiva victimista (propuesta por el feminismo) no carece de ventajas. En principio, sin más, una se siente del lado correcto de la barricada. No sólo porque la víctima siempre tiene razón sino también porque provoca una conmiseración simétrica al odio sin piedad que una dispensa al verdugo. (…) Al insistir acerca de la imagen de la mujer oprimida e indefensa contra el opresor hereditario se pierde toda credibilidad ante las generaciones jóvenes que no escuchan con ese oído.

Por otra parte, ¿qué se se les propone si no cada vez más penalización y victimización? (…) ¿Qué paradigma masculino y femenino se intenta promover?”. En efecto, muchas posturas feministas (las más radicalizadas y dogmáticas) sólo tienen diferencias de forma con el machismo: proponen un dogma basado en la supuesta superioridad de un accidente biológico (el sexo) sobre otro. Y elaboran desde allí su propio modelo de competencia, intolerancia, descalificación y resentimiento.

Sin distinción de género

Las reflexiones de Badinter vienen al caso, ponen el acento en una cuestión central. Si vemos al modelo masculino todavía hegemónico en nuestra cultura sólo como un problema de los hombres, como una veta de la cual ellos se enriquecen a costa de sus víctimas femeninas y como una simple cuestión de poderes en pugna, habremos caído en otro de los paradigmas trágicos de nuestra cultura: el dualismo, la necesidad de entender las cosas en términos de una contra la otra. Se pierde así la riqueza de la visión integradora y transformadora.

Este no es un problema de hombres contra mujeres (aunque así lo vivan quienes adhieren a los ismos). El paradigma de la masculinidad tóxica afecta a la Humanidad en su conjunto. Nos impide enriquecernos con la diversidad, ser fecundos a partir de las diferencias, trascender desde la complementariedad. Es un paradigma que infecta al pensamiento social en su conjunto, a las relaciones humanas en su totalidad. Destruye los ecosistemas (físicos y espirituales) en los que todos, juntos, con vestido o con pantalón, con pene o con vagina, habitamos. Las cifras y ejemplos citados en el inicio de este capítulo son elocuentes en ese sentido. No hay ventajas de “género” en cuanto a los perjuicios del modelo. No hay ninguna ventaja para los varones en vivir de seis a nueve años menos que las mujeres (con una esperanza de vida que se acorta debido a la toxicidad del modelo masculino). No hay ventaja para las mujeres en sobrevivir en una sociedad de viudas. Y no hay ventajas para las jóvenes (y próximas) generaciones en recibir, por acción o por omisión, a través de mensajes explícitos o de dobles mensajes manipuladores, la orientación hacia la reproducción del modelo o, por el contrario, la desorientación y la desesperanza absolutas acerca de una mejor convivencia entre los seres.

Propongo que nos detengamos en este punto. Se suele decir, con frecuencia y levedad, que el modelo tradicional masculino pertenece al pasado, que las nuevas generaciones de maridos, de padres, de profesionales, de amigos varones ya no responden a ella. Que son más participativos (en lo doméstico, en la crianza de los hijos), que son más sensibles (comunican más sus sentimientos), más solidarios con las mujeres y más comunicativos entre sí. Quienes lo dicen pertenecen a generaciones adultas, mayores. También lo afirman muchos comunicadores, fabricantes de productos para “hombres sensibles”, e incluso lo suelen repetir muchos hombres que se sienten culpables de pertenecer (por una adscripción biológica) al bando de los “opresores”. A veces lo dicen sociólogos y educadores. En algunos de quienes sostienen esta teoría subyace el deseo y la (buena) voluntad de que sus palabras sean ciertas. En otros, hay un interés oculto, en otros se trata de meras repeticiones automáticas de consignas. Desde mi punto de vista, esto es simplemente una manifestación de lo que se conoce como “pensamiento políticamente correcto” o progresismo a la moda. Se trata de estar “a la altura de los tiempos”. ¿Quién actuaría o hablaría hoy como un machista prehistórico, cómo un primo hermano del hombre de Neandertal? Nadie que, de veras, pretenda ser escuchado o respetado, de acuerdo con las convenciones culturales contemporáneas. De manera que se hace necesario un discurso diferente, sin dudas. Pero los discursos cambian con más velocidad y facilidad que las conductas (la política es una prueba cotidiana de esto). Es una ilusión infantil confundir palabras con hechos. Sin embargo, es lo que suele hacerse con frecuencia en este tema. Si repetimos diez veces que los hombres han cambiado o están cambiando, empezaremos a ver hombres diferentes y vínculos diferentes entre ellos, entre ellos y sus hijos, entre ellos y sus mujeres, entre ellos y la Naturaleza. Veremos nuevas formas de la política (más humanistas), de la economía (más solidarias), de las relaciones sociales (más compasivas). Este pensamiento mágico, que permite ver lo que se quiere ver más allá de que exista o no, parece impulsar a los voceros de la nueva joven masculinidad.

