…amanecer salvaje…

Caperucita quiso ser como el lobo feroz…

El cuento terminó con la lección aprendida por la niña. Ella nunca más desobedecería a su madre ni a ninguna voz de autoridad, no le haría caso a ningún lobo y sería sumisa para siempre. Por eso todos fueron felices, sobre todo los amos de Caperucita. Y colorín colorado este cuento no ha terminado. Ese final feliz se le debe y se lo creen aquellos que viven y avalan una sociedad adultocéntrica y neurótica. Para quienes luchamos y queremos vivir en una sociedad donde todos y todas tengamos igualdad de derechos y deberes, la historia no termina porque Caperucita creció y con ella sus problemas y sus traumas.

Más de una posibilidad se abre para contar la historia. ¿Estaría dispuesta Caperucita a aceptar el mundo tal y como se lo pintaron? ¿Cuestionaría a esa madre abandónica y a ese padre ausente? ¿Enfrentaría alguna vez a su madre por haberla expuesto a una misión para la que no estaba preparada? ¿Indagaría por qué dejaban vivir sola y desvalida a una adulta mayor en medio del bosque? ¿Investigaría acaso alguna vez el porqué el leñador andaba merodeando la casa de la abuela? ¿Descubriría que el leñador no era más que un empleado a sueldo de la gran maderera que iba a acabar con el bosque de la abuela? ¿Se identificaría con esa abuela que, al igual que doña Miriam en la Asamblea, estaba resistiendo solita para que la gran compañía no acabara con el bosque porque todos los demás habitantes ya habían vendido o cedido ante las amenazas, incluida su madre? Las historias son como los ovillos, tienen más de un hilo por donde tejerlas.

Esta vez Caperucita creció y juró vengarse del lobo feroz y de todos los lobos del bosque. Su sed de venganza tenía un objetivo muy noble. ¡Iba a limpiar el bosque de lobos feroces! Sus sentimientos de ira y de impotencia estaban éticamente justificados. Ella siendo una niña, había sido abandonada por la mamá, engañada por el lobo y por eso había crecido con un deseo de luchar por la justicia. Su ideal era la justicia. Un día se encontró con un montón de caperucitos que también habían sido engañados. Se juntaron, unieron fuerzas, tácticas y estrategias y decidieron acabar con los lobos. Se esforzaron pues no tenían garras, tampoco colmillos con que despedazar a las presas, no sabían aullar ni amedrentar. Pero fueron aprendiendo de sus “enemigos”. Hicieron garras de fabricación casera. Tuvieron horas de aullado a la media noche. Se hicieron de unos colmillos confeccionados con la última tecnología de punta. Y, al final, estuvieron listos, eran verdaderos lobos en el combate.

Se adentraron en el bosque y tendieron tan buena emboscada que lograron su victoria en poco tiempo. Decretaron la república, perdón, el bosque liberado de lobos feroces. Proclamaron un gobierno para la administración de la justicia del mundo sin lobos. Tuvieron que trabajar mucho, sacrificaron horas de sueño, horas de alegría, horas de placer y hasta horas de comida. El sueño se cumplía. Iban a construir un mundo sin lobos. Un día apareció un caperucito alzando la voz más fuerte de lo acostumbrado. Un día otro golpeaba la mesa porque no lo dejaban hablar y entonces empezó a aullar. Unas caperucitas se alzaron con unos comestibles para guardarlos porque habían trabajado más y se merecían más que las otras, las que no hacían nada. Un día Caperucita se sorprendió a sí misma fabricándose una garra casera, por si tenía que defenderse del caperucito que no dejaba hablar a nadie en las reuniones. Otro día estuvo de acuerdo en comprar unos nuevos colmillos porque la tecnología avanzaba y ellos no se podían quedar atrás. Un día despertó horrorizada pues se había soñado con una matanza entre caperucitos y habían destruido hasta el bosque. Cuando pudo respirar y darse cuenta que solo era un sueño, salió de su casa, dejó las garras y los colmillos y empezó a caminar por un sendero que hacía años no tomaba. Era el sendero en el que se había topado con el primer lobo de su vida. Tuvo miedo pero siguió.

Cuando llegó a la encrucijada donde el lobo le había propuesto lo del camino más corto o más largo, sintió que se quedaba sin fuerzas. El pánico la hizo pensar en volver por sus garras y sus colmillos. Decidió esperar y respirar, sintió el aire fresco en sus pulmones y comprobó que, pese a vivir en el bosque liberado, sus pulmones estaban contraídos. Cuando liberó el aire, vio venir a un anciano muy delgado, trigueño y con lentes, vestido apenas con trozos de una tela banca. Sonreía con una sonrisa como esculpida en las aguas de la eterna juventud. Cuando llegó hasta ella, le puso una mano en la cabeza y le dijo: ” Defendiste tu dignidad y ése era tu deber. Pero tu amo interno, tu lobo feroz interno estaba intacto por eso creíste que debías combatirlo imitando sus armas y sus métodos. Cuando ya no seas esclava del modelo mental de tu amo, no necesitarás de la violencia. Descubrirás que la libertad empieza dentro tuyo, entonces podrás liberarte de sus métodos y de sus armas y luchar con la vía de la resistencia activa.”

Pensar en la violencia como arma para nuestra lucha es IMITAR LOS MÉTODOS Y EL PENSAMIENTO DE LOS PRODUCTORES Y PERPETUADORES DE LA VIOLENCIA, AUNQUE HAYAN SIDO PROCLAMADOS PREMIOS NÓBELES DE LA PAZ.

Isabel Ducca D.

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