The Witch Who Celebrates Spring © Molly Harrison

Ya desde pequeña lo tenía claro:

De mayor quiero ser bruja —dije—. Y cuando me muera, durante unos días, fantasma. Para asustar a los que no hayan sido buenos conmigo. Y luego, hada. Porque para ser hada hay que estar muerta, ¿no, mami?

—No sé, nena.

Vaya. Suspiré suavecito y pensé para mis adentros que mi madre no tenía mucha idea de ciertas cosas. Algunos domingos a la tarde me sacaba de paseo por el barrio, donde no vagaba un alma en la calle. Caminábamos por delante de grandes casas con jardín y de vez en cuando un perro nos ladraba desde el otro lado de la verja. Esos ladridos y el ruido que hacíamos al pisar era todo lo que podía oírse. Y nuestra conversación, claro.

—Bueno —proseguí, dando pequeños brincos de aquí para allá —yo creo que sí hay que estar muerta para ser hada, mami. Porque es como si resucitaras, pero con poderes para hacer que a la gente buena le pasen cosas buenas, y a la gente mala no le toque la lotería nunca. —Entonces imaginé a un puñado de gente mala llena de verrugas con tres pelos en el centro, y me animé a preguntar—: Mami, ¿toda la gente que tiene verrugas es mala, o les salen verrugas por otras causas?

—¿Qué?

La gente esa de las verrugas grandes con pelos… si las tienen porque es gente mala ¿o por qué?

—Y yo qué sé, hija mía.

Jolín. ¿Por qué sería lo de las verrugas grandes con pelos? Un día se lo pregunté a la maestra y me dijo que no tenía nada que ver con ser bueno o malo, que era por un virus. Pero yo estaba convencida de que las verrugas del virus eran otras.

La Rosa tiene verrugas en los dedos, junto a las uñas, y se las quita con un líquido de la farmacia que le pone su madre —anuncié—. Esas verrugas de la Rosa seguramente son las de los virus.

—¿Qué dices de virus, nena?

—Digo que las verrugas de la Rosa Mari no son las verrugas que salen por ser mala, sino que son de las otras, de las que dice la señorita que salen por los virus.

—¡Pero qué tonterías de verrugas y de virus! Anda, dame la mano y para de saltar, que hay que ver qué peste a tierra llevas.

¿Peste a tierra? ¿Yo? ¡Puaj, qué asco! Di un manotazo al aire y, disimuladamente, comencé a tratar de olerme para ver si era verdad, pero no percibía nada raro. Tampoco sabía cómo de mal podía llegar a oler la tierra… De hecho, jamás se me había ocurrido oler la tierra. Me puse un poco colorada porque me dio vergüenza apestar a algo y no haberme dado cuenta. Menuda porquería era que se te pegaran olores que ni siquiera conocías. En fin. Le di la mano a mi madre y dejé de saltar.

—Pero bueno, mami —concluí, apestando y todo—, bruja sí puedo ser de mayor, ¿no?… ¡Bruja y alfarera es lo que me gusta!

CUENTO  DESDE:  Chica Murciélago

MANOS DE BARRO &quote;POR CUKY&quote;