Magia e irresponsabilidad

Además de mágico, ese pensamiento es, en cierto modo, irresponsable. Supone que los cambios se hacen con desearlos, que no hay que comprometerse con ellos, que no hay tareas por realizar ni deberes por asumir. Cuando descubren la pecera en la que han crecido y vivido y lo que ellos mismos han transmitido a través de ese agua a los pequeños peces, muchos adultos (hombres y mujeres) parecen creer que su “darse cuenta” producirá, a través de una ósmosis misteriosa, la transformación de sus hijos, nietos, yernos, sobrinos y demás varones consecuentes. ¿Pero por qué habrían de ser enteramente distintas las nuevas generaciones? ¿No nacieron de las que les precedieron, no fueron educadas por aquellas? ¿No hay un excesivo desligamiento de las propias funciones cuando se confía en un cambio que los jóvenes deberían hacer por su cuenta? ¿Sólo con no ser un padre autoritario se consigue tener un hijo sensible, compasivo, solidario y, a la vez, fuerte, espiritualmente corajudo? ¿Basta, de veras, con no ser un padre autoritario (ya profundizaremos en esta cuestión)? ¿Qué tipo de hombres y mujeres son estos adultos en las otras áreas de su vida? ¿Están seguros de que no se manejan allí con el paradigma masculino tradicional? ¿Son despiadadamente competitivos, confunden fines con medios, incluyen la compasión y la empatía en sus vínculos de amistad, afectivos, profesionales, sociales y demás? ¿No apoyan guerras (¿ni creen en las “guerras justas”)? ¿Cómo conducen sus automóviles, cómo se conducen respecto de las reglas, leyes y normas, cómo actúan y piensan acerca del otro sexo, son respetuosos de las diferencias, pueden celebrarlas? En síntesis, ¿por qué habrían de cambiar los jóvenes varones y las jóvenes mujeres (ya que, insisto, el paradigma nos cabe a todos) si no cambian su entorno y sus referentes? ¿Puede, en fin, un pequeño pez tomar oxígeno puro de una pecera contaminada?

Sin embargo, hay cambios. Pero, por ahora, son epidérmicos. Claro que, en algunos padres y maridos jóvenes, se notan actitudes diferentes. Pero no están transformando el paradigma. Ocurre, según mi evaluación, que la toxicidad del paradigma que nos rige es tan alta como para generar síntomas inocultables, tanto físicos como psíquicos y emocionales. Estos van desde niveles de estrés y enfermedad crecientes, hasta insatisfacción espiritual, ansiedad, angustia, en pocas palabras vacío existencial. A veces conciente, a veces intuitivamente, hay quienes buscan cambiar algo. En esa búsqueda, incipiente e incierta, se pueden anotar, en parte, los aparentes nuevos modelos que con tanta ligereza se celebran. Adherir a la creencia de que ha advenido una “nueva masculinidad” tiene, desde esta perspectiva, un costo muy alto: el de reforzar la masculinidad tradicional, con todas sus consecuencias. A fines del siglo diecinueve el príncipe italiano Tomaso Di Lampedusa describió magistralmente,í en su novela El gatopardo, estos procesos ilusionistas que permiten hacer creer que algo cambia para que nada cambie.

Cada uno a lo suyo

¿Por qué depositar toda la responsabilidad de nuestros problemas sociales, políticos y culturales en el paradigma masculino hegemónico? ¿Finalmente eso no conduce a aquello que critico en el feminismo, es decir a hacer de los hombres los culpables de todo? Conviene aclarar cuanto antes que ese paradigma no es la única causa de la desarmonía de nuestro planeta. Pero es una razón de mucho peso, puesto que en el juego de la relación entre los géneros, a los hombres se les encargó la conducción del mundo externo, público, social, y es desde allí desde donde este modelo se posicionó y extendió. A las mujeres, en esa repartición de funciones culturales que se viven como “naturales”, les tocó la administración de lo doméstico, lo privado, lo emocional. Desde sus funciones unos y otras han mantenido en funcionamiento, y en reproducción, esta pecera en la que habitamos y que se llama “nuestra sociedad” o “nuestra cultura”. Dentro de ella, y ateniéndose a sus funciones “específicas”, durante muchas generaciones las mujeres (víctimas como los hombres) contribuyeron al mantenimiento del paradigma criando, por ejemplo, hijos machistas e hijas a quienes se educaba para elegir hombres machistas (proveedores materiales, productores, protectores), hombres, en fin, que las relegarían a un espacio en el que ellas proveerían, a su vez, lo suyo (capacidad de maternar, nutrir, alimentar y ordenar lo doméstico, disponibilidad sexual) sin interferir. Esto, por supuesto, también ha cambiado en parte, pero mucho más en lo formal que en lo esencial. Ya lo veremos. Sin embargo, al cambio de las mujeres ha influido, como consecuencia, en el hecho de que hoy se cuestione el paradigma masculino. No es el único motivo, pero es uno muy importante.

