…amanecer salvaje…

Un sueldo propio

Por Nicole Bokat

En la universidad luché para que se me aprobara mi tesis (un estudio psicológico de la novelista contemporánea Margaret Drabble) ante un departamento de Inglés compuesto de hombres que se refugiaban en sus estudios masculinos de la misma forma que yo busco solaz ante un pastel de chocolate. Después de unos cuantos rechazos especialmente punzantes, un eminente profesor me preguntó: “¿Quién es Margaret Drabble? ¿Por qué no escribes sobre Virginia Woolf? Siempre le digo a mis estudiantes femeninas que escriban sobre Woolf”. Frustrada, encontré consuelo en las palabras de Sandra M. Gilbert “la alienación de las mujeres de las fuentes del poder es profunda; ha sido también una alienación filosófica, estética y literaria”. Pero ha pasado mucho tiempo desde que buscaba consuelo entre el rico arsenal de pensadoras francesas, británicas y estadounidenses; últimamente, me he preocupado más por buscar un trabajo bien pagado.

El otoño pasado, un año después de conseguir mi doctorado finalmente, contactó conmigo una universidad sólo para mujeres y me preguntaron si quería dar un curso de Introducción a la Literatura en su departamento para adultos. El cuerpo de estudiantes estaba formado básicamente por mujeres con recursos, de 40 o 50 años, que habían pasado la última década (o dos) criando a sus hijos. La rectora me explicó que muchas de las estudiantes se apuntaban a las clases con la esperanza de que les sirviera de transición de la vida doméstica al mundo laboral. Resaltó que volvían a la universidad para pulir sus talentos con el objetivo de prepararse para el difícil mercado laboral; muchas de ellas también albergaban el menos tangible objetivo de ganar una cierta libertad personal. La rectora estaba a favor de escoger textos de autoras femeninas. Genial!. Feminista convencida, finalmente había encontrado un curso donde pudiera hablar de Políticas Sexuales, de Kate Millett; de El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir; y de La Reproducción de la Maternidad, de Nancy Chodorow.

Entonces la rectora me atizó un golpe inesperado: el salario. Era tan bajo que podía contar los peniques que me quedaban después de pagar el metro y el tren. Habiendo caído la máscara, me vi reflejada como lo que era: un adjunto explotado y degradado. Por primera vez en diez años de trabajo a tiempo parcial, fui capaz de balbucear: “Dios, eso es tan poco, ¿quién puede trabajar por eso?” Entonces me atreví a preguntar: “¿cómo se lo hacen las demás profesoras?”. La rectora titubeó, para finalmente confesar que “La mayoría están casadas con hombres de éxito”. Eufemismo para médicos, abogados, ejecutivos, el tipo de hombres que las madres acostumbraban a rogar a sus hijas que cazaran. Indignada, quise saber si no encontraba esa paradoja una hipocresía: la filosofía de la escuela de fomentar la independencia de las mujeres al tiempo que pagaba a su casi totalmente femenina fuerza laboral salarios de esclavitud. Con una perfecta compostura me lanzó la ‘línea de partido’: la universidad simplemente no tenía más dinero en su presupuesto para profesores.

Decliné su oferta con toda la poca dignidad que pude mostrar y me dirigí a la teoría feminista para encontrar la respuesta. Debería haber comprado el segundo libro de Naomi Wolf: Fuego con fuego, el cual, he oído, reta a las mujeres a buscar la libertad financiera sin concesiones. De acuerdo, admito que me ponía a cien ver su joven, bonita y pintada cara saliendo en todo tipo de revistas, brillando con un fuego sin duda alimentado por el enorme adelanto que había recibido por el libro. Además, no podía permitirme la versión de tapa dura.