Así estamos, entonces, en un punto de inflexión. La masculinidad tóxica es aún un modelo predominante, se extiende hasta los intersticios más sutiles de nuestra vida, de nuestros vínculos, de nuestras actividades, de nuestro estar en el mundo. Marca nuestras vidas y nuestras relaciones con más profundidad de lo que advertimos y reconocemos. Nos pone en peligro, daña nuestro hábitat natural. Y no admite miradas negligentes, desentendimientos ni, mucho menos, descargos.

Durante un tiempo, acaso las últimas tres décadas del siglo veinte, mientras e iniciaban transformaciones y cuestionamientos significativos en la conducta y la ética sexual, mientras mutaban los modelos de pareja, de matrimonio y de familia, resultaba plausible atribuir los comportamientos derivados del paradigma masculino tóxico a las décadas y siglos de vigencia del mismo, a la ignorancia (de los propios hombres en primer lugar) generada por ese modelo. Podía sostenerse, con algún fundamento, que el machismo (como modelo social que incluye a todos, varones y mujeres) no era una elección, sino una imposición. Cuando el siglo veintiuno está ya en pleno desarrollo, aquello ya no cabe. Respecto de la masculinidad tóxica, en mi opinión, ya no hay lugar para descargos, ya no se puede alegar inocencia.

Ocurre que no somos peces, después de todo. Somos humanos. Y lo que nos convierte en tales es la conciencia. La conciencia nos hace responsables, es decir nos impide delegar en otros (o en circunstancias, hechos, azares, etc.) las consecuencias de nuestros actos, de nuestras elecciones, la elección de nuestra vida. Desarticular el paradigma de la masculinidad tóxica es, pues, una cuestión de responsabilidad. Una cuestión moral.

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aunque por ello me cueste la vida…

Violencia Machista I. Aunque me cueste la vida.

Lloro sin lágrimas, grito sin voz, me palpita velozmente el corazón noto el pumpumpumpumpum pum pum pum y así repetidas veces. -¿Dónde estoy?- Tiemblo. Intento recordar, he perdido el sentido de la realidad, miro a mí alrededor y no veo nada. No se donde estoy, me duele, siento el cuerpo inundado de dolor, -¿estoy muerta?-me pregunto.

Intento caminar, pero no puedo, me duelen las piernas -¿Qué me esta pasando?- insisto. Y de repente…silencio. Todo gira alrededor. -Tonta, tonta de mí- me ha vuelto a pegar. Tiene su derecho, se ha puesto celoso. -¿De quien?- intento pensar -¿Dónde he estado hoy?- me fui a estudiar, – ¿miré a algún chico?-Juro que no miré a nadie, le llamé a la misma hora de siempre -¿fui puntual?-, después me fui a trabajar, -¿me crucé con alguien?- continuo el debate interno.
Piensa Paz, piensa, -¿fui tan puta como dijo el?-. Debió notar que hoy no me apetecía, !me negué¡ que estúpida fui. Encima le grito porque me acusa de frígida para con él pero de puta incorregible y guarra porque miro a los demás. Seguro que tiene razón.

¡Dios mío¡ si yo fuera él, debería haberme arrancado los ojos. Ahora debe estar mal, se que esto me ocurre por desagradecida. -¡Fíjate¡- me ayuda a pagar los gastos de la carrera, quiere que acabe los estudios, me dice que soy su esperanza. -¡Qué cosas más bonitas me dice¡-. Y mira como le respondo, como me odio de veras, si yo fuera él, debería haberme abandonado hace mucho tiempo ya. -!Que paciencia tiene conmigo¡-.

Contemplo a la mujer del espejo, ahogo un grito, -¡Jesús¡, estoy sangrando-, creo recordar que he recibido una patada en la frente, las gafas están rotas, se me han clavado en el puente de la nariz, los cristales esparcidos por el suelo…uf que mal, me lo merezco por arrogante.