En vez de eso, revisé los clásicos. Claro, estaban discutiendo teoría feminista en conjunción con el análisis literario, no defendiendo un estilo de vida. Pero yo sentía nostalgia de ese camino elevado que raramente trasciende la torre de marfil. Me sonreí con la declaración de Annette Kolodny que las mujeres necesitaban liberar el texto para reconocer los logros de las autoras femeninas y decodificar “la-mujer-como-señal”. Pero, claro, tuve que conceder cuán inepta me había convertido para utilizar esa información en mi vida diaria. Repasé mis libros para determinar mi significado en cuanto “mujer-como-señal”. Mis procesos de pensamiento se habían vuelto pedestres a causa de preocupaciones más mundanas, como el incremento del coste del seguro de mi coche o el coste de mi visita anual al ginecólogo. Todo lo que pude sacar en claro fue que soy Aries. Eso es un tipo de señal, ¿no? Shoshana Feldman me guiaba a “reinventar” el lenguaje, a hablar “no sólo contra, sino fuera de la estructura falocéntrica especular, a establecer un discurso cuyo status ya no sería definido por la falacia del sentido masculino”. Pero, ¿exactamente cómo se reinventa efectivamente el lenguaje cuando pides más salario en una universidad para mujeres, una institución que, por su propia misión, debería representar lo contrario de una “estructura falocéntrica”? (Y, exactamente, ¿qué es una estructura falocéntrica sino esta universidad de mujeres, con su alto edificio central sospechosamente erigido como el órgano masculino?) Me parece a mí que en la oficina de la rectora descubrí la verdad: el discurso feminista no importa mucho cuando vives al día.

Hojeando los trabajos de Luce Irigaray, Helene Cixous y Julia Kristeva, admito que empecé a sentirme impaciente. Podía airear mi rabia por haber sido tratada durante tanto tiempo como una mercancía, podía escoger vivir una vida totalmente “circular” llena de fluidez lingüística, podía incluso crear imágenes de fluido amniótico y leche de madre en poesías. Pero, de alguna forma, la pregunta seguía en pie: ¿cómo canta una en favor del resto de las mujeres si tristemente tu propio instrumento se ha averiado por falta de fondos?

En esos momentos tuve la buena suerte de enseñar “Una habitación propia” a mi clase de literatura. Fui capaz de encontrar consuelo y sabiduría en sus mensajes controvertidos (controvertidos, claro está, para las feministas con puesto fijo que cobran para regocijarse en los conflictos inconscientes de Woolf). Leyendo “Es fatal para una mujer poner el menor énfasis en cualquier agravio, demandar justicia en cualquier caso, hablar conscientemente como mujer en cualquier forma” pensé que quizá el suyo era el mejor camino. Lo cual, traducido, me daba este pequeño consejo: bájate del púlpito y encuentra un trabajo bien pagado ya.

Mis estudiantes jóvenes, aún idealistas, ven muy romántica la vida de escritora, no importa las historias que les cuente de Tillie Olsen usando el autobús como despacho para escribir (en mi caso es el tren camino a las clases, con frecuencia). Creen que el talento y la determinación pueden superar cualquier obstáculo y menean sus cabezas cuando cito el aviso de Woolf: “La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual”. Aún no tienen que tener en cuenta las inacabables preocupaciones de una escritora sobre el coste de una guardería de calidad, o sus deseos de equipos adecuados para trabajar (algo que ni Virginia Woolf podía prever) como un nuevo ordenador con impresora láser y máquina de fax. Aunque la Teoría Feminista está bien, la cambiaría cualquier día por una niñera británica como Dios manda, un portátil y un estudio privado propio.

Ahora utilizo a mis estudiantes para que me hagan el trabajo sucio. Les invito a reflexionar sobre las perlas de sabiduría de Barbara Probst Solomon: “Si queremos ser firmes y progresistas sobre satisfacer nuestras necesidades primarias, no deberíamos apuntar en la dirección de la revolución equivocada. La liberación sexual sin seguridad económica simplemente da a las mujeres el derecho a seguir siendo marginales”. Luego, examino sus ensayos para encontrar respuestas fáciles.

De acuerdo, admito que me gustaría tener un toque de glamour a la Mirabella, incluso si mi derecho a la fama fuera un libro que denunciara “Las negativas consecuencias contemporáneas del ataque a la belleza”. Yo también me permitiría un poco de hipocresía si eso significara acercarme a las fuentes de dinero y poder. Si su “feminismo de poder” puede guiarme a nuevos tesoros, no tener más deudas, y, digamos (por aquello de la inflación) un piso propio, me compraría una copia de la otra Wolf.

Nicole Bokat es una escritora por libre con un doctorado en Inglés que enseña en la New School for Social Research [Escuela Nueva para la Investigación Social].

Título original: An income of one’s own
Autor: Nicole Bokat
Origen: Z Magazine, julio de 1995
Traducido por Alfred Sola y revisado por Déborah Gil, septiembre de 2000

http://www.zmag.org/Spanish/0010suel.htm

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