Debo levantarme, no quiero que me encuentre así, -¿Dónde estará?- Debo pedirle perdón, debo disculparme por mi actitud. -¿Qué dije?- no recuerdo, espero que no me abandone por esto.

Me pega para corregir mis errores, me tiene que controlar porque sino, estaría follando con todos los chicos que pasen por mi lado. Debería andar con la mirada puesta en el suelo, así evito sus celos.

Porque… -¿qué haría yo sin él?- y -¿el sin mi? Pobrecito, no tendría ropa limpia que ponerse, ni las sábanas planchadas, ni la comida caliente…

-¡Que vergüenza¡- no merezco vivir, y mira que intenté, que intenté quitarme la vida, no soy digna de estar con él. El otro día cuando tomé esas malditas pastillas, que no hicieron efecto alguna, él me ayudó a limpiar el estómago, luego le ví llorar (si es que el tonto me quiere un montón).

Soy tan mala- me torturo- que debo seguir viviendo para pagar mis culpas.

-¿Por qué le contesto de esas maneras?- ¡que atrevida¡ arrastro mi cuerpo hasta encontrar apoyo en la pared e intento respirar, porque me cuesta, creo que son por las patadas y los golpes recibidos.

-¡Dios mío! ya viene, oigo sus pasos, está subiendo las escaleras, está a punto de abrir la puerta (que frío hace), se me queda mirando, me abraza llorando, dice que lo hace por mi bien, que sufre mucho cuando me castiga, me pongo a llorar de emoción porque eso significa que me perdona. Me comenta algo del hospital, que diga que me he caído por las escaleras, así evitamos que se entrometan en nuestras vidas. Le digo que tiene razón (como siempre), que como me ha perdonado, le juro y le prometo que no voy a decir nada a nadie, aunque por ello me cueste la vida.

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¿libre de su influencia?

Violencia Machista II. Alienación
¡Qué bien¡, por hoy se termina la jornada laboral, son las 02:15 a.m. de un viernes, nos bajamos todos al vestuario y Raquel una compañera, me pregunta si salimos a tomar unas cañas, le digo que me apetece mucho, pero que él me espera como casi todas las noches en la otra acera. Me mira preocupada y me comenta lo mucho que mi vida se asemeja a Cenicienta, “a tal hora en casa debes estar”.

Subo corriendo las escaleras del trabajo, no conviene hacerle esperar pero me pregunté -¿Por qué me compara con Cenicienta?

Es domingo, toca fingir, noto que se mueve hacia mí, oigo su respiración, siento sus manos sobre mi cuerpo, me siento sucia y asqueada pero se que terminará pronto, solo he de disimular y fingir, fingir que me gusta.

Me dejo, hace tiempo que no siento nada, respiro, como, duermo, ando, estudio, trabajo, pero no siento nada, me noto como muerta.

Me he rendido, no tiene sentido discutir, el tiene razón, no valgo nada. Cuando se porta mal y se siente culpable, me compra cosas, y se vuelve agradable. Hoy me ha dicho que soy como un diamante como el que tiene guardado en una cajita. !Como me quiere¡ me dice cosas muy bonitas, !que romántico¡

He dejado de discutir con él, le doy la razón siempre y el se contenta con esto. Ya no me pega y he dejado de tenerle miedo. Todo me da ya igual, lo que hago no tiene sentido, no me apetece vivir, no me gusto, me odio. Si él quisiera quitarme la vida, está en su derecho, pues yo se que no valgo nada.

Han pasado casi tres años y -¿qué siento?- mucho vacío. No se quien soy, no me identifico, no me reconozco. Es fácil y cómodo dejarse llevar, el me dice como he de vestir, que cosas he de llevar, con quienes tengo que relacionarme y como debo comportarme.

No se nada de mis amigas desde entonces, no le gustan, dice que no son adecuadas para mí. No me relaciono con nadie en la facultad de hecho, no quiero, prefiero evitar discusiones.

Pero, estoy descubriendo algo en este trabajo, que no tengo tiempo para pensar en él. Es raro, pero estando en caja debo reaccionar con rapidez, estar muy concentrada en atender a la gente y servirles los menús que desean comprar. Es una tontería lo que digo, lo sé, pero él no está aquí, no pertenece a este espacio.

No tengo tiempo para pensar en él, hay mucho trabajo y sin darme cuenta empiezo a sonreír (porque nos obligan a tener una sonrisa en la cara). Hay un buen ambiente entre los compañeros, con tanta tensión necesitamos apoyarnos para quitarnos el agobio de encima, entre bromas y patinazos sobre el suelo grasiento, por primera vez me siento ¿libre de su influencia?

desde http://miedoalfeminismo.blogspot.com

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